Aplausos en honor de cuatro jesuitas

Asistentes a la misa en recuerdo de los jesuitas fallecidos, en San Esteban del Mar. / PALOMA UCHA

Allegados de los fallecidos llenan San Esteban del Mar en un acto de despedida

P. LAMADRID GIJÓN.

«Yo no sé si es litúrgico o no, pero la vida de nuestros hermanos bien se merece un aplauso». Apenas terminó de pronunciar estas palabras el delegado de la Plataforma Apostólica de Asturias de la Compañía de Jesús, Inocencio Martín, los presentes en la parroquia de San Esteban del Mar dedicaron ayer una ovación a los cuatro jesuitas fallecidos en el último año. Emilio Varela, Enrique Prieto, Darío Gallego y Luis Martínez de la Vega fueron recordados por amigos, familiares y compañeros, que llenaron el templo de El Natahoyo para asistir a una emotiva eucaristía. «Estos hermanos estuvieron en permanente comisión de servicio», indicó en su homilía el padre, que ofició la misa acompañado por varios curas más. El sacerdote subrayó que los cuatro jesuitas «estuvieron en esta escuela y en este barrio», apuntó en alusión al Centro de Formación Profesional Fundación Revillagigedo. En este punto de la eucaristía, el padre Inocencio Martín hizo un repaso a las vidas de los cuatro fallecidos. Comenzó por Luis Martínez de la Vega, que estuvo ligado a los jesuitas asturianos durante 38 años. En concreto, pasó dos décadas en el Gedo y el resto en el colegio San Ignacio, en Oviedo, donde fue jefe de estudios. «Era riguroso en el trabajo, exigente consigo mismo y siempre dedicado a los demás; educador de tantos y cuidador de la comunidad», subrayó.

Enrique Prieto era «un zamorano de pro» que siempre se caracterizó por ser una persona «leal y fiel a sus amigos», así como un «incansable trabajador». Estuvo ligado a la Fundación Revillagigedo durante nueve años, donde trabajó como profesor, coordinador general y rector. De Darío Gallego, destacó su labor como dentista. «Arreglo las dentaduras de tantos pobres de este barrio...», recordó el padre Inocencio Martín embargado por la emoción, tanto que se vio obligado a interrumpir su homilía durante unos instantes. «Ahí estaba siempre en dispensario del padre Darío», a disposición de quienes lo necesitasen, labor que compaginó durante dieciséis años con las clases en la Inmaculada.

«Me regaló una sonrisa»

Emilio Varela fue el último fallecido. Natural de la parroquia coruñesa de Folgoso, murió el pasado 4 de septiembre, a los 86 años, en Villagarcía de Campos (Valladolid). Por esta localidad pasó el superior de los jesuitas en Asturias unos días antes del fallecimiento. «Me lo encontré en silla de ruedas; creo que no me conoció, pero sí me regaló una sonrisa. Y me emocionó», recordó el padre Inocencio Martín, que también elogió otras cualidades del religioso: «Era una persona callada, sencilla y alegre». Varela ejerció como profesor en Gijón durante 46 años.

Primero, desde 1956, en la Laboral -«fue de los primeros jesuitas que pusieron un pie allí»- y, tras la marcha de la orden del complejo de Luis Moya, estuvo en la Fundación Revillagigedo de 1978 a 2002. Tan carismático era Varela que un sobrino del superior de los jesuitas, tal y como él mismo relató, «no se acuerda del rector ni del jefe de estudios, pero sí de Emilio». El padre Inocencio Martín quiso superar la tristeza que provocaba esta eucaristía de despedida: «El testimonio de sus vidas tiene que ayudarnos en las nuestras».

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