La alfarería, fiel a la feria tras veintidós años

El gremio de alfareros, en las lonjas del palacio de congresos.

Catorce artesanos llegados de Andalucía, Castilla o Extremadura exponen sus piezas para mantener viva «parte de nuestra cultura»

G. P. GIJÓN.

El gremio de alfareros es uno de los habituales a la cita desde 1995. «Gusta mucho al público pero se vende poco, en Asturias hay poca cultura del barro. Si se compra el plato es para colgarlo, mientras que en Andalucía o Castilla es para utilizarlo», cuenta José María García Obaya, coordinador de los catorce artesanos que este año acuden a la cita procedentes de distintos puntos de España, desde Zamora a Granada, pasando por Toledo o Cáceres. García Obaya tomó el relevo hace cuatro años de Jesús Beltrán, que apostó por incluir al gremio en la Feria del Campo hace veintidós años.

Con los conocimientos que aportan el haber atesorado una colección de 412 cántaros y el respaldo de José Manuel Naharro, García Obaya mantiene girando el torno de alfarero y repasando la historia del oficio en Agropec. «Antes se hacían piezas para utilizar, como los cántaros, pero al dejar de usarse desaparecieron los alfareros y con ellos parte de nuestra cultura», lamenta Naharro, distribuidor en ferias de toda España e hijo orgulloso de Salvatierra de los Barros, Badajoz, «un pueblo de alfareros donde todavía quedan quince productores». Solo Naharro y José 'Tito' Martínez pueden presumir de haber acudido junto al gremio desde su desembarco en la feria. Reconocido por sus creaciones recubiertas en tonos verdes, este artesano de Úbeda afirma que «si volviese a nacer volvería a hacer lo mismo, acariciar el barro». El entusiasmo por su trabajo es compartido por los catorce alfareros a pesar de las dificultades del mercado. «Hay que adaptarse a los tiempos, hay personas que se interesan por la historia de la pieza, ellos son los que tiran de las ventas y ese perfil va en aumento», indica Emilio Casares, de Granada. En la muestra están también presentes la alfarería Hijos de Jesús Rodríguez, de Llamas del Mouro, con su característica cerámica negra, y la de la Borna, que desde Lugones ha recuperado este año el oficio.

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