Los bomberos rescatan a un taxista atascado en un contenedor

Paula sujeta el móvil que le acababa de entregar Alfonso, rescatado por los bomberos del contenedor
Paula sujeta el móvil que le acababa de entregar Alfonso, rescatado por los bomberos del contenedor / José Simal

Intentaba recuperar el teléfono móvil de una clienta que él mismo había arrojado en un depósito de Montevil

Olaya Suárez
OLAYA SUÁREZGijón

Nunca creyó Alfonso que acabaría el día de San Pedro teniendo que ser rescatado por los bomberos tras quedar atascado en un contenedor de reciclaje en Montevil. A este taxista la bonhomía a punto estuvo de ocasionarle una desgracia cuando, pinzas de barbacoa en mano, se dispuso a recuperar un teléfono móvil que él mismo había arrojado al depósito. Quedó atascado. El taburete en el que se apoyaba -que había bajado de casa de la madre que vive justo enfrente- se volteó. Alfonso quedó con medio cuerpo dentro del contedor y el otro medio, fuera, sujetado en la zona del abdomen en el estrecho hueco.

Para más inri, el terminal no era ni siquiera suyo, sino de una clienta que hace diez días se lo había dejado olvidado en el taxi. «Estaba con toda la pantalla rota y como lo tuve en el coche un montón de días y nadie llamaba interesándose por él, me decidí a tirarlo ayer. En buena hora...», lamentaba poco después de que ser rescatado de la obstrucción de la que fue protagonista.

Y como la suerte es así, justo después de que este ciudadano procediese al reciclaje -por cierto, de forma incorrecta-, enviaron una alerta desde la centralita de la cooperativa de taxis por si alguno de los conductores había encontrado un telefóno móvil. La descripción coincidía plenamente con el que descansaba junto a los envases de leche, los plásticos y los yogures en el contenedor amarillo de la calle de Ramón Areces, junto al colegio Montevil.

Alfonso no se lo pensó dos veces. Tenía que recuperar el dispositivo y devolvérselo a su legítima propietaria. Lo primero que hizo fue comprobar que el depósito no había sido vaciado por los servicios de recogida de basura. Lo segundo, subir a casa de su madre y bajar poco después pertrachado con el taburete en cuestión y las pinzas de la barbacoa con las que 'pescar' el dispositivo.

«El problema fue que se cayó la silla en la que estaba apoyado, que luego, por cierto, me la volvió a colocar un hombre que me vio en apuros... menos, mal porque por lo menos pude apoyar los pies hasta que llegaron los bomberos...», comentaba, aliviado.

En el lugar se fueron arremolinando curiosos, vecinos y familiares. No pudieron sacar a Alfonso ni pese a que intentaron tirar de él hasta tres personas al mismo tiempo. Estaba encajado al vacío por la cintura. La escena era llamativa: la del grupo rodeando el depósito amarillo, del que sobresalían unas piernas de hombre por el estrecho hueco.

Los bomberos acudieron al rescate tras recibir la inquietante llamada de los testigos. «Me pareció que tardaron mucho, pero, claro, igual fue por la situación en la que estaba», razona el taxista. Para conseguir liberarlo tuvieron que cortar la fibra de vídrio para agrandar el agujero que lo tenía retenido.

Heridas de guerra

Una vez en tierra firme, y con el teléfono en la mano, Alfonso comprobó las heridas de guerra: unas marcas a la altura de la cintura por la presión ejercida en su barriga. «Podía haber sido mucho peor...», decía. Eso sí, cumplió con su objetivo, entregarle el dispositivo a su dueña, Paula, atónita por la peripecia para rescatar su maltrecho móvil. Le quedó muy agradecida por la hazaña que, en esta ocasión, tuvo final feliz. «Solo espero que encima me hagan pagar los desperfectos del contenedor...», pedía Alfonso, quien celebró un día festivo en la ciudad de forma muy peculiar.

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