Cuarenta años de activismo social

Marcelino Laruelo, en un parque cercano a su domicilio. /J. PAÑEDA
Marcelino Laruelo, en un parque cercano a su domicilio. / J. PAÑEDA

El responsable de la Oficina de Defensa del Anciano ha dedicado su vida a volcarse con todo tipo de causas para mejorar la sociedad

POR ÓSCAR PANDIELLO GIJÓN.

Refiere como sus dos grandes pasiones la montaña y la mar, lugares donde puede perderse a solas durante días antes de volver a Gijón, la ciudad que le ha acogido durante toda la vida. Sin embargo las ocupaciones que han mantenido más vivo a lo largo de los años a Marcelino Laruelo (Gijón, 1955) han sido el activismo y la lucha por la mejora de su entorno. Desde el rechazo al dique semisumergido que impulsaba en la ciudad Vicente Álvarez Areces a la más reciente lucha por la dignidad de los ancianos y en denuncia a los abusos del ERA, sus convicciones han ido de la mano de los actos, una actitud que hoy en día echa en falta tanto en partidos como en sindicatos. «Después de muchos años he visto cómo lo que estaba sano se ha ido pudriendo. En la política tienes que ver crecer la hierba y no ir a remolque de los hechos», subraya en una distendida charla en su domicilio, situado «en el clásico barrio del Parrochu».

Nacido en una familia obrera en la calle Contracay, en su casa «la política siempre estuvo presente», aunque no de manera asfixiante. Después de completar sus estudios en el Instituto Jovellanos y la Escuela de Comercio, Laruelo casi se afilia al Partido Comunista por unas amistades, idea que no llegó a materializar por poco. «En la mili se despertó mi sentimiento activista», recuerda. «Estaba en la Marina y vi de primera mano cómo nos robaban en el rancho y, entre otras cosas, hacían la vida imposible a los chavales que estaban ahí». La muerte de Franco le sorprendió en pleno servicio militar, por lo que su vuelta a Gijón abrió una nueva etapa.

ALGUNAS DE SUS LUCHAS

Dique semisumergido
Fue uno de los principales detractores del proyecto urbanístico que se planteaba para San Lorenzo en 1988.
Chalés en El Rinconín
Se opuso a la construcción de viviendas adosadas en primera línea de playa, «un escándalo urbanístico».
Residencias de ancianos
Creó la Oficina de Defensa del Anciano para velar por el trato digno a los mayores dependientes. Reclama desde hace años por los abusos de los centros del ERA.

Corrían los últimos años de la década de los 70 cuando se afilió a la Liga Comunista y a UGT. «En el sindicato aprendí lo que era un comportamiento democrático de verdad. En la toma de decisiones participábamos todos, y no de boquilla como pasa en muchos sitios», asevera. Durante esos años tuvo contacto directo con los trabajadores de la ciudad, que entendían el asociacionismo como algo esencial. «Teníamos cola para afiliarse. Y no solo de grandes empresas. También pequeños trabajadores, gente corriente de mercerías y negocios familiares», añade. Sus caballos de batalla, además de los asuntos laborales, abarcaban los derechos de la mujer y la libertad sexual.

San Lorenzo

La deriva de las formaciones políticas y la exigencia de la militancia hizo que en 1984 Laruelo abandonase tanto el sindicato como el partido. «De todas formas, en los sitios en los que estuve traté de movilizar a la gente con convenios. Aunque fuéramos diez personas en una distribuidora, se luchaba», argumenta. Sin embargo, no sería hasta 1988 cuando uno de los proyectos políticos del Ayuntamiento hizo que Laruelo y varios de sus compañeros se pusiesen de nuevo en pie. El pleno había aprobado la construcción de un dique semisumergido para dotar de más arena seca la playa de San Lorenzo. Pero varios grupos ecologistas e investigadores de la Universidad de Oviedo cuestionaron su construcción. «Aglutinamos a un grupo de gente muy valiosa, recogimos firmas y demostramos que la construcción no tenía sentido. Armamos la de Dios, hasta que se desechó la idea», rememora. Laruelo combinó estos frentes abiertos desde el activismo con la investigación histórica. Así, a lo largo de los últimos años publicó varios volúmenes sobre la lucha sindical en Asturias en el siglo XX.

En la actualidad, su batalla se ha trasladado del urbanismo a la defensa de las personas mayores. «Llevo dieciséis años haciendo de padre de mi madre, que tiene alzheimer, y ahí he podido ver el funcionamiento de las residencias», explica. Debido a las carencias que presenció tanto en el servicio público como el privado, Laruelo se decidió a impulsar la Oficina de Defensa del Anciano, una apuesta por dar visibilidad al «maltrato, el desfase farmacológico y la estafa económica que se viven en estos centros». Lleva años denunciando la opacidad económica en torno a los centros gestionados por el organismo público Establecimientos Residenciales para Ancianos (ERA). Mientras el parlamento asturiano debate cómo solucionar los sobrecostes facturados a más de 300 familias o las renuncias a herencias a causa de estos recargos, este gijonés no duda de que seguirá luchando por la ciudad. Aunque deba mover cielo y tierra.

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