Añoranza de la playa y el Sporting

Los quince emigrantes asturianos posan en el salón de recepciones del Ayuntamiento con los concejales Montserrat López, César González, Aurelio Martín y la exalcaldesa Paz Fernández Felgueroso. /AURELIO FLÓREZ
Los quince emigrantes asturianos posan en el salón de recepciones del Ayuntamiento con los concejales Montserrat López, César González, Aurelio Martín y la exalcaldesa Paz Fernández Felgueroso. / AURELIO FLÓREZ

Dos emigrantes regresan a su Gijón natal tras medio siglo en Argentina

GLORIA POMARADA GIJÓN.

La añoranza es para María del Carmen Rodríguez Llana la imagen de la playa de San Lorenzo, a la que el río Paraná nunca ha conseguido desterrar de sus recuerdos. Para José Luis González Amenedo, la nostalgia late con los colores de su Sporting, el mismo rojo y blanco del Estudiantes de la Plata con el que imagina que sobre el césped del combinado argentino regatean los 'guajes'. Tras 66 años sin pisar Asturias en el caso de José Manuel y 55 en el de María del Carmen, estos emigrantes regresaban ayer a su Gijón natal de la mano del programa Añoranza. Trece asturianos afincados en Argentina y otro más en Chile participan este año en la iniciativa del Principado, que hace posible el reencuentro con la tierra de aquellos emigrantes que, por falta de recursos económicos, no habían podido regresar de visita.

Durante la estancia, la comitiva recorre los enclaves emblemáticos de la región y los concejos que hace más de medio siglo los vieron partir. Ayer fue el turno para estos dos gijoneses, que fueron recibidos en el Ayuntamiento por ediles y la exalcaldesa Paz Fernández Felgueroso. «Es bueno hacer piña porque estando lejos es más importante sentir la identidad y el orgullo de la tierra», les recordó la concejala de Cultura, Montserrat López. Por su parte, José Manuel reconocía: «Nunca pensé sentirme aquí así, desde el momento en el que llegamos al aeropuerto, donde vino un gaitero a recibirnos con el himno de Asturias. Llorábamos todos».

A pesar de que emigró con solo seis años, José Manuel guarda de su infancia en la calle Ezcurdia recuerdos de «cuando iba solo a nadar y a quedarme en la arena. Echo mucho de menos San Lorenzo». En 1951, su familia hizo las maletas y puso rumbo a Buenos Aires «después de la guerra porque acá se estaba mal. Por cómo se vivía, decidimos ir a la Argentina, a ver si se podía estar mejor». «Al llegar nos decían gallegos ¿gallegos de qué si soy asturiano?», recuerda entre la risa y la indignación. Años después de su marcha, la situación se revertía y «acá se volvía a estar mejor que en la Argentina y mucha gente regresaba a trabajar». No fue su caso, que tras completar sus estudios en el colegio industrial comenzó a trabajar, a los dieciocho años, como técnico mecánico en fábricas.

Catorce asturianos afincados en América Latina recorren sus concejos de origen

De El Llano a Rosario

María del Carmen abandonó su hogar en la calle Marcelino González, de El Llano, en 1962. Tenía apenas 13 años. «Yo no me quería ir pero tenía que acompañar a mi mamá y papá», recuerda emocionada. La familia Rodríguez Llana se afincó en la ciudad argentina de Rosario, donde «la vida fue dura» en los inicios, primero trabajando como empleada doméstica y, tras la muerte de su marido hace catorce años, reparando calzado. «Él era zapatero y yo le ayudaba. Ahora algunos que me conocen me traen trabajos», anota.

Los dos emigrantes inspeccionaban ayer cada rincón de la villa con la emoción a flor de piel. «Les digo a mis compañeras que me pellizquen porque me parece que estoy durmiendo y que me voy a despertar en Argentina», cuenta María del Carmen. «En la televisión veo muchas películas de Asturias, pero no es lo mismo verlo que estar acá», explica José Manuel, quien como pintor aficionado ha hecho de los paisajes asturianos el motivo principal de su obra. «Lo primero que hice fue ir todo corriendo por la playa y meter los pies en el agua», cuenta ella.

Esperanza de volver

La gijonesa aprovecha estos días para documentar, móvil en mano, cada rincón de Asturias. Las fotos viajan a diario, vía Whatsapp, al otro lado del Atlántico, donde sus seis hijos, veinte nietos y tres bisnietos contemplan admirados la tierra de sus antepasados. «Ya llené una memoria entera de fotos y me compré otra. Les mando todo para allá y me dicen 'qué lindo paisaje mami, qué hermoso'», explica. Sus nietos, cuenta, son los que sueñan ahora con volver en busca de trabajo.

En el caso de José Manuel, su primera parada en Gijón fue la tienda del Sporting, donde por fin pudo comprar la camiseta rojiblanca tras un intento fallido en Oviedo. «Yo sabía que había pica, pero no tanta». El viaje proporciona también oportunidades para los reencuentros familiares. María del Carmen ha podido visitar a sus tíos, «una emoción hermosa, me regalaron los relojes de mi abuela y de mi tía, porque si yo vuelvo ya no sé si va a estar viva». José Manuel no ha tenido la misma suerte. «Tengo una hermana que creo que está viviendo aquí pero no sé dónde, ya nos perdimos el rastro», lamenta.

Desde Gijón, los catorce emigrantes partieron hacia Cabranes, una de sus últimas paradas antes de regresar mañana a sus hogares al otro lado del Atlántico. Todos ellos con una misma esperanza en la maleta, la de volver.

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