«Dejamos el taxi, vendimos el piso y nos vamos a la aventura»

Machús Rivaya y Mili Fernández, esta semana, en Gijón. / ARNALDO GARCÍA
Machús Rivaya y Mili Fernández, esta semana, en Gijón. / ARNALDO GARCÍA

Los taxistas gijoneses Machús Rivaya y Mili Fernández iniciarán el 14 de febrero un viaje que los llevará por tierra y mar desde Katmandú a Moscú durante un año | «La zona rural de Asturias y Nepal, devastado tras el último terremoto, se parecen más de lo que pensamos», dice esta pareja, que recauda fondos para una ONG

AZAHARA VILLACORTA GIJÓN.

Machús (María Jesús Rivaya) y Mili (Emilio Fernández), gijoneses del 69, «taxistas atípicos» que no trabajan más que lo necesario y matrimonio sin hijos bien avenido, son pareja desde que se conocieron en el instituto Calderón de la Barca hace treinta años, pero, cuando viajan, se transforman en otra cosa. «Durante el viaje, nada de paseínos por el Muro de la mano. Allí se acabó el romanticismo. Somos como hermanos, somos colegas. Entre otras cosas, porque dormimos donde podemos. En pajares, casas en obras, con las familias que nos acogen... Con que haya un suelo y un techo, nos basta y nos sobra», explican mientras hacen pruebas de carga con sus nuevas mochilas. Quince kilos a la espalda con los que el próximo 14 de febrero («y la fecha tampoco tiene nada que ver con San Valentín ni con que sea miércoles de ceniza, sino con el precio de los billetes de avión») emprenderán una nueva ruta que los obligará «a salir de la zona de confort» y a abrir los ojos a todas las realidades que se vayan encontrando en el camino que discurre entre Katmandú y Moscú. Miles de kilómetros en los que se servirán únicamente de transportes terrestres o marítimos y que saben que les depararán penurias y alegrías «compartidas con la gente». Y ahí radica -dicen ellos que no saben lo que es un viaje organizado ni quieren saberlo- «la principal diferencia entre un turista y un viajero: que el turista pasa por los lugares pero ni los lugares ni las personas pasan por él», bromean.

«Dejamos el taxi con una persona asalariada, vendimos el piso, porque no queríamos marcharnos con cargas detrás, y nos vamos un año a la aventura», resume Mili, el encargado de planificar un trayecto para el que han ahorrado 12.000 euros -lo que arroja un presupuesto estimado de mil euros al mes del que hay que descontar pasajes de avión, visados y seguros- gracias a «una vida de lo más austera» («eso sí, lo que sacamos por el piso no se toca, que tampoco somos tontos») y que empezará en Nepal, el país en el que se sienten «como en casa» desde su última aventura, que entre 2009 y 2010 les llevó en bicicleta de Turquía a Katmandú y que tuvieron que interrumpir al mes y medio de llegar a Asia.

«De aquella no había Facebook y ni siquiera llevábamos teléfonos. Así que un día estábamos chateando con un amigo en un cibercafé y recibimos un mensaje que nos decía que llamásemos urgentemente a casa», cuenta Machús, que, en aquella conversación telefónica, recibió la peor de las noticias: debían regresar a Asturias porque su hermana estaba muy enferma y los médicos no sabían cuánto tiempo de vida le quedaba. Así que se las apañaron para dejar las bicis en la embajada turca y volver a Gijón. «Al mes y medio, mi hermana fallecía a causa de un cáncer de pulmón». Y, así, destrozados, regresaron a Estambul para volver a empezar, conscientes de que «cada uno tiene que lidiar con su propio dolor».

Veinticinco pinchazos, incontables diarreas y letrinas y una ducha artesanal en la que casi se electrocutan después, llegaron a Nepal tras atravesar diez países y decenas de pueblos en los que «nunca habían visto a un occidental» y donde les ofrecían lo poco que tenían. De Irán, «donde la hospitalidad es increíble aunque el gobierno sea un asco», a Tayikistán, donde Machús, una enamorada de la montaña igual que Mili, se dejó hipnotizar por «los paisajes agrestes». Con glaciares a varios grados bajo cero y con «unos calores sobrehumanos» que ella debía soportar con la cabeza cubierta por un pañuelo.

«Un día, el termómetro llegó a marcar 53 grados, pero a los 46 ya tienes que dejar de pedalear porque te deshidratas. A esa temperatura, o nos metíamos en unos túneles subterráneos que descubrimos por casualidad o nos cruzábamos con gente que nos gritaba '«¡¿pero qué hacéis?!', y nos traían agua o melones. Ahí descubrimos que los ángeles existen y tienen forma humana».

Y, claro, también hubo «sustos». Como cuando otro militar con una metralleta les pidió tabaco -«nos habían advertido de que había que llevarlo para casos como ese»- y se les había terminado, así que, a cambio, le ofrecieron gominolas. O cuando les reclamaban dinero sin demasiada cortesía, «pero enseguida se daban cuenta de que poco iban a sacar de dos tipos en bici».

Pero, a cambio, brindaron con unos chupitos de whisky con un soldado de Hezbolá, que «se empeñó en conseguirlo aunque para eso se pusiese en peligro de muerte» y compartieron comidas «exquisitas» sentados en el suelo con miles de personas en un comedor servido por cientos voluntarios sijs.

Así que, cuando le cuentan a algún conocido que ahora vuelven a irse para «hacer la ruta de los hippies», de Nepal a India, pasando por el Sudeste asiático, China y Mongolia, para llegar hasta Moscú en el Transiberiano y el conocido en cuestión se echa las manos a la cabeza y les advierte de que están locos, saben que llegarán «hasta donde aguanten el cuerpo o el dinero» combinando sus talentos. Por ejemplo, Emilio se ocupará de ir contando el viaje a través de su canal de YouTube (Emilio y Machús) y de su perfil de Instagram, que han bautizado 'Amor de gansos', porque «dicen que los gansos se emparejan para siempre».

Así que, aunque se declaran «muy poco empalagosos», saben que forman un tándem casi perfecto en el que Machús pone la sensatez y Mili, la logística. Como cuando ella le impidió ir a Islamabad tras saber que se había producido un atentado para pulsar el ambiente o cuando él se encargó de que ella pudiese bajar Karakórum «hasta arriba de Nolotiles» antes de conseguir llegar a una clínica pakistaní para someterse a una endodoncia.

Cuenta esta pareja que a ratos se intercambian los papeles («a veces uno es don Quijote y otro Sancho Panza y otra veces, al revés») que, cuando regresas de un viaje así ya nunca más eres el mismo. «Te parece increíble abrir el grifo y desperdiciar tanta agua para fregar. Yo, el día que llegué a Gijón, lloré, pensando que habíamos conseguido llegar sanos y salvos», relata Mili, al que la madre de Machús no deja de amenazar. «Nos dice que vamos buscando la muerte». Y ellos, que no. Que lo que van buscando es la vida y que, por eso, el próximo día 14, no quieren volver a Nepal con las manos vacías.

«Hemos hecho un libro para recaudar fondos que queremos llevar a la ONG Karuna-Schechen, dirigida por Matthieu Ricard, científico y monje budista, al que hemos elegido porque hemos visto sobre el terreno el trabajo tan increíble que hace con niños y mujeres, construyendo escuelas, clínicas o puentes, y sabemos que el dinero llega, que no se pierde en burocracia como en otras organizaciones». Se llama 'Asturias con Nepal' y apela a la compasión y la empatía como instrumentos clave para cambiar el mundo como hace Ricard, al que llaman «el hombre más feliz del mundo, según han demostrado varios estudios neurológicos». Porque «la zona rural de Asturias y Nepal, que quedó devastado tras el último terremoto, se parecen más de lo que pensamos».

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