«Cuando hagamos cumbre, Simón estará allí, con nosotros»

Familiares y amigos dieron su último adiós en el tanatorio. / PALOMA UCHA
Familiares y amigos dieron su último adiós en el tanatorio. / PALOMA UCHA

Fernández Simón, quien murió tras caer una piedra sobre su coche, era un montañero «inteligente». Familiares y amigos le dieron ayer su último adiós

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

Un tremendo infortunio acabó el pasado viernes con la vida de José Luis Fernández Simón, químico gijonés de 60 años. Descendía el puerto de San Isidro cuando una roca, no demasiado grande, cayó sobre el coche que conducía junto con dos amigos. Murió en el acto.

Las dos personas que iban con él a hacer una ruta de montaña, que resultaron ilesos, afrontaron con entereza lo sucedido. Ayer, en el tanatorio de Cabueñes, familiares, amigos y compañeros de trabajo dijeron su último adiós a un hombre «muy trabajador» que desde hacía años no faltaba a las excursiones al monte.

El fatídico viernes «decidimos ir al puerto de San Isidro porque había menos posibilidades de que hubiera nieve», cuenta Alfredo Suárez. Al llegar a la zona, y a la vista de las condiciones meteorológicas adversas, decidieron hacer una excursión más «pequeñina, aunque fuera mojándonos un poco, para pasar la mañana». Cuando pararon a tomar un café comentaron si aventurarse o dar la vuelta. «Oye, qué vamos a ser, ¿imprudentes como los que no tienen experiencia?» bromeó Suárez, que durante años trabajó en equipos de rescate. «Al final decidimos bajar y tomar otro café, y pasó lo que pasó. Qué bien hubiéramos hecho cometiendo la imprudencia», se lamentaba Alfredo Suárez.

La montaña une mucho, es una actividad en la que «nos ponemos unos en manos de otros». En las salidas al monte con el grupo Torrecerredo o en las travesías por los Picos de Europa, Fernández Simón había forjado grandes amistades, como la que le unía a Alfredo, a quien conocía desde hacía veinte años. «Últimamente hacíamos todas las actividades juntos», rememora. «Somos una pandilla de amigos de montaña que entre semana no nos veíamos mucho, pero los fines de semana salíamos siempre de excursión, lloviera o no. Si llovía nos quedábamos tomando cafés y si no, hacíamos la caminata».

«Todo por sus hijos»

Simón «hablaba poco, no era de los que están siempre contando chistes, pero tenía mucha sorna». Sí comentaba cosas de sus hijos, Emma y Martín, a los que «adoraba». Su amigo tiene la certeza de que «todo lo que hacía, cómo superó su trasplante de riñón... Todo era por ellos». Era un hombre «muy educado, que no decía una mala palabra contra nadie». También «inteligentísimo». «Era químico pero sabía de flores, de árboles, de todo». Y precisamente por ser tan inteligente, a veces «era algo despistado, y más de una vez se desviaba y teníamos que llamarle: ¿Simón, dónde vas?», recordaba su compañero. «Le vamos a echar muchísimo de menos, pero vamos a seguir saliendo al monte. Y cuando lleguemos a la cumbre y nos saludemos, para nosotros va a ser como si estuviera él allí, con nosotros».

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