Alberto Acebal Rivas, «un llagareru de los de antes», fallece a los 90 años

Alberto Acebal fue homenajeado en el Festival de la Sidra de 2004. En la imagen, con el edil Jesús Morales. / CITOULA
Alberto Acebal fue homenajeado en el Festival de la Sidra de 2004. En la imagen, con el edil Jesús Morales. / CITOULA

Nieto de los fundadores de Sidra Acebal en el alto del Infanzón, convirtió con sus hermanos «un lagarín de pueblu en una empresa de verdad»

ADRIÁN AUSÍN GIJÓN.

«Un hombre bonachón, afable, sin una mala palabra, un llagareru de los de antes». Así definía ayer Luis Acebal a su tío Alberto, quien fallecía de madrugada a los 90 años tras una vida entregada en cuerpo y alma a Sidra Acebal en el Alto del Infanzón. Solo apuntó un matiz del finado: «En su momento, fue de carácter fuerte. Tenía pronto, pero pasabai antes de que saliera por la boca».

Todo empezó a finales del siglo XIX con Benito, en su propia casa, elaborando sidra de forma artesanal, en un principio para el consumo familiar. Su hijo, conocido como 'El Fraile' por haber estudiado en un colegio religioso, construyó la actual nave en El Infanzón en 1925 y la dotó de las primeras prensas usadas en Asturias de modo industrial. Fue la tercera generación, integrada por Alberto, Joaquín, José Manuel (el único que vive ahora) y José Luis la que dio el impulso definitivo. «Cogieron un lagarín de pueblo y lo convirtieron en una empresa de verdad», destacaba ayer Luis Acebal, cuarta generación que comparte ahora la gerencia del negocio familiar con su hermano Víctor y su primo Adolfo Rubio.

Rotura de cadera

De aquellos cuatro hermanos que dieron el empujón definitivo a Sidra Acebal, Alberto y Manolo se especializaron en las tareas de puertas adentro, la fabricación de la sidra (el lavado, el prensado, el embotellado...), mientras José Luis y Joaquín lo hacían puertas afuera, en la difusión y comercialización del producto. Alberto no hizo otra cosa en su vida. El llagar era su casi única religión. Al ir casándose los hermanos, él fue quien quedó viviendo en la casa familiar, situada a apenas doscientos metros de las barricas y no la abandonaría hasta hace tres años cuando, tras romper la cadera, perdió la independencia funcional y debió ingresar en la residencia Plaza Real, donde ha estado hasta su fallecimiento.

Hasta entonces, pese a la edad, una vez jubilado seguía yendo a diario a supervisar las tareas y, tras su forzoso cambio de domicilio, también acudía con frecuencia, aunque no ya diaria sino como máximo semanal. La familia vivió con preocupación su cambio de domicilio, pero Alberto enseguida se integró en su nueva etapa vital y congenió perfectamente con sus nuevos compañeros de rutina. «Siempre que llegaba al llagar enseguida estaba preguntando por las novedades, a ver cómo iba la cosa», recordaba ayer su sobrino Luis.

Sportinguista de pro

Pese a su modus vivendi, no fue nunca Alberto Acebal un hombre de chigre. Alternaba poco, prácticamente nada, todo lo más ir los domingos a comer al Tasqueru, al ser una de las sidrerías más próximas a su domicilio. Junto a la sidra, su otra gran pasión fue el Sporting, del que fue socio ilustre en la Tribunona hasta el punto de haber recibido «hace bastantes años» la insignia de oro del club por su medio siglo de fidelidad. Solo dejó El Molinón cuando tras la rotura de cadera su salud ya no se lo permitía.

En enero, Alberto debió ingresar en el Hospital de Cabueñes, donde se le diagnosticó una neumonía. Salió del trance y volvió a la residencia. Pero sufrió una recaída y la cosa se complicó. El lunes de la semana pasada volvió a ingresar con una infección de orina e inflamación de la vesícula, le siguió una infección y no respondió bien al tratamiento. Pese al complejo cuadro médico, el miércoles aún preguntaba a sus sobrinos desde la cama si estaba todo preparado para embotellar. Y ayer, de madrugada, fallecía. Desde enero no había podido Alberto volver a pasarse por el lagar y eso quizá fuera demasiado tiempo para una persona de costumbres tan arraigadas. En la sala 5 del tanatorio, donde se le velaba, le recordaban ayer ayudando en las tareas de Sidra Acebal desde primera hora de la mañana, en activo y jubilado, pues en ningún otro sitio parecía encontrarse igual de bien y su doctrina sentaba cátedra en la familia. «Era un maestro y de él aprendimos todos», sentenciaba Luis, quien le responsabilizó de los éxitos de la empresa en los festivales de sidra de toda Asturias. Esta tarde, a las cinco, será despedido en la iglesia de Cabueñes y después recibirá sepultura en el cementerio parroquial este hombre bonachón que vivió feliz, entre toneles de sidra, «sin hacer nunca mal a nadie».

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