En los entresijos de la muerte

Funerarios. Roberto Casero, Juan Fariza, Ángel Luis Álvarez y David Rodríguez, en las dependecias de control donde se registran las entradas y salidas de los féretros.

Enterradores, funerarios y tanatoesteticistas desvelan la mecánica de sus oficios | Han desarrollado una «barrera sentimental» para convivir con el dolor ajeno, que tratan de aliviar con un trato cercano y empatía

GLORIA POMARADA GIJÓN.

Se codean a diario con la muerte, mirándola cara a cara para suavizar los estragos de largas enfermedades o decesos violentos, echando la última paletada de cemento en una lápida que sella el paso por este mundo o prestando apoyo emocional a los vivos que tratan de asimilar la ausencia. Son los profesionales del sector funerario, tipos a los que el imaginario colectivo envuelve en un halo de misterio derivado de ese temor tan humano a enfrentarse al trance de la muerte.

Ángel Luis Álvarez sale del crematorio y se adentra en la zona de cocontrol de vehículos. El ritmo de trabajo es intenso en una mañana lluviosa, la primera tras varios días de sol que corrobora la tesis de los funerarios: el cambio de tiempo aumenta el número de fallecimientos. Después de treinta años, «toda la vida» en los servicios fúnebres, el jefe de turno y responsable de la entrada y salida de los féretros en la Funeraria Gijonesa conoce todos los entresijos de la profesión. Ángel Luis es el primero de la cadena funeraria, el que se desplaza al lugar del deceso para recoger al finado. «A veces también tienes que atender a los familiares cuando llegas», cuenta. «Lo más difícil es cuando llevan días fallecidos». Una vez que el cadáver llega a la funeraria, comienza el cometido de David Rodríguez, el benjamín de la empresa. Tiene 27 años y uno de los oficios con menos paro en España, el de tanatoesteticista. Lejos del gesto solemne que se les presupone a los trabajadores que conviven con la muerte, David es un joven risueño al que le desborda la emoción cuando habla de su trabajo. «Hay gente que piensa que es solo maquillar a los muertos y no. El maquillaje es lo de menos, es más el acondicionamiento del cadáver». Desde la higiene al masaje en las facciones para rebajar la rigidez. «No todo el mundo fallece dulcemente. Se trata de dejar una imagen de que descansa en paz», explica.

A pesar de que el suyo «no es un trabajo fácil» y requiere «una barrera sentimental para que te influya lo menos posible», este «embellecedor de la muerte» se agarra a la parte positiva. «Cuando le enseñas el fallecido a la familia te dan las gracias y quedas muy satisfecho».

Elena García, florista desde hace veinte años, se ocupa de la parte «más bonita». «La flor es una forma de expresar las condolencias y acompaña mucho», destaca. No obstante, relata haber vivido momentos duros, como su primera muerte infantil. «Lo llevé horroroso, me hinché a llorar. Ahora ya estoy más habituada, aunque no quita que te afecte».

Palabras de consuelo

En el velatorio, uno de los momentos más duros, interviene Verónica González, jefa de protocolo en esta compañía funeraria cuyos orígenes se remontan a 1874. «Las familias pasan entre 24 y 48 horas con nosotros, les acompañamos y quitamos toda la carga administrativa. El protocolo abarca las reglas de cortesía, la tradición y las costumbres adaptadas a las nuevas necesidades», explica. Entre las novedades que llegan al sector, González destaca las joyas portacenizas y «su compotente emocional», el legado genético o el apoyo psicológico. «Nada de lo que digas va a llenar el vacío. No es eliminar el malestar, sino acompañar en la pérdida», explica la psicóloga María Jiménez, quien presta apoyo tanto en el propio tanatorio como en el proceso posterior de duelo. «Lo más horrible es el fallecimiento de los niños porque no hay palabras de consuelo», reconoce esta profesional.

Ni fantasmas ni fuegos fatuos

Enterrador desde hace 24 años en Ceares-El Sucu, Ceferino Piñera define su trabajo como «bastante normal. No hay anécdotas extrañas, aunque cada uno ve lo que quiere ver. Si oyes un ruido, en el cien por cien de los casos es el aire o un animal». Para Ceferino, las historias de fuegos fatuos son «leyendas» y el fantasma que más asusta es el de «tener que trabajar los fines de semana». «La mayoría de la gente que lo deja es por los horarios o porque les da asco. A veces te encuentras con que el cadáver no está para exhumar», precisa. «Los muertos a lo único que me hicieron daño fue a la espalda, porque tenemos que levantar mucho peso. Los problemas los dan los vivos», advierte el enterrador.

Con los vivos trata también en la última etapa del proceso fúnebre José Antonio Nieto, que se define como «un funerario de oficina». Este jefe de administración y servicios informáticos en Funeraria Gijonesa se encarga de la tramitación postmortem de documentos como el certificado de defunción, el registro de seguros de vida y las últimas voluntades. Entre los casos que llegan a su mesa, hay personas sin recursos a las que prestan el servicio básico «de cámara y cementerio» a cargo de la Fundación Municipal de Servicios Sociales o familias que se resisten a hacerse cargo del sepelio. «El Código Civil dice que existe la obligación de pagar el entierro hasta los familiares de segundo grado», recuerda.

Con la extensión de las nuevas tecnologías, el legado digital irrumpe también en su parcela. El cierre de perfiles en redes sociales «es un servicio que ya tenemos, pero que nadie ha pedido de momento». Algunas plataformas como Facebook ofrecen incluso la posibilidad de transformar la página en una especie de memorial con el que recordar al usuario. No obstante, «hay familias que quieren borrarlo todo», explica Nieto, quien recomienda formalizar un testamento digital. «Es enumerar lo que se tiene en internet y dejar a una persona encargada para hacer esas gestiones».

Los profesionales funerarios coinciden en definir su oficio como «normal», pero la idea de trabajar junto a la muerte sigue despertando recelos entre los potenciales empleados. «Durante la crisis sí que dejaban más currículos, pero de un año para acá bajó», dice Nieto. Además, añade, el sector «se está profesionalizando y cada vez hay más títulos oficiales». Con un amplio abanico de opciones y bajas tasas de paro, la muerte se consolida como un nicho de empleo.

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