El Comercio

«Se extrañaban de ver a una mujer viajar sola en moto»

Irán. Con varios iraníes que quisieron posar con la moto 'Lusi'.
Irán. Con varios iraníes que quisieron posar con la moto 'Lusi'. / E. R.
  • Elsi Riveiro rodó casi 18.000 kilómetros en los 50 días que duró su aventura entre Gijón y la India. Irán fue su gran descubrimiento

Ya está en casa. Y lo ha conseguido. María Elsi Riveiro, economista y restauradora de obras de arte de 44 años, aficionada a las dos ruedas desde que tenía doce, llegó el pasado viernes a Asturias tras cumplir su sueño. Lo hizo tras rodar cerca de 18.000 kilómetros en el que, confiesa, ha sido el viaje de su vida. Un viaje a lomos de 'Lusi', su BMW GS, que inició en Gijón el pasado 22 de septiembre y cuyo destino final era la región india de Rajasthan. Un viaje que la ha convertido en la primera española en atravesar Irán -ella, en realidad, lo recorrió de punta a punta- y, probablemente, en «la mujer más fotografiada» en ese país, en el que no se ven motos de gran cilindrada y las féminas tienen prohibido conducirlas. Así que allí, la atracción era ella. «La mitad de la población se hizo fotos conmigo y con mi moto», cuenta.

En realidad, llamaba la atención allí por donde pasaba. No tanto en Europa como en Asia, donde «no entendían que fuera sola. Recuerdo una vez en un control fronterizo, en Turquía, que los funcionarios no hacían más que preguntarme dónde estaba mi marido». En los 50 días que duró su aventura, Riveiro dice haber mantenido a raya la sensación de soledad y de inseguridad. «Nunca tuve miedo». Al contrario, se encontró con gente amable, acogedora y dispuesta a ayudarla en los momentos difíciles. Que los hubo.

Como cuando, ya en el viaje de vuelta, en medio de un temporal de frío y nieve que la sorprendió en las proximidades de la frontera de Irán y Turquía, a casi 4.000 metros de altura, ella y la moto se fueron al suelo en tres ocasiones debido a una capa de hielo de diez centímetros que hacía imposible mantenerse en pie. «El resto de conductores pitaba y se burlaba de mi. Sentí tanta impotencia que me di la vuelta y les grité en español 'no porque pitéis más voy a levantar la moto'. Entonces se acerca un señor de esos a los que, por su aspecto, no le pediría ni la hora. Me ayuda a levantar la moto y a llevarla hasta un local donde me invita a tomar té. Era un sitio oscuro de esos a los que tampoco entraría nunca, lleno de hombres que se quedaban mirándome. Me traen té, pero no podía sostener el vaso del frío que tenía. Entonces me derrumbé y lloré como una niña».

De -12 a 47 grados

Ese momento de debilidad fue el único de todo el viaje. El resto, dice, fue un cúmulo de buenas experiencias, propiciado en parte por el optimismo con el que afrontaba la aventura y, en parte, por la presencia de 'Lusi'. «La ventaja de viajar en moto es que socialmente interactúas mucho más, te acerca a la gente». Españoles apenas encontró -solo una pareja de periodistas asturianos con los que coincidió en Irán-, aunque sí «muchos franceses y una pareja que estaba dando la vuelta al mundo en bicicleta». Con viajeros y nativos se entendía en 'spanglish'. Y con la comida no tuvo problema. Tampoco con la gasolina. «Muy buena y barata en Irán. Así que la moto iba como un cohete». No ella, que se reconoce muy «conservadora» en la conducción. Eso le evitó sustos al volante. Peor lo tuvo con el tiempo, porque rodó bajo todo tipo de condiciones climatológicas. Desde los 47 grados del Golfo Pérsico hasta los doce bajo cero que se encontró en Turquía.

Y si Irán fue el gran descubrimiento del viaje, por sus «espectaculares paisajes y la amabilidad de su gente», la India le dejó un sabor agridulce. «Quizá porque mis expectativas eran muy elevadas. En realidad, no encontré el misticismo y exotismo que esperaba. Los colores, la puesta de sol... son impresionantes, pero en la zona que yo visité, muy turística, te ven como un dólar con piernas y llega a resultar agobiante».

Cumplido su objetivo de llegar en moto a la India -que se marcó hace seis años, tras salir de un coma-, a María Elsi Riveiro aún le quedan «más sueños pendientes». En un año, quizá, el asfalto la lleve a Armenia.