«Busqué cartón para ayudar a Cáritas»

Gil Fernández, en el salón de su casa en El Coto. / AURELIO FLÓREZ
Gil Fernández, en el salón de su casa en El Coto. / AURELIO FLÓREZ

La parroquia de San Nicolás de Bari nombra «feligrés ejemplar» a Gil Fernández | Tras recuperarse de una grave caída, que le llevó a permanecer un mes en coma, sigue ayudando en la iglesia de El Coto

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

«Iba por las casas buscando cartón para venderlo, para sacar dinero para los campamentos de Cáritas. No había otra cosa». Gil Fernández lleva una válvula, que controla su hidrocefalia, en el lado derecho de la cabeza. Este luarqués que lleva casi medio siglo viviendo en El Coto tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar e incluso a reconocer a su familia con 67 años, como consecuencia de un grave accidente que sufrió en 2015. El próximo miércoles, la parroquia de San Nicolás de Bari le agradecerá su labor otorgándole el premio 'Feligrés ejemplar' por su ayuda en el mantenimiento de la iglesia y su colaboración con Cáritas, aún después del traumatismo que le tuvo ingresado casi ocho meses. No es cristiano de misa diaria, pero sí de ayudar. «Entre semana va al logopeda y a rehabilitación», enumera Mari Carmen, su mujer, «pero también a repartir comida a la parroquia cuando puede».

Antes de la caída era un hombre «muy activo» que al poco de mudarse a El Coto comenzó a llevar el grupo de montaña de San Nicolás de Bari, y luego empezó «con todo lo demás». Además de salir con la furgoneta para recoger comida del banco de alimentos o vender cartón, días antes de que los niños llegaran al campamento infantil de Cáritas, en Rodiezmo (León), Gil podaba los setos, segaba, pintaba... «Hice un puente de diez metros de largo para que pasaran los chiquillos», recuerda. En su casa y en la parroquia de El Coto, era el manitas. «Si se estropeaba una luz en la iglesia, cogía la escalera e iba para allí».

El día de su caída «tendría que haber estado cambiando la hora del reloj de la iglesia, como hacía siempre», lamenta su mujer. Pero a las siete y media de la mañana estaba arreglando el tejado de un hórreo en su casa de Collado (Pola de Siero). «No me acuerdo de cómo caí», dice Gil. El resultado del golpe contra el hormigón fue un traumatismo craneal, las manos y la pelvis destrozadas y un mes de coma inducido. «A mi hijo, que vive en Toledo, los médicos le dijeron que no le iba a dar tiempo a llegar», cuentan a medias él y Mari Carmen, que adivina lo que su marido quiere decir cuando se le atascan las palabras. Aunque a veces le cuesta, no le acompleja: «Voy poco a poco, pero llevo bien la rehabilitación».

Cuando salió del hospital no reconocía ni a Mari Carmen, pero hoy sabe que tiene un hijo y está loco con sus nietos, de dos años y cuatro meses. Incluso gana alguna de las partidas de chinchón que juega con los amigos en el bar Moreno. «Los sábados y domingos vamos al baile en el hotel Begoña», comenta su mujer. «Siempre fue bailarín y buena persona».

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