Doce años en defensa del oriciu

Alberto Fernández, ante una fuente de oricios en la sidrería La Caleya./JOSÉ SIMAL
Alberto Fernández, ante una fuente de oricios en la sidrería La Caleya. / JOSÉ SIMAL

Administrador de fincas de lunes a viernes, se vuelca como presidente de la cofradía a la promoción de este manjar

E. C.GIJÓN.

La mayoría de las personas desarrollan actividad pública en su trabajo y no en su ocio, incluidos los que trabajan para proporcionar ocio a los demás. El caso de Alberto Fernández Hortal es distinto, ya que su labor como presidente de la Cofradía del Oriciu de Gijón es más conocida que su trabajo como «solucionador de problemas» desde una empresa de administración de fincas con oficinas en Gijón y Oviedo, «de lunes a viernes, porque sábado y domingo intento vivir la vida».

En lo profesional reparte su tiempo entre las principales ciudades de Asturias y asegura que cada una tiene un carácter tan diferenciado que bien podía merecer un estudio sociológico. Vive, por decirlo así, en terreno neutral, en La Felguera, tras haber nacido hace 45 años en Sotrondio y ser criado en Riaño. Pero a la hora de disfrutar, tiene claro que su lugar está al lado de la costa, porque junto a la mar dice que el nivel medio de las sidrerías es bueno y en pocas faltan, durante el invierno, unos oricios, el producto por el que se comprometió a luchar desde la presidencia de una cofradía gastronómica.

Biografía:
nació en Sotrondio hace 45 años; se crió en Riaño y vive en La Felguera. Está casado. Es padre de dos niñas y tiene otra en camino.
Profesional:
tiene oficina de administrador de fincas en Oviedo y Gijón. De lunes a viernes, dedicación plena, pero sábados y domingos, «intento vivir la vida».
Aficiones:
la gastronomía, en general, la marina, en particular, y el oriciu, en especial.

La época de abrir los oricios con mazo de madera en los chigres le queda, por edad, un poco lejos, y la venta de oricios a paladas en El Muro la recuerda más por fotografías que por su vivencia personal, entre otras cosas porque admite que de pequeño no le llamaban la atención, por su aspecto, esos manjares que ahora prefiere crudos a cocidos y que se afana en degustar de diciembre a marzo, que es, cree, cuando mejor están.

El nacimiento de la Cofradía del Oriciu de Gijón, hace doce años, fue consecuencia de que catorce amigos decidieron compartir y difundir su afición por los oricios. Siempre, desde entonces, fue su presidente, y está «orgulloso» de ello. No deja de ser una responsabilidad «que cuesta dinero». «La gente cree que una cofradía gastronómica sirve para estar todo el día de fartura gratis. Y eso es falso», cuenta Alberto Fernández.

El presidente de la Cofradía del Oriciu de Gijón utiliza una sola palabra para augurar el futuro de este equinodermo: «Caro». El incremento de la demanda, no solo desde Francia, sino también desde Madrid y comunidades vecinas que hasta no hace mucho los despreciaban, ha provocado ya un encarecimiento que preocupa a sus más fieles adeptos. Los cofrades solo tienen interés lúdico en los oricios, pero temen que el aumento de la demanda, con la oferta limitada o a la baja, acabe con la degustación tradicional y restrinja su uso a la alta gastronomía, apoyada por la industria conservera. «Siete euros por seis oricios en pescadería es algo que temíamos y que ya está aquí», dice Fernández, sin tener muy claro ni el origen del problema ni las soluciones.

Por una parte, piensa que la veda en Asturias hizo que los productores gallegos se aprovecharan de las circunstancias, pero es consciente de que los pescadores saben que tienen todas las capturas vendidas de antemano, con o sin veda, y no se les puede reprochar que saquen el máximo partido a su trabajo. Ni siquiera es contrario a un control que salvaguarde la especie. «Cantabria lo pasó mal con la veda de bocarte para su producción de anchoa, pero mereció la pena. Aquí tal vez se podía permitir la pesca un mes al año, para que la veda fuera menos dura».

Además, el alto precio no es garantía de calidad porque «el que diga que sabe si un oriciu está bueno o malo antes de abrirlo, miente».

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