José Antonio García Santaclara, el infatigable misionero de Siloé

José Antonio García Santaclara, el viernes, ante la Colegiata. / J. PAÑEDA
José Antonio García Santaclara, el viernes, ante la Colegiata. / J. PAÑEDA

La lucha de Santaclara por los presos enfermos de sida y por los más vulnerables le convierte en candidato ideal a hijo adoptivo de Gijón

LAURA CASTRO GIJÓN.

Aunque nació en Peñerudes, parroquia del concejo asturiano de Morcín, José Antonio García Santaclara (1943) sintió que su espíritu estaba ligado a la piscina de Siloé, en Jerusalén. Un lugar sagrado para los católicos donde según las sagradas escrituras Jesús curó la vista a un ciego. Encontró en las palabras escritas por Thomas Merton en 'Las aguas de Siloé', toda una filosofía de pensamiento que ha ido guiando su vida casi sin saberlo.

«Ha habido un poco de todo» a lo largo de estos 75 años, pero ha sabido «sacar miel de la amargura» hasta encontrar la dulzura en los lugares más adversos. Sin embargo, reconoce que los fantasmas se le aparecen de noche y la dureza de las escenas que ha vivido en primera persona a veces no le dejan dormir. En ocasiones piensa: «No me gusta este mundo, no me apetece estar en él». Pero por la mañana, el espíritu inquieto que siempre le ha caracterizado le dice: «La lucha continúa».

TRAYECTORIA

De Morcín:
nació en 1943 en Peñerudes. Hijo de un minero y de una ama de casa. Tiene 75 años.
Primeras misiones:
sus inicios laborales se dieron en el antiguo Hospital Psiquiátrico de Oviedo y el Teléfono de la Esperanza. Después, viajó a París para ayudar a los emigrantes españoles y a su regreso trabajó en la cárcel de El Coto.
Siloé:
recabando apoyos en de asociaciones y de la administración logró sacar adelante una fundación para que los presos enfermos terminales de sida pasaran sus últimos días en libertad.

Empezó a buscar a Dios cuando todavía era un chaval a través de la ayuda a los más necesitados, sin saber que Él ya le había encontrado primero y le hablaba a través de las experiencias que le regalaba la vida. José Antonio nunca se adaptó bien a los esquemas clásicos y a los corsés de una sociedad que le animaba a ser cura en una época en la que no le caían «demasiado bien».

Siguió su camino, con la tranquilidad de poder elegir siempre lo que le hacía sentir libre y así recayó en primer lugar en el antiguo Hospital Psiquiátrico de Oviedo y de ahí en el Teléfono de la Esperanza. Es entonces cuando se rindió a la evidencia y comenzó a compaginar su trabajo con los estudios de Filosofía y Teología. Una época estresante que le dejó grabadas en la memoria las múltiples llamadas que atendió de mujeres maltratadas y el sentimiento de tener las manos atadas. «Eran las más sangrantes. Quería ayudarlas, pero no podía hacer más que escucharlas y aconsejarles que abandonaran esas compañías tan negras».

Capellán de los sordomudos

Fue unos años después, mientras se preparaba para ser capellán de los sordomudos, cuando recuperó el poder de actuar. Primero le designaron a una parroquia de Avilés, pero a los tres meses la diócesis pensó en él para una misión que nadie más quería aceptar: viajar a París para ayudar a los emigrantes españoles. Apenas recordaba el francés de la escuela, pero como «queriendo siempre se aprende», no lo dudó, puso rumbo al país galo y fue una de las mejores experiencias que le regaló la vida.

Allí conoció Siloé, una fundación que trabajaba con los más marginados de la sociedad parisina y cuando regresó a España se trajo esa filosofía consigo y empezó a ponerla en práctica, con cuentagotas, en la cárcel de El Coto. Al hablar de los presos vuelve a sentir aquel cariño tan especial de quienes se encontraban en los momentos más difíciles. Recuerda especialmente a un grupo de ETA con el que estrechó tanto los lazos que incluso les escogía la ropa para los 'vis a vis' que tenían con sus familias.

Aunque sin duda lo que más le marcó y además supuso el inicio de un combate social sin precedentes, fue la calidad humana que encontró en la deficitaria enfermería de la cárcel donde algunos presos se echaban junto a enfermos de sida para darles calor en una época en la que se creía que el contagio se producía por cualquier tipo de contacto. Ahí fue cuando decidió luchar por los afectados por el virus cuyo número se disparó a finales de los ochenta. «Padre, usted no tiene ni donde caerse muerto, no puede venir a pedir dinero aquí, esto es un banco», le dijeron cuando buscaba un crédito para abrir un hogar destinado a los enfermos de sida. Ni corto ni perezoso, puso el grito en el cielo en el despacho del jefe de la entidad bancaria y logró lo que se proponía. «A este cura denle lo que pida y no esperen que lo devuelva».

Incansable

Y así fue. Gota a gota, incansable, fue implicando a diferentes entidades, administraciones públicas y asociaciones en la travesía. «Siloé es obra de todos los que fuimos a una». No se trataba de asistencialismo, sino de trabajar codo con codo con quien lo necesitaba. Empezó siendo una casa de acogida en 1990 que creció hasta convertirse en una de las fundaciones de más renombre en el país. «Aunque marcamos el paso por separado, trabajamos juntos» y esto es lo que más le enorgullece tras más de veinte años de dedicación a los olvidados por la sociedad.

Siloé nació en tres fases: el estanque de Jerusalén a través de las palabras de Thomas Merton; el viaje a París y la cárcel de El Coto. Aunque «Gijón es columna y cimiento» de esta aventura y por eso, ahora la ciudad quiere devolverle su trabajo y empeño nombrándole hijo adoptivo.

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