El Comercio

Dos instantáneas de Juan Carlos Hernández.
Dos instantáneas de Juan Carlos Hernández.

Viaje al centro de Cimavilla

  • El material fue recopilado para un taller por doce fotógrafos aficionados en cuyo trabajo gana la partida el patrimonio a la presencia humana

  • Una exposición retrata las muchas facetas del barrio alto en más de 90 instantáneas

Cimavilla son sus calles, sus ladrillos y sus gentes. Su patrimonio histórico, construido entre romanos, pescadores, cigarreras y distintos amantes de la noche, ha mutado con el paso de los siglos, formando entre cimientos y estrechas calles la sensación de que si el viejo barrio alto no lo ha visto todo, poco le queda para hacerlo. Para tratar de captar su esencia y rendirle homenaje, son muchos los artistas que le han dedicado óleos, canciones o textos. Todos ellos bajo un prisma personal, poniendo el foco sobre el mar, los vecinos o las casas con más solera del barrio.

La fotografía, por su parte, también se ha hecho un hueco estos últimos años entre las fórmulas más socorridas para plasmar su ambiente. 'Descubriendo Cimadevilla' nace precisamente para conducir y presentar las ideas de un grupo de fotógrafos aficionados que ha puesto su cámara al servicio de la cuna de los playos. Primero como taller y ahora como exposición -sita en la Fundación Alvargonzález, calle Óscar Olavarría 11-, más de 90 fotografías lucen narrando la historia de un lugar común.

Personajes y piedras

«Aquí está el 10% de la gente que queda en el barrio. El resto murieron o marcharon», relata Juan José Lorenzo señalando hacia su selección de fotografías. En ellas se puede observar algunos de los personajes clásicos del barrio. «Zapatu Veloz, el Gitano, el Raru...», enumera. Se detiene frente a una instantánea en la que se ve un hombre de perfil, con nariz enrojecida y puro asomando desde los labios. «Es un pescador de toda la vida, más de 42 años faenando. Recuerdo que lo conocí a los 15 años con el puro en la boca y ahí sigue», relata Lorenzo. En esa mirada, además, asegura que se esconde el recuerdo de un fusileo en el cuarto cuadrante. Esto es, ese desasosiego que se empieza a fraguar cuando «desde el barco empiezas a otear en el horizonte los fogonazos de una tormenta que se acerca».

Otra de las series presentes en la exposición también habla de los vecinos y paseantes, aunque decantándose por otro punto de vista. En ella se pueden observar varios gijoneses, vistos desde atrás, paseando perros, recorriendo la arena de San Lorenzo o levantando los brazos hacia las olas de la playa. Retratos anónimos que ponen al observador en la piel del caminante.

Sin embargo, y estudiando con más detenimiento la muestra, el patrimonio material gana la partida a la presencia humana. Para elaborar la selección final de imágenes, los doce fotógrafos fueron realizando una puesta en común a lo largo del año en el taller dirigido por Julio Calvo. Semana tras semana, el trabajo de cada uno iba perfilándose, retirando las instantáneas fallidas y configurando un retablo definido por un hilo temático personal. Así, la iglesia de San Pedro, la cuesta del Cholo, el 'Elogio del Horizonte' o las farolas del barrio sirvieron de inspiración de cara al conjunto final.

Merlín y Arturo, en sepia

La apuesta más diferenciada es la de Beatriz Montes. Su selección está compuesta por ocho imágenes en las que el ambiente de Cimavilla queda superpuesto a un segundo plano, difuminado y apenas diferenciable para el no acostumbrado a las formas de la ciudad. «Daba vueltas por el barrio con los muñequinos siempre en el bolsillo. Después iban surgiendo las ideas», explica. Se refiere a miniaturas del mago Merlín y el Rey Arturo, que se vuelven improvisados protagonistas de una historia de desamor a su vuelta de Inglaterra. Para ello, juega con textos y una presentación en blanco y negro, creando la atmósfera propia de un cuento fantástico.

La muestra sigue abierta hasta el próximo viernes. Un balcón a doce visiones personales del barrio con más historia de la ciudad en la que se puede evaluar la transición entre décadas. Como comenta entre risas uno de los fotógrafos al contemplar una instantánea de tres artistas con sus óleos frente al mar, «parece que ahora los pescadores han dejado paso a los pintores». El encanto, sin embargo, sigue latente.