La 'Casa Nostra' que es de todos

Jessica Rodriguez, con su hija Indira en brazos, en el salón del centro de ayuda de Roces.
Jessica Rodriguez, con su hija Indira en brazos, en el salón del centro de ayuda de Roces. / AURELIO FLÓREZ

La antigua casa del párroco de Roces hace las veces de centro de ayuda social

PABLO SUÁREZ GIJÓN.

Jessica Rodríguez es madre soltera y desempleada. A mitad de su embarazo fue despedida por la empresa en la que trabajaba y se quedó en la calle. Su hija Indira, de dos años, no entró en la guardería por tan solo tres plazas en la lista de espera. A consecuencia de esto, Jessica, que tiene que cuidar todo el día de la niña, no puede optar a ningún tipo de trabajo que le aporte los ingresos necesarios.

Por este motivo se vio obligada a acudir a la 'Casa Nostra', antiguo hogar del párroco de la iglesia de San Julián (Roces), que le puso este nombre al haber pasado mucho tiempo en Roma, y que ha sido reconvertido por Cáritas en banco de alimentos y lugar de ayuda para todos aquellos vecinos a los que la crisis dejó en una situación complicada.

El encargado de gestionarlo es Ángel Teijeiro, quien junto con otros ocho voluntarios trata de prestar la máxima ayuda posible a las más de cien familias que acuden el primer lunes de cada mes en busca de alimentos u otros bienes de primera necesidad.

«Con un bebé en casa la ayuda se queda corta, pero menos es nada», asume Jessica, quien lleva un año acudiendo a la 'Casa'. «Empecé a trabajar con poco más de catorce años y siempre me he ganado la vida, pero ahora la situación es complicada hasta que la niña empiece al colegio», cuenta. También se queja de que algunos usuarios están realizando un mal uso de este servicio, al recibir ayudas muy similares por parte de otros colectivos. «Conozco gente que viene aquí después de recoger más cosas en otros centros. Les pediría que fueran un poco más generosos y dejaran que los recursos se repartieran de manera correcta entre la gente que lo necesita», dice.

El caso de Jessica está lejos de ser único en el barrio. Davit Harutyunyan es un armenio que se enamoró de Gijón hace ya quince años. El verano pasado se quedó sin trabajo y vio cómo sus dos hijos, de cinco y doce años, acabaron dependiendo única y exclusivamente de los 120 euros al mes que ganaba su mujer. «Llegó un día en que los gastos eran mucho mayores que los ingresos, y nos vimos obligados a buscar ayudas», relata. Davit preguntó entonces a los vecinos, quienes le recomendaron que acudiese a la Casa Nostra. Desde entonces recibe cada mes una cantidad de alimentos que permiten que en su casa ninguno de los cuatro pase hambre. «Estoy contento en España, y me encanta Asturias. Ya me he puesto a buscar trabajos y cursos para salir de esta situación», afirma con tono esperanzado.

En la 'Casa Nostra' las historias se superan unas a otras y la entrada se llena de vecinos que, por diferentes circustancias, se ven obligados a pedir ayuda. Algunos se lo toman como una situación pasajera, mientras otros llevan más tiempo del que les gustaría necesitando de este servicio. «Al final a todos nos cuesta venir aquí, pero a mi hija no le va a faltar de nada en ningún momento. Así que cuando no queda otra opción, para algo están estas cosas», afirma Jessica mientras su hija, ajena a la situación, juega con las sillas en el salón de la casa.

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