El Comercio

 Antonio Losada, fallecido en 1943, obtuvo todo tipo de reconocimientos.
Antonio Losada, fallecido en 1943, obtuvo todo tipo de reconocimientos. / E. C.

Antonio Losada Nava, vigía del mar desde el Cerro

  • El paseo que atraviesa el parque llevará el nombre del práctico que en 1913 salvó la vida a once marineros naufragados en Gijón

El 10 de diciembre de 1913, tras dos semanas atracado en Fomento, el vapor 'García número 1' se lanzó al mar completo de carga: en la cubierta, cien bultos de esparto, cien barriles de residuos de petróleo y bidones de gasolina vacíos; en la bodega, hierro. Su destino era Santander, para seguir después con parte de esa mercancía a Bilbao, San Sebastián y Pasajes. Pero apenas superó la punta Liquerique, un violento mar truncó su viaje y lo condenó al naufragio.

Eran las diez menos cuarto de la noche. Primero la tripulación sintió un ruido que parecía causado por la rotura de una cadena. Minutos después un marinero dio la voz de alarma. Se había roto un guardín, una de las cadenas que comunica la máquina con el timón. La nave quedó a merced del mar y las olas no tardaron en hacerla varar. Todos los intentos por recuperar su gobierno fueron inútiles y, ante la inminencia del naufragio, el capitán hizo sonar la sirena del buque, ordenó encender mechones a modo de bengalas y pidió a la tripulación que buscara abrigo junto a la chimenea mientras llegaba alguna ayuda.

«La espera era angustiosísima. Los tripulantes continuaron durante bastante tiempo sin saber qué hacer. De tirarse al agua, corrían el riesgo de que sobre ellos cayera, a impulsos de las olas, uno de los muchos bultos que había sobre la cubierta, lo cual sería de peores consecuencias. El mar se había llevado ya algunos efectos de la cubierta y se agrandaba el peligro de que cualquier tripulante pudiera ser arrastrado al agua», narraba la crónica del naufragio publicada al día siguiente por EL COMERCIO.

Un auxilio imposible

Las señales de auxilio lanzadas desde el buque fueron pronto escuchadas tanto desde tierra como en la mar. El primero en intentar prestar ayuda fue el vapor 'Antonio López', que se encontraba muy próximo de la nave en apuros. Pero el estado de la mar en el lugar del accidente «no le permitía detenerse ni un instante». Tampoco pudo aproximarse al 'García número 1', pese a sus esfuerzos, el pesquero 'Cinco Hermanos'.

Desde la boca del puerto salió una primera lancha, que pudo recoger a uno de los marineros que, al verse «en peligro inminente», se había tirado al agua. Pero no logró acercarse al buque para salvar al resto de la tripulación. Fueron otras dos lanchas, una de ellas propiedad del práctico del puerto Antonio Losada -quien la capitaneó-, las que obraron el milagro. «Desde el muelle de Liquerique, lleno de gente en su parte alta, se oían grandes voces del 'García' y de las lanchas. Los primeros clamaban auxilio y los demás indicábanles, a gritos también, el modo más fácil de lanzarse al mar para ponerse a salvo. Era un cuadro imponente. La luz de la luna, ligeramente empañada, permitía ver cómo las olas pasaban el buque de popa a proa, produciendo una enorme extensión de espuma. El vocerío era incesante».

Los marineros fueron recogidos uno a uno del agua y trasladados a tierra en la lancha de Losada. «El numerosísimo público que se hallaba en aquel lugar corrió a la escalerilla del desembarque. Los pobres marineros llegaron al puerto chorreando el agua y castañeteando los dientes. Muchos ofrecieron sus gabanes e impermeables para que se abrigaran y las pescaderas les dieron mantas y colchas».

Cerca de su domicilio

El gesto de Losada de lanzarse al mar con su propia lancha a golpe de remo y en unas condiciones imposibles para salvar a la tripulación del 'García' no tardó en recibir todo tipo de reconocimientos. Su heroísmo le hizo merecedor de la Medalla de Plata de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos y Alfonso XIII le concedió la Cruz de Primera Clase de la Orden del Mérito Naval. Un siglo más tarde el Ayuntamiento ha acordado darle su nombre al paseo que cruza de este a oeste el Cerro de Santa Catalina, cerca de su domicilio en Cimadevilla y de la antigua Tabacalera, donde trabajó su mujer. «Protagonizó el mayor gesto que un hombre puede acometer, arriesgar su vida por salvar la de sus semejantes», destaca el acuerdo adoptado por la junta de gobierno.