El Comercio

La sonrisa china de la Escuela de Idiomas hace las maletas

Yifan Zou, durante uno de los talleres realizados por su clase en la Escuela de Idiomas.
Yifan Zou, durante uno de los talleres realizados por su clase en la Escuela de Idiomas. / P. CITOULA
  • Yifan Zou, profesora del centro gijonés durante tres años, vuelve a su país tras agotar las prórrogas de sus prácticas

  • «Volveré, claro. Esto ha significado mucho para mí y ya me siento como un miembro más de esta gran familia», confiesa la docente asiática

Su llegada a Gijón fue fruto del puro azar. Cuando tuvo que decidir el destino para hacer sus prácticas en el extranjero, Yifan Zou cogió un mapa de Europa y situó el dedo sobre la Cornisa Cantábrica sin mayor conocimiento de qué tipo de cosas se encontraría. Tres años después de esa decisión, los caminos cruzados de Zou y Gijón -y, en especial, de la Escuela Oficial de Idiomas- se separan dejando atrás numerosas anécdotas, amigos y experiencias inolvidables. «Al principio comencé a dar clase de chino en la escuela para estar un año, pero estaba tan a gusto que fui pidiendo prórrogas hasta que no he podido ampliarlo más. Es la mejor experiencia que podría haber tenido», destaca la profesora, de 25 años, ante su inminente marcha el 7 de junio.

Estos tres años, por tanto, han servido para que tanto Zou como sus alumnos aprendiesen sobre numerosos aspectos de sus culturas de procedencia. «Eso fue lo interesante. No solo les di clases de un idioma, sino que ellos me enseñaron español y, más concretamente, asturiano», afirma entre carcajadas. Su español, explica, empezó de cero al aterrizar en Gijón, ya que la única lengua extranjera que manejaba fluidamente era el inglés. «Ahora ya uso folixa o fartuca sin ningún problema», añade entre risas. Precisamente, su carisma y su pasión por la docencia ha hecho que sus alumnos, en aumento con el paso del tiempo, lamenten profundamente su vuelta a Asia.

Para ilustrar la cultura china en sus clases, Zou echó mano de talleres de recortables, pintura o caligrafía. «Cuando mis padres vinieron a visitarme el año pasado me ayudaron con una clase de comida china», relata. Su padre, acérrimo seguidor del fútbol europeo, pudo además asistir a un partido de liga en El Molinón. «Algunos de mis alumnos, después de este tiempo de clase, realizarán el examen oficial de chino en el Instituto Confucio», añade ilusionada.

El queso, la sidra, o su querido coro de la Escuela de Idiomas, por tanto, quedarán al margen de su día a día hasta la vuelta, algo que espera sea lo antes posible. «Volveré, claro. Esto ha significado mucho para mí y ya me siento un miembro más de esta gran familia».

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