Artista de las formas y el espacio

Mariano Marín, en su estudio. /CITOULA
Mariano Marín, en su estudio. / CITOULA

Arquitecto gijonés, recibirá a sus 92 años el premio Castelao a una trayectoria marcada por la cultura clásica y la música

ÓSCAR PANDIELLOGIJÓN.

Dice Mariano Marín (Gijón, 1926) que la tradición familiar le instruyó en dos cuestiones: el trabajo y el esfuerzo. Y, con ellas, construiría una destacada carrera profesional como arquitecto que acaba de recibir el reconocimiento unánime de sus colegas con la concesión del premio Castelao. «Imagino que más por la edad que por mis méritos», bromea socarrón en su estudio, situado en un edificio diseñado por él en plena plaza de Europa. La trayectoria de Marín evidencia dedicación y compromiso, dos aspectos ensalzados por el Colegio de Arquitectos de Asturias a la hora de otorgarle el galardón.

Marín, ante todo, se define como una persona poco amiga de lo contemplativo. Desde pequeño, explica, trató de invertir su tiempo libre en sus múltiples pasiones: desde la música y la lectura hasta el aprendizaje de idiomas. «Soy un apasionado de la música y puedo decir que ha tenido una influencia muy directa en mi trabajo», asevera. En este sentido, hace suya una observación de Stravinsky, uno de sus compositores predilectos: «Yo cuando me siento a componer no sé lo que quiero, pero sí que tengo claro lo que no quiero».

Biografía
Nació hace 92 años en Gijón, ciudad en la que ha desarrollado su carrera como arquitecto.
Estudios
Recuerda con cariño su paso por el Instituto Jovellanos, donde comenzó a formarse. Después, se desplazó a Madrid para estudiar Ciencias Exactas y Arquitectura. Y cursó un máster en el Massachusetts Institute of Technology.
Trabajos
De su cabeza nacieron el Club de Tenis de Gijón, la estación de servicio 'Mayfer', el número 14 de la plaza de Europa o el último edificio de la calle Uría.

Nacido en una familia «no acomodada, pero que sí se podía permitir un coche», Marín recuerda sus primeros veranos disfrutando de San Lorenzo y los partidos de fútbol con los amigos de la infancia. Su formación intelectual, más allá del entorno familiar -padre y abuelo fueron también arquitectos y en su casa siempre se vivió la cultura con pasión-, se gestó en el Instituto Jovellanos. «Allí conocí a gente magnífica y a profesores que hicieron que me apasionara por las matemáticas o la poesía. Muchos se dejaban el pellejo por que aprendiéramos», explica.

En esa época, formó parte las tertulias del Pío, un ahora extinto café en el que compartía tardes enteras con Paco Ignacio Taibo o Francisco Carantoña. «Ahí nos reuníamos y hablábamos de política local, música y, en general, de cualquier cosa. Eran charlas de alto valor intelectual», destaca.

Una vez finalizados sus estudios en Gijón, Marín puso rumbo a Madrid, donde estudió Ciencias Exactas y Arquitectura. Allí vivió con su tío, periodista y cronista de la capital, quien le animó a viajar por Europa para enriquecerse.

Aquellos viajes le descubrieron desde la monumentalidad de las construcciones parisinas hasta el encanto y la perfección de las romanas. Su admiración por la cultura clásica -«donde se han dado las grandes lecciones de arquitectura»- acabó moldeando su estilo como arquitecto. «Me gustan las formas no muy complicadas», asegura este gijonés. De su cabeza nacieron el Club de Tenis de Gijón, la estación de servicio 'Mayfer', el número 14 de la plaza de Europa y el último edificio de la calle Uría, entre otras obras.

Con especial cariño recuerda su periplo estadounidense, donde estudió un máster en el prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT). «Acostumbrado a que en Madrid la facultad abriese de 9 a 14 horas, cuando pregunté por los horarios allí casi se ríen de mí. Obviamente, abría las 24 horas», explica. Para conseguir la beca de acceso, cuenta, le aseguró al jurado que estaba interesado en la polifonía del siglo XII, lo que les convenció de su cultura y afán de conocimiento. «Lo hice muy mal allí. Trabajé tanto y vi tan pocos sitios...», bromea.

En cuanto al galardón que le entregarán en unos días, Marín reflexiona y se reconoce orgulloso. Satisfecho tanto por el premio como por una extensa trayectoria en la que, ante todo, pudo trabajar en lo que quiso. «En general, estoy muy satisfecho con lo que hice. Nunca me embarqué en ningún proyecto que no quisiera hacer».

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