Las guarderías en casa irrumpen en Asturias

En la región existen ocho viviendas, dos de ellas en Gijón, con un máximo de cuatro niños por monitor y una pedagogía basada en la autonomía y el respeto

Tres de los pequeños de una casa nido gijonesa desayunan junto a Lucía Sáez y Hugo Márquez. /P. CITOULA
Tres de los pequeños de una casa nido gijonesa desayunan junto a Lucía Sáez y Hugo Márquez. / P. CITOULA
GLORIA POMARADAGijón.

Es la mañana de un lunes y como en cualquier familia, el día comienza para la de Lucía Sáez y Hugo Márquez preparando el desayuno a sus pequeños. Al entrar en su piso en el barrio de Laviada, el suyo parece un hogar al uso. Dormitorios, baño y un salón con fotografías de sus vivencias. En la cocina, la pareja unta tomate sobre una rebanada de pan a seis niños. No son una familia numerosa, sino una de las ocho casas nido que existen en Asturias: viviendas particulares en las que personas con formación específica cuidan de niños de 0 a 3 años. Estos espacios se presentan como una alternativa a las guarderías. La ratio no supera los cuatro alumnos por monitor y se aplica un modelo pedagógico basado en la autonomía, el apego y el respeto al niño. «Se aúna la profesionalidad con el calorcito de la casa», destaca Lucía Sáez, presidenta de la Asociación de Casas Nido de Asturias, creada hace dos años, y responsable de Bambú, que funciona en Gijón desde hace un año.

A pesar de su reciente implantación en la comunidad, esta opción de escolarización temprana tiene una amplia trayectoria en ciudades como Madrid y otros puntos de Europa. Las primeras experiencias de casas nido se remontan a los años ochenta en Alemania, con la pedagogía Waldorf como base. «Estábamos buscando algo diferente desde que nació la niña porque trabajamos los dos. Nos atrajo la idea porque hay pocos niños y es una prolongación del hogar», cuenta Leticia Ponte, madre de una pequeña de veinte meses que acude a la casa nido Bambú desde hace un año. Claudia Moya, por su parte, se decantó hace un mes por este modelo para su segunda hija. «Cuando me quedé embarazada de la mayor dejé de trabajar porque no me veía dejándola en una guardería como las que conocía. Aquí Elisa está encantada, ¡no la he visto llorar ni un día!».

Madre e hija están inmersas en el periodo de adaptación, un proceso de desapego paulatino en el que los padres pasan un tiempo en la casa hasta que los niños están plenamente acomodados a la rutina. Tanto Claudia como el padre de Dani, otro de los bebés, los observan mientras juegan, ajenos ya a su presencia. «No nos fijamos solo en el niño que entra, la adaptación es para todos», explica Sáez, licenciada en Magisterio.

«Necesitamos regulación»

La convivencia entre edades es otra de las claves de la casa nido. «Ves cómo aprenden los unos de los otros, cómo se comportan entre iguales o con un bebé más pequeño. El adulto se queda en un segundo plano».

Mientras los niños juegan, surge la necesidad de cambiar el pañal a la pequeña Abril. En la niña asoma la amenaza del berrinche y es entonces cuando entra en acción Lucía. «Hay que cambiar el pañal. Sé que no quieres, pero tiene que ser», le explica con calma. Después de varios minutos, la niña accede. «El adulto está aquí para dar seguridad con afecto y acompañar emocionalmente en momentos de llanto o frustración. También para establecer normas y límites», resalta. Estos métodos no son el único elemento diferenciador de la casa nido. La de Lucía y Hugo es la única de España gestionada por una pareja. Además, Hugo Márquez es uno de cinco cuidadores masculinos del país. «Vamos siendo más y es importante».

La regulación de su actividad es otra de las batallas de este modelo pedagógico. «Estamos luchando por una normativa, es necesaria para tranquilidad de los padres», coinciden Hugo y Lucía. En comunidades como Madrid y Navarra le legislación ya contempla estos espacios educativos ' y en Murcia y Cataluña la normativa está en trámite. «Aunque aquí no tenemos, seguimos las normas de otras comunidades», explica Sáez.

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