Dulces de Jove a Bernueces

Voluntarias despachan las rosquillas en Jove. / DAMIÁN ARIENZA
Voluntarias despachan las rosquillas en Jove. / DAMIÁN ARIENZA

La residencia de San Blas y la iglesia de la Santa Cruz comparten con rosquillas la celebración en honor al patrón de la garganta

L. CASTRO / E. GARCÍA GIJÓN.

San Blas fue ayer el protagonista en las celebraciones de la parroquia de Jove y la residencia de ancianos de Bernueces que lleva por nombre al patrón de la garganta. En ambas zonas compartieron los dulces tradicionales de esta festividad: las rosquillas «sanadoras».

Fue un día «especial» para los miembros de la residencia, pues recuperaron esta celebración después de más de veinte años. «Hablamos con el párroco de Jove y le pedimos las rosquillas para que nosotros desde aquí pudiéramos volver a rendir nuestro homenaje a San Blas», explica el director Andrés Fernández. Y así lo hicieron. Maximino Canal, párroco de Castiello fue el encargado de bendecir estos dulces y las medallas en honor al santo. «Pedimos que recuperen la salud del cuerpo y el espíritu», comentó. Un deseo que compartían también los familiares de los residentes. «Mi suegra está abrumada, tiene alzhéimer y no está acostumbrada a tanto jolgorio. Aun así, creo que es bueno para ella y hoy (por ayer) se siente más arropada y querida», señaló María Ángeles Zapico.

En Jove, la celebración tuvo un aire tan familiar que hasta el pórtico de la iglesia de la Santa Cruz se quedó pequeño para acoger a los cientos de abuelos, hijos y nietos devotos de San Blas. Algunos de los feligreses tuvieron que seguir la misa cantada bajo el paraguas, pero no parecía importarles. «Hay mucho fervor por el santo y esta fiesta gusta, vienen de muchas otras parroquias e incluso de fuera de Gijón», aseguraban los hermanos David y Juan Carlos Varela, gaitero y tamborilero, respectivamente, que acompañaron la ceremonia religiosa. «Además de la devoción, atrae la tradición de las rosquillas. Nosotros llevamos para toda la familia y alguno más», apuntaba David.

Están los que comen el dulce aunque no tengan mal la garganta, como el pequeño Mateo, de 7 años, que aseguraba que «están muy ricas». «Es la cuarta generación, ya venía a por ellas su bisabuelo cuando empezó la tradición», aseguraba su abuela Ascensión.

Y desde luego hay muchos que como Marisa González unen el apego al santo al deseo de salud: «Vengo porque tengo mucho mal de la garganta, compré llaveros, estampitas... Y, por supuesto, rosquillas».

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Jove, Gijón

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