El Comercio

«No dejé ningún amor atrás»

Aurora Cornide Regueiro, de 95 años, posa en el centro gijonés de las siervas de Jesús, situado en Viesques.
Aurora Cornide Regueiro, de 95 años, posa en el centro gijonés de las siervas de Jesús, situado en Viesques. / DAMIÁN ARIENZA
  • Sor Aurora cumple 75 años de vida religiosa en las siervas de Jesús

  • La lucense nonagenaria, que lleva más de media vida cuidando a enfermos, no ve necesario «estar en un convento para hacer el bien»

Tiene 95 años y se considera «una monja moderna». La hermana Aurora Cornide Regueiro lleva solo tres meses residiendo en el centro de las siervas de Jesús de Viesques, adonde llegó procedente de su Lugo natal, tras cerrar la sede de la provincia gallega. Y el próximo 3 de diciembre cumplirá 75 de vida religiosa con una celebración en la que, espera, se reúnan tanto sus nuevas compañeras como la familia que ha dejado en la comunidad vecina y en otros lugares de España. En concreto, cuatro hermanos (otros cuatro ya fallecieron).

Según rememora para EL COMERCIO, la vocación llamó a su puerta de forma temprana. «Mi familia era muy cristiana. No nos perdíamos nunca la misa y yo quería hacer algo más que eso», explica con emoción. Cuando cumplió 20 años la ansiedad por ir más allá le atenazó el pecho y, junto a una amiga de su misma edad, decidió comenzar su vida religiosa.

El primer paso de este recorrido fue hacer el noviciado en Bilbao. Allí Aurora aprendió cosas básicas. «Nos preparábamos para la misión. También nos enseñaban cómo se cuidaba a las personas enfermas y después ya nos pusimos el hábito», recuerda. Pero eso no era suficiente para ella. Sus ganas la llevaron a Madrid, donde puso en práctica la misión. «Siempre iba a los domicilios a ayudar a las personas que estaban mal». Y ella, con su vocación solidaria ya plenamente desarrollada, acudía por las noches para que quienes se encargaban de los pacientes durante el día pudieran descansar. «Si no se recuperaba bien el enfermo yo le intentaba dar todas mis fuerzas con tal de que se sintiera aliviado». No había nadie que se resistiera a su bondad y buen hacer. Tal es así que llegó a convertir a alguno de ellos a la vocación religiosa.

Aurora Cornide ha pasado su vida cuidando de los demás, pero caprichos del destino, un día su suerte se vio truncada cuando al regresar del domicilio de una de las personas a las que ayudaba tropezó y tuvo una lesión en el brazo. De eso hace tan solo cinco años y, ya nonagenaria, las secuelas forzaron que la hermana se viera obligada a poner fin a su prolongada labor de ayuda a los necesitados.

Para entonces, llevaba más de 66 años al cuidado del prójimo y ahora, en su retiro, se ha convertido en todo un modelo a seguir para las trece hermanas del centro de las siervas de Jesús de Gijón, donde es además la interna de mayor edad.

Se levanta a las siete

Hoy, Aurora lleva una vida evidentemente menos ajetreada. Empieza la jornada, a las siete de la mañana, rezando y dando gracias por un día nuevo; comparte con sus hermanas las tareas domésticas y, también, las largas charlas en las que rememora su vida religiosa. En ella, asegura, no logra encontrar ningún mal momento.

«En Sevilla me llamaban pingüino cuando paseaba por las calles de la ciudad», comenta con ironía. Ahora ríe y, asegura, reza una oración por cada una de las personas que hizo mofa de su condición. Pero en algún momento de su vida, confiesa, le asaltó el miedo, sobre todo durante el noviciado, una época «muy dura» al estar experimentando un gran cambio. «Nunca se me pasó dejarlo, pues siempre me acordaba de unas palabras que dice el Evangelio: 'Si uno vuelve la cabeza atrás no es apto para el reino de los cielos'». Ella siguió adelante porque, además, no tenía ataduras sentimentales que la hiciera dudar. «No dejé ningún amor atrás», asegura.

Lo que sí le pesa a Aurora es el «cambio» que la sociedad ha experimentado, pues cada vez hay menos vocaciones para aportar 'savia nueva' a los conventos y la fe se va perdiendo. «Antes se rezaba más y se iba a misa», sostiene. Pese a ello, la hermana lucense considera que también hay otras maneras de contribuir. «El secreto está en el voluntariado. Hay muchos grupos de jóvenes que ayudan en comedores sociales. No hace falta estar en un convento para hacer el bien, pues la verdadera solidaridad sale del corazón».