Gijón, al acecho de las gaviotas

Dos crías de gaviota, en un tejado de Fermín Canella. Gráfico
Dos crías de gaviota, en un tejado de Fermín Canella. / E. C.

La retirada de nidos suma ya 500 ejemplares. La actuación se realiza en los tejados entre mayo y julio, y sirve para evitar que la población del ave se descontrole

ÓSCAR PANDIELLO GIJÓN.

Durante los meses de mayo, junio y julio, la gaviota patiamarilla (Larus michahellis) deja a un lado su rutina habitual para dedicarse a perpetuar la especie. De esta forma, los tejados de Gijón se convierten en el escenario perfecto para crear un nido, poner sus huevos y vigilarlos hasta el momento de la eclosión. Debido a su gran capacidad de adaptación y expansión en el entorno urbano, es fácil que la población de gaviota se descontrole si no se toman medidas disuasorias como la instalación de señuelos acústicos -en forma de sonidos de aves rapaces- o contratando a profesionales que se encargan de localizar, acceder y eliminar parte de estos nidos. Estos días son los últimos de la época de cría y, por tanto, la búsqueda en los tejados también llega a su fin.

«Actualmente estamos terminando la campaña de retirada de nidos. Llevamos desde mayo haciéndolo y, hasta ahora, hemos eliminado 500, más o menos. Sin tener los datos definitivos, podemos decir que la población es parecida a la de años anteriores e incluso tendiendo ligeramente a la baja», sintetiza Gregorio González, biólogo de Tema 3, empresa encargada de ejecutar el servicio desde hace varios años. A diferencia de las palomas, explica, la localización de los nidos es más predecible debido a su carácter filópatro. Esto es, a volver al lugar al que nacieron para construir sus nidos y cuidar a sus crías.

Esta tendencia, sin embargo, se ha visto alterada con el paso de los años. Según González, desde finales de los 90 la distribución de los nidos se ha abierto a más puntos de la ciudad. «Antes solían concentrarse en la zona del cerro de Santa Catalina y de la calle San Bernardo. Ahora se ha abierto a la zona exterior, mostrando bastante presencia en toda La Calzada o la carretera Carbonera. Por tanto, núcleos que antes eran aislados ahora lo son continuos», sostiene.

Para actuar, por tanto, se parte de una planificación previa en la que se marcan los lugares tradicionales de anidamiento. Después, cada año se atiende a los avisos de los ciudadanos y a la propia observación del equipo de trabajo. «Agradecemos mucho que los ciudadanos nos den pistas de dónde acudir, aunque algunas veces cuando vamos no hay nidos. Hay personas que viven en áticos y al oír pisadas en el tejado ya asumen que han instalado allí su nido, y no siempre es así», explica González.

Chillidos intimidatorios

A rastrear los tejados acude un grupo de tres personas. Un guía veterinario que marca la ruta a seguir y la forma de actuar y dos operarios especializados en trabajos de altura. Éstos últimos, según explica González con humor, tienen que ser «personas templadas», ya que aunque la gaviota no suele atacar, «sí que chilla bastante y se posiciona intimidatoria por la espalda para ahuyentarnos». El único incidente que recuerda tuvo lugar hace años y fue fortuito. Durante la captación, una gaviota comenzó a volar bajo con la intención de amedrentar. Las rachas de viento, sin embargo, causaron un desvío en su trayectoria de vuelo e hizo que el pico impactase con la cabeza de los operarios. «Salió con una herida, pero después de estos años de experiencia podemos decir que no es lo normal», añade González.

Cada puesta es de dos o tres huevos, por norma general, aunque no todos llegan a eclosionar. Parte del éxito de supervivencia de esta variedad de gaviota reside en su dieta, compuesta por invertebrados acuáticos, peces, despojos de pescado y restos orgánicos de la basura. Este último punto, de hecho, ha favorecido su asentamiento en zonas del interior, acudiendo asiduamente a vertederos. De hecho, en Madrid ya es común verlas en las inmediaciones del río Manzanares y de aglomeraciones de basura.

Edificios en ruinas

Las dificultades que se encuentran a la hora de acceder a los lugares de trabajo son variadas. «Hay nidos situados en edificios en ruinas sin apenas seguridad, tejados especialmente peligrosos o propietarios que, debido a la reciente reforma de la cubierta, no quieren que entremos», explica González. Una vez recogidos los nidos, el equipo de trabajo sella la materia orgánica -ramas y restos vegetales- y las recicla, mientras que los huevos son entregados correctamente aislados al Ayuntamiento para llevar un recuento y fiscalizar el trabajo realizado. Según el pliego de licitación, cada nido retirado se valora en 38,7 euros los 300 primeros y 50,40 los 200 siguientes, todo ello IVA excluido.

Fotos

Vídeos