«Es un día duro, pero la vida es así»

María Isolina Infanzón y su nieta, Lidia Méndez, en la zona donde están enterrados los niños en el cementerio de Ceares-El Sucu. Abuela y nieta enyesan la tumba del pequeño Isidrín, fallecido hace treinta años durante el parto. / FOTOS: DAMIÁN ARIENZA

El cementerio infantil recibe la visita de padres que perdieron a sus recién nacidos | Miles de ciudadanos evocan con flores y antiguas historias la memoria de sus seres queridos, enterrados en los camposantos gijoneses

GLORIA POMARADA GIJÓN.

El entramado de calles de los camposantos se convierte cada primero de noviembre en un laberinto de la memoria en el que viejas heridas vuelven a aflorar. En el centenario cementerio de Ceares- El Sucu, los que se han quedado se pierden, flores en mano, entre las hileras de nichos mientras el camino invita a seguir la luz que, en la mañana de Todos los Santos, se abre en el extremo occidental del camposanto. Sobre el grijo, se adivinan pequeñas tumbas encaladas que dos familias velan en silencio. Un silencio impuesto por los escasos recuerdos que pueden verbalizar de unos niños que murieron al poco de nacer.

Hace cuatro décadas que Jesús Lamela y María García perdieron a Alejandro, fallecido durante el parto. Doce años después, el matrimonio padeció el mismo infortunio con Alberto. «Es un día duro, como todo el año, pero la vida es así», se resigna María. Ante la pequeña tumba que guarda los restos de los hermanos, otro Alberto, su nieto, contempla la estampa. «Vengo desde hace dos años», explica el niño, de 10 años. «Me gusta estar con ellos», explica sobre sus abuelos. Unos metros más arriba, María Isolina Infanzón, también con su nieta, cubre de yeso el pequeño sepulcro, sin nombre ni fechas. «Se iba a llamar Isidrín por su padre», explica la mujer. «Para mí era una odisea dilatar. Llamamos a la ambulancia, pero no dio tiempo a que llegase. El parto fue en el comedor de casa», rememora sobre aquel día. El bebé, sietemesino, «llegó con falta de oxígeno y murió al nacer». Su nieta, Lidia Méndez, escucha atenta la historia de los familiares que reposan en el camposanto mientras ambas acicalan el sepulcro. «Tengo aquí enterrados a mis padres y a mi hermano, que murió a los 22 años en un accidente en el Muro, iba en coche y cayó a un socavón». A nieta y abuela les sobrevienen los recuerdos de aquel «día de mal tiempo» en el que el joven perdió la vida «mientras iba escuchando música». «Murió con una sonrisa», afirma Lidia.

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Rosas azules para el mar

Los recuerdos no solo afloran en este cementerio de 1876. En el de Deva, con dieciocho años de historia, la cercanía temporal de las pérdidas se expresa en forma de flores. «Aquí se venden más rosas, liliáceas y la astromelia. En Ceares, claveles y crisantemos, lo más clásico», explica la florista Belén Antuña.

Su establecimiento a las puertas de la necrópolis fue la primera parada del recorrido para los centenares de visitantes que ayer cumplieron con la tradición de honrar a sus difuntos. El incremento de la actividad, explica, comenzó el pasado jueves. «Ya no sabemos ni lo que pinchamos. El ritmo es mayor que el de otros años», cuenta mientras prepara un ramo de rosas azules. Son las tres últimas flores de este color y Ana María González no ha dudado al elegirlas. Tras la visita al cementerio las depositó en el mar, frente al Sanatorio Marítimo, donde descansan las cenizas de su madre. Sobre el porqué del Cantábrico como lugar para el reposo eterno, Ana María responde con un irrebatible «era asturiana».

Durante la mañana, riadas de visitantes accedieron al cementerio coincidiendo con la llegada de los buses de EMTUSA, con servicios especiales en la jornada para los distintos camposantos. La familia Pérez Lozano, con panteón en la necrópolis, es una de las habituales de Todos los Santos. Los abuelos, naturales de Grandas de Salime, fueron trasladados a Gijón cuando se inauguró el cementerio «para tenerlos más cerca», dice su nieta Mónica López. También en familia acuden cada año los Sáez, en esta ocasión acompañadas por la nueva integrante, la pequeña Laura, de solo once meses. «Traigo a los niños todos los años por la tradición», expresa Patricia Sáez. Este 2017, a la tumba de los bisabuelos se suma la de su padre, fallecido el pasado año. «Es una ocasión más para recordar, pero el recuerdo es todos los días». Antonio Pérez, que ayer debió acudir solo ya que su mujer «está en silla de ruedas», pensaba en su destino mientras depositaba las flores en los nichos de sus suegros. «Cuando yo me vaya quiero venir aquí con mi padre», anotó.

Restricción en los accesos

La jornada de visita a los camposantos estuvo regulada por restricciones de tráfico en Deva, donse registraron retenciones kilométricas. En Ceares-El Sucu, el acceso estuvo prohibido desde la rotonda de Pola de Siero y solo buses y vehículos autorizados pudieron estacionar ante las puertas. Las restricciones se mantienen hasta hoy por la celebración de oficios en la capilla de Ceares, a las 16 horas. En otros cementerios, como en el de Somió tendrá lugar una misa en la iglesia a las diez de la mañana.

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