El Comercio

Fallece Vital Aza, el cardiólogo de Franco

Hijos de Vital Aza, con familiares y allegados, ayer por la tarde, en el Tanatorio de Cabueñes.
Hijos de Vital Aza, con familiares y allegados, ayer por la tarde, en el Tanatorio de Cabueñes. / DANIEL MORA
  • Reveló a EL COMERCIO en 2013 el cambio de la hora real del fallecimiento «por seguridad nacional» y consideró que su agonía «allanó la Transición»

  • El médico madrileño de origen asturiano que certificó la muerte del dictador sufrió una caída en su domicilio de Somió. Tenía 88 años

Este año no le dio tiempo a bañarse en Estaño. Llegó a Gijón el martes pasado y al día siguiente cumplió con su sempiterno ritual de irse caminando desde la casa de Somió, La Martina, hasta su playa de cabecera. Sin embargo, al regresar para el almuerzo, también caminando, «dijo que el agua estaba fría». No se había metido. Los compromisos sociales le impidieron a Vital Aza Fernández-Nespral cumplir con sus costumbres en los días sucesivos. Así hasta el sábado a media tarde, cuando una fatal caída en su domicilio le provocó una fractura craneal y al filo de la medianoche fallecía en el Hospital de Cabueñes. Tenía 88 años.

Vital Aza pasará a la historia de España como el médico que certificó la muerte de Francisco Franco en la madrugada del 20 de noviembre de 1975. Ese día le tocaba a él la guardia en el Hospital de La Paz y, a las dos de la madrugada, fue quien comprobó, sin ningún otro testigo, el fallecimiento del dictador. Según declaraba a EL COMERCIO en una extensa entrevista publicada en 2013, el desenlace se produjo «a las dos y pico». Sin embargo, se declaró oficialmente que fue a las 5.25, una demora que el cardiólogo madrileño de origen asturiano atribuyó a razones «de seguridad nacional», es decir, para dar tiempo a poner en marcha de forma ordenada los mecanismos de la Transición.

Este hecho excepcional en la trayectoria de Vital Aza como médico no fue sino el corolario a una larga relación con Franco y su familia, a quienes conoció desde un punto de vista profesional al entrar a formar parte del equipo de cirugía cardiopulmonar de Cristóbal Martínez Bordiú, casado con Carmen Franco Polo, en 1957. De hecho, comenzó a ser requerido en El Pardo de forma regular desde 1958. Fue precisamente Vital Aza quien comprobó cómo, tras la tromboflebitis que sufrió a principios del verano de 1975, su estado de salud cayó en picado y cómo, tras haberse realizado un electro, detectó que había sufrido un infarto. En La Paz, rememoraba Aza, solo había un electrocardiógrafo y aquel día lo llevaron a El Pardo porque Franco había pasado muy mala noche. Vital Aza pasaba consulta ordinaria y preguntó a la enfermera por el resultado. Ésta le informó que no había dado nada especial. Pero Aza le dijo: «Guárdame un trocito del electro». Se lo dio y lo metió en el bolsillo. «Cuando terminé la consulta cogí el rollo de papel y me quedé pasmado. Era la imagen de un infarto en fase aguda, posiblemente con otro anterior», relató el cardiólogo a este periódico.

«Que se acueste»

Entonces llamó al laboratorio y comprobó que tenía las encimas altísimas. Avisó a Martínez Bordiú y éste telefoneó a Carmencita, su mujer. «¿Cómo está tu padre? Muy bien. Acaba de comer. Pues que se acueste inmediatamente. Voy para allá». No utilizaron con Franco la palabra infarto, pero le prescribieron reposo total. A los tres días había Consejo de Ministros y el jefe del Estado descartó tajantemente la hipótesis de no presidirlo. Lo hizo conectado a un monitor y cuando la tensión subía en la reunión la pantalla lo reflejaba con claridad, todo ello a la vista de Vital Aza.

Desde aquel infarto del 15 de octubre hasta la muerte del 20 de noviembre, el estado de salud de Franco fue de una complicación a otra. Primero con tres cardiólogos turnándose en guardias de ocho horas, Aza uno de ellos, y luego con un equipo más amplio. Hubo una noche, recordaba en 2013, en que advirtieron a la familia: «O se opera ahora mismo o se muere». Lo llevaron en una manta haciendo de camilla hasta la sala de curas de El Pardo y allí le intervinieron de urgencia mientras el capellán rezaba «recibe el alma de tu siervo Francisco» hasta que, tras la exitosa intervención, los doctores le dijeron: «Pues va a tener que esperar porque está con 13/8 de tensión y 70 pulsaciones».

El episodio final se dio con Vital Aza de guardia nocturna. Pasadas las dos de la madrugada, miró el monitor y vio la línea continua. Practicó un masaje cardiaco de protocolo y pidió a la ATS que avisase a Bordiú, quien también dormía en el hospital. Aquella noche España pasaba una larga página de su historia y Aza era testigo de excepción de aquel instante. «Vivimos una etapa realmente emocionante. Éramos todos conscientes de estar viviendo unos momentos de gran trascendencia. Y, gracias a la agonía de Franco, se pudieron ir tomando las medidas necesarias para que no ocurriesen cosas gruesas a su muerte y allanar así el camino de la Transición», relató Aza a EL COMERCIO.

«Jo, este tío, ¡cómo dura!»

En aquellos meses intensos de 1975 Vital Aza Fernández-Nespral acumuló un sinfín de vivencias históricas. Aquella frase del entonces Príncipe Juan Carlos: «Jo, este tío, ¡cómo aguanta!», las noches en vela en la habitación 'La Perona', llamada así por haber dormido en ella Evita Perón, sus llegadas en Lambretta al Pardo, alguna sesión de cine con Franco y Carmen Polo en la sala de proyecciones (recordaba en concreto una de vaqueros) o las conversaciones, escuetas, con el dictador. Como aquella vez en que Aza se fue a cenar a su casa y al despedirse Franco le dijo: «¡Ah! Cenará mejor que aquí».

Después, el cardiólogo madrileño de origen asturiano seguiría atendiendo de forma esporádica a la viuda de Franco, «que tenía el corazón peor que él», y continuó pasando consulta primero en La Paz, luego en el Ramón y Cajal y finalmente en el ámbito privado. Así hasta 2013, cuando, cumplidos los 84, decidió jubilarse definitivamente.

Aza amplió entonces sustancialmente sus veranos en Gijón, en la misma casa de Somió donde había pasado una parte de su infancia al estallar la guerra civil. Una vez en tierra asturiana, día tras día, dedicaba las mañanas a la playa de Estaño y las tardes a su familia. El pasado sábado, por la mañana, asistió en la iglesia de San Julián al funeral por Angelita García, viuda de Juan Fernández-Nespral Teixidor. «Estaba mayor, pero perfectamente», comentaba ayer a este periódico una de las personas que tuvo ocasión de saludarle. Por la tarde tendría lugar la fatal caída, causando la noticia de su muerte honda sorpresa en aquéllos que acababan de verlo.

El funeral, el viernes

Vital Aza Fernández-Nespral deja viuda, Carmina Blanc, y cuatro hijos; Vital y Pedro viven en Estados Unidos. María, en Alemania. Y Gonzalo, en Madrid. De ahí que tras la incineración de esta tarde no se prevé celebrar el funeral en su memoria hasta el próximo viernes, día 23, a la una, en la iglesia parroquial de Somió. Con él se va un testimonio vivo de la historia más reciente de España.

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