«A la comunidad católica le agrada ser reconocida por las autoridades civiles»

El sacerdote Fernando Llenín, delante de su nueva parroquia, San José.
El sacerdote Fernando Llenín, delante de su nueva parroquia, San José. / JORGE PETEIRO

Fernando Llenín Iglesias, Párroco de San José: «Adolfo Mariño me dijo que esta parroquia era muy participativa, con mucha gente colaborando; personas muy buenas, sencillas»

PALOMA LAMADRID GIJÓN.

Hace una semana que Fernando Llenín (Santander, 1955) ofició su primera misa como párroco de San José con el templo repleto de fieles deseosos de conocer al nuevo responsable pastoral. Una comunidad que no es del todo desconocida para el sacerdote, puesto que le une una estrecha amistad con Adolfo Mariño, que le pasó el testigo tras ser nombrado abad de Covadonga.

-La primera misa que ofició en San José fue multitudinaria. ¿Esperaba tal recibimiento?

-No sabía quién me iba a recibir o no. Además, la noticia y el cambio fueron en muy poco tiempo. Me enteré de mi traslado el 13 de junio, día de San Antonio de Padua, y en menos de dos meses aquí estoy. Me alegró mucho ver la iglesia tan llena. Me imagino que la gente de la parroquia estaría expectante porque Adolfo (Mariño) me consta que ha sido un gran párroco de esta parroquia, como lo fue anteriormente de San Melchor y lo será como abad de Covadonga. Me decía un sacerdote que era muy difícil sustituir a un buen párroco, así que a ver si lo logro (risas).

-¿Tuvo oportunidad de hablar con Adolfo Mariño antes de incorporarse a su nuevo destino?

-Sí. Somos muy amigos. Nos conocemos de antes de entrar en el seminario y fuimos compañeros del mismo curso. Hemos tenido muchísima relación, aunque su traslado a Gijón hizo que no nos viésemos con tanta frecuencia. Hasta entonces, nos veíamos varias veces por semana y, en ocasiones, todos los días.

-¿Qué le ha contado de la parroquia de San José?

-Estuvimos un día hablando largo y tendido y me explicó cómo funcionaba la parroquia. Incluso me lo dejó pro escrito. Básicamente, la estructura es muy parecida a la que yo tenía hasta ahora. En cuanto a la actividad, me dijo que era una parroquia muy participativa, que había mucha gente colaborando; personas muy buenas, sencillas. ¡Qué va a decir él! Pues que es todo estupendo y estoy seguro de que es cierto.

-¿Cuáles han sido sus primeras impresiones en estos pocos días que lleva en San José?

-He tenido una acogida muy cordial, todo el mundo me saluda con una sonrisa y se pone a disposición, Así que estoy encantado.

-Todavía es pronto porque acaba de llegar, pero ¿cuáles son sus objetivos?

-No tengo objetivos concretos. Sería una pretensión por mi parte venir y traer cosas ya preconcebidas. Mi objetivo, si se puede llamar así, es incorporarme, en cuerpo, a esta parroquia y continuar con la labor que se desarrolla.

-¿Cuándo se ordenó?

-Fui ordenado en 1979. Unos días antes que Adolfo. Vivíamos juntos, con otro sacerdote, porque hicimos el diaconado en Avilés. Yo en La Carriona, pero residíamos en la parroquia de Versalles. Y me ordené creo que una semana antes que ellos dos, que lo hicieron en Sabugo y yo en la catedral. Después, estuve como maestro de ceremonias en su ordenación. Por eso digo que siempre hemos tenido muchísima relación Adolfo y yo. Fuimos compañeros de estudios en el seminario y luego empezamos juntos el diaconado.

-¿Cuál fue su primer destino como párroco?

-Fue Roma. Me ordené en mayo y me mandaron unos meses a Sama de Langreo. A finales de septiembre ya estaba en Roma. Necesitaban un profesor de Filosofía y entonces me llamaron del Obispado para decirme que fuera allí. Había estado estudiando Historia a la vez que los estudios eclesiásticos en el seminario. Y no terminé la carrera por eso. Había acabado cuarto (entonces la licenciatura era de cinco años) y, nada más ordenarme, me dijeron que fuera a Roma para hacer Filosofía y allá me fui. Estuve tres años y luego me marché a Alemania, a Bonn, donde estuve trabajando en la tesis. Después regresé a Asturias, en 1985, y volví a irme para hacer otra licenciatura en Teología Fundamental en la Universidad Gregoriana.

-¿Por qué parroquias ha pasado?

-Primero fui coadjutor de San Pablo, en La Argañosa. Después, estuve de párroco en San Antonio de Padua, luego pasé dieciocho años en San Francisco de Asís -ambas en Oviedo- y ahora en San José de Gijón.

-¿Le dio mucha pena dejar su última parroquia?

-Sí, claro, como a Adolfo dejar San José. Cómo no te va a dar pena dejar a tantas personas, tantas experiencias, tantas cosas... Además, como fue un poco de repente... Cuando me lo dijeron, la verdad es que me entró la risa.

-¿Le pilló desprevenido la noticia de su traslado?

-Pensaba que me podían trasladar, pero no esperaba venir a San José ni que Adolfo dejara la parroquia. Es una cosa de esas que no se le pasan a uno por la imaginación.

-Aunque es cántabro, está vinculado a Asturias desde hace muchos años. ¿De dónde le viene esa ligazón?

-Mi padre era de Oviedo, aunque anduvo siempre de aquí para allá porque era militar. Vivíamos en Santa Cruz de Tenerife y pidió que le destinaran a Oviedo. Llegamos aquí cuando yo tenía diecisiete años.

-¿Seguirá desempeñando su labor docente en la Universidad de Oviedo?

-Sí, toda la vida compatibilicé la docencia con el trabajo pastoral. Llevo 25 años dando clases de Teología, que es una asignatura optativa para los alumnos.

-En la eucaristía celebrada en San Pedro el día de la festividad del patrón de la ciudad, Adolfo Mariño hizo una encendida defensa de la libertad para vivir la fe frente a las críticas de los laicos por la presencia de políticos en actos religiosos. ¿Qué opina?

-En primer lugar, creo que es opinable. Y, en segundo, que la libertad está garantizada. Si las autoridades civiles acuden a los actos de la comunidad católica, como asisten a actos de otra índole: religiosa, deportiva, cultural... están donde estamos los ciudadanos. Por eso, a la comunidad católica le agrada ser reconocida también por las autoridades civiles. Obligatorio no es, evidentemente. Somos ciudadanos como católicos, no sin nuestra identidad creyente. Y no significa que los representantes públicos tengan que participar en su fuero interno de todos los actos a los que asisten.

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