Luchadora dentro y fuera del campo

Mercedes Menéndez posa antes de la cena en la que fue homenajeada.
Mercedes Menéndez posa antes de la cena en la que fue homenajeada. / P. CITOULA
  • Vecina de Porceyo, a sus 84 años no duda en coger el coche para ir al centro y pasar un rato «de diversión con mis amigas»

A veces la vida no lo pone fácil. Si no que se lo pregunten a Mercedes Menéndez Menéndez, vecina de Porceyo, de 84 años, que el pasado viernes fue homenajeada en el XIX Encuentro de la Mujer Rural. Un reconocimiento que llega tras duros años de trabajo y de lucha por la igualdad en los que conoció la agricultura, la ganadería, el desamor, la muerte y también, la migración de primera mano. Aunque recuerda muchos de sus años entre amarguras, sabe que gracias a ello, hoy por hoy, puede definirse como una «luchadora».

Su historia se remonta a 1932, año en el que nació, en la parroquia del Fresno, en Montiana. Allí vivió con su madre y su hermano incapacitado, al que tuvo que dedicarse al cien por cien, compaginándolo con sus labores en la siembra y en el cuidado de los animales. Entre largas horas de trabajo conoció, cuando tenía 18 años, a su primer marido con el que estuvo casada dieciséis años. Sin embargo, según ella, «no tenía que haber durado ni uno». Aunque los tiempos van cambiando, de aquella Mercedes se vio atrapada en un mundo en el que el silencio era la solución a los problema matrimoniales. Pero harta de callar, relata, «un día me armé de valor» y puso fin a su relación. Empoderada y con la frente bien alta siguió su camino.

Un alemán, su nuevo amor

Poco después, la vida le dio un respiro. Su madre, su hermano y ella tuvieron que abandonar, en 1968, la casa en la que vivían debido a la expropiación de los terrenos que fueron necesarios para la instalación de Ensidesa. «Siempre da pena irse de tu lugar de origen, pero pensaba que me iba a cambiar la vida», indica.

Dicho y hecho. Su nuevo destino le dio una nueva oportunidad. Allí dijo adiós a la agricultura y a la ganadería, al duro trabajo, que pocas veces era reconocido por los hombres, y a ese primer supuesto amor que tanto «dolor» le causó. «Cuando nos trasladamos a Porceyo comenzamos a vivir de la pensión que me otorgaron y del dinero que recibimos de la expropiación», cuenta.

En 1971, ya en su nuevo destino, en Porceyo, un alemán llamó a las puertas de su corazón. Este apuesto germano había venido a Gijón para trabajar en Ensidesa, una casualidad que sigue haciendo sonreír a Mercedes. Con él conoció lo que era la dedicación, el afecto y el respeto. No obstante, ese amor que tenía en su corazón tenía que ser repartido con su madre, ya enferma, y con su hermano incapaz. «Tuve que estar muchos años cuidando de ellos, fue muy duro». Hasta que un día la muerte se los llevó, dejando a Mercedes un «poquito» más sola.

Sin hijos, y sin previsión de tenerlos, continúo construyendo su futuro junto a su segundo marido. «Hace nueve meses que falleció», lamenta. A sus 84 años la vida aún la golpea, pero no consigue mermar su fortaleza. «Ahora estoy muy sola. En mi casa tengo a dos gatos y dos gallinas». Sin embargo, no duda en coger el coche y bajar al centro de la ciudad para reunirse con amigas y tener un momento de «diversión». Todo esto lo hace sin olvidar, día a día, su lema: «Hace falta ser una mujer fuerte y trabajadora para poder tirar hacia adelante».