El Comercio

«Todos me encargan lotería»

«Todos me encargan lotería»
  • Dos veces le tocó brindar con champán en Navidad a quien escanció el primer culín de sidra que tomó el ahora Rey

A punto de cumplir 68 años (lo hará en enero), Tino el Roxu disfruta de la paz de la jubilación desde que hace casi cuatro cerrase su sidrería de la avenida de la Costa. Sigue jugando a los bolos, se divierte cada día con sus dos nietas y viaja a Alicante para disfrutar del buen tiempo.

–¿Qué tal va la vida de jubilado?

–¡­Estupendamente! De jubilado se despreocupa uno de todo y yo llevo así desde un mes después de cerrar la sidrería, cuando ya tuvimos todos los asuntos listos. Ahora toca disfrutar, aprovechar de les nietes, que tengo dos, una de cada hija, descansar en Alicante, jugar a los bolos y, a veces, ir de probador a degustaciones de sidra casera a las que tengo que llevar un chófer conmigo porque sino la vuelta...

–A punto de cumplirse cuatro años del cierre de su sidrería. ¿Fue el momento idóneo para hacerlo?

–Cerré cuando me jubilé. Podía haber seguido tranquilamente, pero tenía que echar a dos camareros y un cocinero ya que el nivel de trabajo no era como el que había antes.

–Y prefirió cerrar que aguantar la crisis. ¿Cuántos empleados llegó a tener y cuantos tenía en 2012?

–Al final tenía cuatro camareros y tres en cocina, aunque los fines de semana llegaba a nueve. Antes eran trece personas, pero los años pasaron y todo fue a la baja. Se notó cuando empezaron a cerrar minas y astilleros, entonces en Gijón se perdió todo. Cuanto tenía el local en Hermanos Felgueroso no cerraba hasta las 3 de la mañana; la gente entonces bebía más cubalibres y cacharros y los trabajadores llegaban cantando desde el Museo del Pueblo de Asturias.

–La vida de autónomo no es fácil.

–Pagaba unos 600 euros y, si quería tener una paguina decente, tenía que llegar hasta 800. ¡Eso es una barbaridad! Los autónomos sufren; mis hijas lo son, tienen una tienda de ropa de críos detrás de la Iglesiona, y pagan el mínimo. Les digo que vayan aumentando, pero dicen que si no no pueden afrontar el mes a mes.

–¿Se ha perdido la generación que hacía vida en los chigres?

–Se mantiene la actitud de acomodarse en los chigres, aunque las pensiones que ahora tienen los que antes llenaban los locales no siempre lo facilitan. Antes se disfrutaba jugando al tute en el bar e invitando a los amigos y ahora cuesta.

–Los de fuera dicen que los asturianos somos muy de ir a tomar algo. ¿Esto no ha cambiado?

–Es lo que se vivió y todavía se mantiene. Los fines de semana yo llenaba aquello, pero por semana estaba la cosa muy tranquilina.

–Los que ahora ganan los concursos de escanciado tampoco son los mismos que ganaban antes...

–(Ríe). No entiendo cómo los que vienen de fuera tienen más interés en escanciar y en ganar los concursos que los de aquí. Eso sí, el récord de escanciado lo sigo teniendo yo, once vasos a la vez.

–Leyes como la antitabaco afectaron a la hostelería.

–Sí, sí, muchísimo. Hubo mucha gente que quería fumar igual en el bar y tenía que decirles que no podían. Insistían porque, claro, fuera llovía y hacía frío. Cuando empezó todo este tema fumaban en la puerta y dejaban todo lleno de colillas. A mí eso no me gustaba, así que puse una planta con un hueco para que lo recogieran.

–Vaya jaleo se montó en verano con la ubicación de la Fiesta de la Sidra...

–Los conciertos animan la fiesta de Gijón, pero hay vecinos a los que esta les aburre o no quieren tomar parte. Cada año pasa lo mismo con la Semana Negra, que hay vecinos que la aguantan y otros que se quejan muchísimo y no ven los beneficios que deja en los comercios de la zona. En este tema no hay manera de llegar a un acuerdo.

–Los hosteleros critican los macrocertámenes gastronómicos que se están poniendo de moda en la región...

–Aquí también hay que buscar un entendimiento. Por ejemplo, a raíz de la Expo de Sevilla del 92 recorrí la Ruta de la Plata con los restaurantes La Máquina y Casa Gerardo. Estuve seis meses con el Pabellón de Asturias y todas las semanas llegábamos a un acuerdo con un restaurante por el que le pagábamos cien pesetas por cenas y comidas a cambio de que nos dejaran la cocina y el comedor los fines de semana. También hacíamos muestras de escanciado.

–Eso fue...

–Hace uno o dos meses escuché en la radio a una mujer sevillana que justo hablaba de la Expo. Recordaba la fabada y al chico pelirrojo que echaba sidra. Visitó Asturias.

–Todo eso sirvió para dar a conocer la región.

–Todo lo que hacíamos era para llamar la atención porque el evento tenía mucha repercusión. ¡Hacía un calor y se vendían fabes en cantidad! Hasta los asiáticos iban a ver lo que hacíamos y anda que no rompían vasos intentando escanciar.

–¿Se ha sabido aprovechar ese tirón turístico en Asturias?

–Yo creo que sí.

–Usted escanció el primer culín que se tomó el ahora Rey.

–Sí, cuando los padres fueron Reyes estuvieron en Nava y yo estaba escanciando la sidra. Don Felipe tendría 12 o 13 años, le dije que tenía que probarlo y, aunque los padres dijeron que no, lo hizo. Luego en la Expo fue a visitarnos también. Tengo un álbum en casa con las fotos que me he hecho con famosos. Están Di Stéfano y un montón de ministros... Conocí a mucha gente gracias a los eventos.

–Es inevitable preguntarle por la lotería. En su sidrería se repartieron 10.000 millones de pesetas en 1988.

–Tuve una gran suerte porque la Peña Jiménez estaba en mi bar. Cuando le enseñé a Marino, el presidente, un artículo de EL COMERCIO en el que se recordaba ese día, se emocionó. Aún pienso en una pareja joven que vino a cenar poco antes del sorteo y le ofrecí el número pero no lo quiso. A los pocos días fue él a felicitarnos. Mi madre tuvo la suerte tres veces, dos le tocó el de Navidad y una vez el de entre semana; y a mí hace seis o siete años, otra vez. Todos me encargan lotería, cuando voy a Torrevieja me recuerdan que compre.