Una barbera en busca de aventura

Tamara Marcos en su barbería de la calle Manso. / AURELIO FLÓREZ
Tamara Marcos en su barbería de la calle Manso. / AURELIO FLÓREZ

Tamara Marcos, sexta generación 'armada' con tijeras y navajas, piensa ya en su próximo reto. Antes, tiene que encontrar un sustituto para su peluquería

LAURA CASTRO GIJÓN.

Desde la época del padre de su tatarabuelo Rodrigo -«menos uno que salió profesor, ¿qué le vamos a hacer?»- todos los demás descendientes son «artesanos» con navaja y tijeras. Tamara Marcos, de la familia Cavielles y nacida en 1982, es uno de ellos y habla del legado familiar con la emoción de una niña y con el cariño y la nostalgia de una adulta que acaba de perder a dos personas muy queridas: su «abuelita» Alicia y su tío abuelo Jorge.

«Sé que ella está conmigo. Mi abuela, mi madre y yo tenemos un lazo muy fuerte, es como si siguiéramos conectadas por el ombligo», asegura Tamara. Recuerda con emoción las historias de barberos que le relataba Alicia cuando ella solo era una cría. «Mi abuelita era la trece de quince hermanos y eran una familia muy humilde. Por las mañanas, ella que era la pequeña iba a ver a mi bisabuelo Paulino a la barbería y con el dinero del primer corte de pelo o arreglo de barba compraba el carbón, la leche y los huevos para hacer el desayuno de todos sus hermanos», relata Tamara. «¿Cómo no me voy a emocionar contándolo? Son historias preciosas las de los barberos».

APUNTES

Legado familiar:
representa la sexta generación de barberos y peluqueros de la familia Cavielles.
Fiel a la tradición:
defiende que los barberos son artesanos con un oficio milenario.
Amante de los animales:
tiene cinco perros, cuatro tortugas y, próximamente, un burro.

Por eso, cuando acabó Bachiller no lo dudó: seguiría con el legado familiar que se extiende por Asturias, Burgos y París. Estudió peluquería en Oviedo y cuando terminó, se fue a pasar un tiempo a Arriondas, con su tío abuelo Jorge, quien ejerció de barbero hasta los 83 años y se convirtió en su maestro. Con él se formó en el buen hacer de los Cavielles, siguiendo los métodos de toda la vida.

«Muchas lágrimas y muchos problemas se han solucionado entre los muros de la barbería»

«Mi tío Jorge me inflaba un globo, lo llenaba de espuma y me daba la cuchilla para que me pusiera manos a la obra. Me explotó tantas veces...», rememora. «Luego llega tu primer cliente y solo ves un globo y rezas porque esta vez no explote», añadía.

Tamara trabajó durante doce años en el salón de mujeres de su madre Ana Cavielles, aunque hace un lustro decidió emprender su aventura en solitario y escribir su propia historia como la barbera del barrio de La Arena. Le gusta hacerse respetar, pero también dar confianza y cercanía a sus clientes. «El barbero es el que conoce todos los trapos sucios del barrio, pero no cuenta ninguno», bromea. Su salón en el número 12 de la calle Manso tiene esa esencia de las barberías antiguas, pero también está repleto de rincones modernos con encanto. El más especial es de la lectura. Devora libros desde pequeña y aunque ahora está sumergida en el manuscrito de 'El vaivén del columpio', de su amigo Javier Morales, «la barbera más dicharachera» tiene predilección por las palabras de Ray Loriga. De hecho, enseña con orgullo el autógrafo que este último le dedicó, a ella y a Baldomero, el burro que próximamente se unirá a los cinco mastines y cuatro tortugas que tiene en su casa de aldea en Villaviciosa. Tiene carácter y no soporta las injusticias. Sus cinco perros pertenecían a un vecino que les maltrataba y ella decidió salvarles del calvario. «Están ciegos, cojos, con hernias por los golpes... Somos una manada muy peculiar», dice con una sonrisa de oreja a oreja. En su peluquería, los canes también son bien recibidos y tiene chuches y agua para ellos. Lo tiene todo pensado en función de su público. Para los niños, fruta y un sinfín de juguetes que va acumulando sobre los espejos de la barbería. Para los adultos, «revistas molonas, una buena conversación y salir mejor de lo que entraste».

Esa es su máxima preocupación: ofrecer un servicio que considera básico. Por eso, acude al albergue de Covadonga los días descanso para colaborar de manera altruista con quienes no tienen nada. Todos los días, menos los miércoles por la tarde que es 'día de huerto'. «Tengo que labrar mis tierras». También entre semana ayuda a quien lo necesita. «No es justo que haya gente que no tenga trabajo porque tiene unas melenas de locos o una barba de náufrago por no tener dinero para ir al barbero», reprocha. Por sus sillones rojos de Triumph han pasado cientos de historias que jamás contará, pues prefiere quedarse con la sensación de haber ayudado a alguien. «Muchas lágrimas se han derramado y muchas problemas se han solucionado entre estas paredes», confirma Tamara. Aplica siempre el mismo consejo que recibió de su madre cuando era pequeña. «Tami, de profesión: feliz», le dijo.

Por eso, busca una nueva aventura cada lustro y ahora cumple cinco años desde la apertura de su barbería. Por eso, ya tiene la cabeza ideando la siguiente aventura.

Hará las maletas, cogerá a su manada y buscará un destino en el que vivir su cambio de aires durante dos años, pero no sin antes encontrar otra barbera o barbero con el carisma suficiente para sustituirla en su ausencia.

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