El Comercio

Rafael Piñera, director de la Fundación Hogar de San José.
Rafael Piñera, director de la Fundación Hogar de San José. / PALOMA UCHA

Un padre común para 45 chavales

  • El director de la Fundación Hogar de San José prepara el 75 aniversario de la entidad, distinguida con el premio José Lorca

Lleva trece años, justo la tercera parte de su vida, de director de la Fundación Hogar de San José y, aunque no es padre biológico, puede decirse que ejerce esa función para cuarenta y cinco chavales internos, de uno u otro sexo, que buscan, al amparo de la citada entidad benéfica, cerrar las heridas sufridas a una edad demasiado temprana para poder curarlas por sí solos.

Rafael Piñera está educado para ayudar. Gijonés de Hermanos Felgueroso, con cinco años entró a estudiar en el Colegio de la Inmaculada y desde entonces está y se siente vinculado a los jesuitas y la obra ignaciana, aunque su efímero noviciado al acabar el COU no cuajó y abandonó pronto la idea de ser cura. Estudió Educación Social en la Universidad de Oviedo y preside la asociación que en Asturias agrupa a esos profesionales, sin duda con empeño, porque está convencido de que las personas que necesitan apoyo merecen un trato profesional, pero no solo en el sentido más técnico, sino también afectivo, capaz de transmitir y proporcionar la seguridad que buscan los adolescentes desprovistos, por las circunstancias que sean, de un entorno familiar adecuado.

Voluntariado y compromiso son conceptos omnipresentes en el currículo de Piñera, tanto en su tierra como fuera de ella. Dos etapas en la Cocina Económica de Gijón; un verano en Tánger, en el marco del Voluntariado Padre Arrupe (los popularmente conocidos como 'volpas'), y dos años en Bolivia, la cuarta parte de ellos en comunidades guaraníes, aportaron experiencia al director de la Fundación Hogar de San José antes de que los niños asturianos se convirtieran definitivamente en su principal objetivo vital.

El relato que Rafael Piñera hace de su trabajo denota ese sabor agridulce que cabe intuir en quien vive en vecindad con los problemas. Así, cada éxito de los internos del Hogar de San José, cada visita de un antiguo residente o, incluso, el ofrecimiento de colaboración de quienes en su día la necesitaron y ahora se encuentran en condiciones de prestarla, suponen una alegría digna de celebración. Pero Piñera señala que es difícil cerrar una jornada con satisfacción porque, incluso cuando se producen esas pequeñas victorias, resulta poco menos que imposible no acordarse de que «siempre hay alguien que tiene una situación superjodida».

Fuerte contraste lo proporciona también el deseo de aprovechar reconocimientos como el reciente premio José Lorca del Principado para sensibilizar a la sociedad sobre la labor que el Hogar de San José realiza y, por qué no decirlo, procurar nuevos apoyos privados, frente al «morbo» de quienes se empeñan en «ver a los niños, porque esto no es un zoo».

Asimismo, Piñera no duda en mostrarse «orgulloso de trabajar sin consignas mercantiles, en gran parte gracias al apoyo de los jesuitas», y a la vez señala que «la gran alegría sería que no existiésemos, porque no hiciera falta». El caso es que a pesar de todo, o precisamente a causa de todo eso, la Fundación Hogar de San José no sólo está a punto de cumplir 75 años con los mismos objetivos del fundador padre Máximoo González, sino que pone en marcha nuevas iniciativas y no faltan programas ambiciosos, como el creado para emplear en un momento especialmente difícil para la inserción laboral. Eso sí, sin perjuicio de la coordinación con otras entidades y el alejamiento de toda tentación de duplicar funciones que Piñera tiene como fórmulas deseables.