El Comercio

«No somos un dispensario de cannabis, somos una comunidad»

Raúl Gil, en primer plano, en la sede de CISCA, junto a Germán González y Víctor Roche.
Raúl Gil, en primer plano, en la sede de CISCA, junto a Germán González y Víctor Roche. / FOTOS: PALOMA UCHA
  • El club CISCA promueve el debate sobre la legalización para zanjar la inseguridad jurídica y «no tener que acudir al mercado negro»

Pedir un café y un porro es tan habitual en los 'coffee shops' de Amsterdam como entrar a una 'pot shop' de Colorado o Washington, en Estados Unidos, para adquirir unos gramos de 'maría' envasada al vacío. Estos estados americanos y Holanda son dos de los lugares del mundo donde el consumo de cannabis, amparado por la ley, ha conquistado un espacio visible en la sociedad.

En pleno barrio de La Arena una decena de personas se adentran, en apenas una hora, en un bajo con cristaleras opacas y sin ningún tipo de cartel informativo, solo un lector de huellas dactilares donde colocan el índice. La puerta se abre y acceden al Cannabis Interior Social Club Astur (CISCA), una asociación en la que sus 89 miembros se reúnen para consumir la planta de cáñamo en el ámbito privado. La habitual relajación que impregna el ambiente del club social se ha visto turbada en los últimos días por su salto a la agenda política. El próximo viernes 9, el Parlamento asturiano debatirá una iniciativa de Podemos sobre la posible regulación de estos clubes y del uso de cannabis, tanto con fines terapéuticos como recreacionales.

En Asturias hay once clubes de cannabis repartidos por Oviedo, Gijón, La Felguera o Pola de Siero, pero la junta directiva de CISCA se ha convertido en el paladín de llevar la legalización a la opinión pública. La asociación fue fundada en 2015 por Germán González, su actual presidente. «Había tenido un grow shop (tienda especializada en el cultivo de marihuana) y empecé a colaborar con el despacho S&F Abogados, me llevaron de visita a un club de Madrid y dije, joder, esto en Asturias no lo tenemos», rememora. Con unos pocos socios y un local en la calle Aguado, CISCA dio sus primeros pasos orientado no solo al consumo, sino al «activismo». Los promotores recuerdan que al poco de constituirse como asociación invitaron a todos los grupos municipales del Ayuntamiento a conocerles.

Entrevista personal y 90 euros

El club opera como un «circuito cerrado», al que los nuevos miembros solo pueden entrar con el aval de un socio. Quienes cumplan el requisito inicial deben pasar una entrevista y un mes de prueba, así como abonar la cuota anual, de noventa euros. «Queremos socios para siempre, ser una gran familia», explica el presidente. El perfil de los miembros ronda una media de edad de «entre treinta y cinco y cuarenta años» y solo pueden asociarse personas mayores de edad. «Hay una señora de unos sesenta años que viene porque le gustan las infusiones de marihuana. Fumar solo lo hace de vez en cuando», indica Germán. «Fumar porros es lo más común, pero lo menos sano. El consumo de cannabis va mucho más allá», advierte Víctor Roche, uno de los encargados de la organización. En el club, enumera, se consume «vaporizado, en aceites o comestibles».

Junto a los usuarios lúdicos coexiste otro estatus de socio, el terapéutico. En total, son 29 las personas que se han inscrito en el club buscando un remedio a los dolores propios de sus enfermedades. «Viene sobre todo gente con cáncer, esclerosis y fibromialgia». Para entrar deben presentar únicamente su historial médico a los integrantes de CISCA, quienes aconsejan sobre el tipo de «alternativa a los fármacos» más adecuada.

«Por la experiencia de lo visto en el club, el cannabis funciona bien con gente de fibromialgia». No obstante, recuerdan que no son médicos, por lo que en casos de enfermedades «que no son las habituales» consultan con los doctores que colaboran con la Federación de Asociaciones Cannábicas.

«Propaganda prohibicionista»

Entre los derivados del cannabis con más demanda en casos terapéuticos se encuentra la tintura, una especie de néctar que se consume por vía oral. «Tarda quince o veinte minutos en hacer efecto, alivia dolores y náuseas y no tiene efectos psicoactivos», detalla Víctor. «Son gratuitos para los socios terapéuticos, ya que proceden de cultivos de los miembros de la asociación». Dichos cultivos, señalan, «no siempre permiten la subsistencia», por lo que en ocasiones se abastecen con elaboraciones ajenas. En esos casos, la actividad de los clubes se adentra en el terreno de la incertidumbre jurídica. La legislación es permisiva con el autoabastecimiento y el autoconsumo, pero penaliza el tráfico del cultivo. Ateniéndose estrictamente a la ley, cada socio debería consumir su propia marihuana, pero en el club no todos son cultivadores. «Nos vemos obligados a acudir al mercado negro. «Hasta que no tengamos legislación, solo nos ampara la colaboración y la solidaridad entre nosotros», defiende Víctor.

La situación legal de los clubes dio un vuelco en octubre de 2015. «Siempre que la Policía entraba en uno, el juez nos daba la razón. Salíamos absueltos en un 80% de los casos e incluso nos devolvían el cannabis», explica el presidente. «Como en cinco años los clubes pasaron de ser trescientos a más de seiscientos, los tribunales de tantos juicios dijeron 'hasta aquí'», añade.

Desde ese momento su «inseguridad» ha ido en aumento y la junta directiva se enfrenta a multas y penas de cárcel. «Ahora mismo depende del juez que te toque, te puede caer un buen marrón si hay dispensación», indica Germán. A lo que Víctor añade: «Abrir el debate político es la mejor forma de hacer frente a la propaganda prohibicionista». La discusión se abre la próxima semana en dos frentes: el viernes en la Junta y el sábado en el encuentro Weedkend, que reunirá en la discoteca El Jardín a asociaciones, consumidores y expertos en legislación.

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