La familia Díez Faixat despide a Mercedes, «el esplendor de la verdad»

Funeral en memoria de Mercedes Faixat Sanchis oficiado en San José. En primera fila, sus hijos Alejandro, José y Vicente. / ARNALDO GARCÍA
Funeral en memoria de Mercedes Faixat Sanchis oficiado en San José. En primera fila, sus hijos Alejandro, José y Vicente. / ARNALDO GARCÍA

Dedican a la viuda del arquitecto José Díez Canteli 'El canto de los pájaros', «que siempre la emocionaba»

A. AUSÍN GIJÓN.

Mercedes Faixat Sanchis, nacida en Barcelona, siempre se emocionaba cuando escuchaba el 'Cant dels ocells' de Pau Casals y ayer la pieza popular catalana puso la nota final al emotivo funeral oficiado en la iglesia de San José, interpretada al chelo por el virtuoso Gabriel Rodero. Antes, dos personas tomaron la palabra: Silverio Zapico, párroco de la Resurrección y buen amigo de la familia, y Vicente, el primogénito, quien, aunando el sentir de sus hermanos José y Alejandro y de todos los presentes, glosó con mimo la figura materna. Sus discursos, según comentaron al final, parecían duplicados, pues Zapico conoció bien a aquel matrimonio indisoluble formado por Mercedes Faixat, fallecida el lunes a los 92 años, y el arquitecto José Díez Canteli, quien la antecedió, a los 96, en 2015. Y lo hizo porque, siendo él párroco de San Lorenzo en los años sesenta, Díez Canteli fue quien realizó la reforma del altar del templo gijonés, lo cual supuso el inicio de una profunda amistad con el único profesional asturiano que había tomado parte en el equipo director de la construcción de la Laboral y había dejado su firma en varios edificios de la ciudad.

Vicente y José prologaron la vocación paterna por la arquitectura y ayer el primero concluyó que «esa unidad que conformaban papá y mamá sigue con nosotros», unidos, enumeró, por el cariño, los valores, el compromiso y «una honradez y un sentido ético llevados hasta el escrúpulo».

Les queda el listón «muy alto», apuntaba Vicente, quien recordó la «simbiosis» de sus padres -«él era impensable sin ella y ella sin él»-, su imagen siempre juntos, cómo les gustaba bailar de jóvenes «y hasta de mayores en la habitación grande de casa» y, ya centrado en ella, su elegancia, su cutis perfecto, su cultura, su cara siempre sonriente y, por encima de todo, esa belleza interior «que Platón definía como el esplendor de la verdad y que mamá llevaba dentro». Siempre discreta, e incluso tímida, aplicaba a todo el sentido común, incluso en los proyectos que el marido concebía. En la Laboral, en el golf, en sus paseos... Así hasta llegaron las pérdidas. Del marido. De las amigas. De la vista. Hasta esa última sonrisa con la que le recibió minutos antes de morir.

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