El legado arquitectónico de Mariano Marín Rodríguez-Rivas

Edificio construido en Los Campos en 1958./
Edificio construido en Los Campos en 1958.

El gijonés ha recogido hoy en el Club de Tenis el I Premio Castelao otorgado por el Colegio de Arquitectos de Asturias por su trayectoria y compromiso con la profesión

El galardón que hoy entregó el Colegio de Arquitectos de Asturias a Mariano Marín Rodríguez-Rivas (Gijón, 1926) es un premio no solo a la trayectoria profesional de este gran arquitecto, sino un merecido reconocimiento a toda una generación de arquitectos que mostraron una enorme sensibilidad en plena época de desarrollismo. Gracias a ellos, se recuperó una modernidad adormecida por la anodina arquitectura del régimen, sabiendo convertir en virtud los inconvenientes constructivos y urbanísticos de su época.

Frente a la mala calidad de los materiales, concibieron una arquitectura honesta, sin artificios ni grandes lujos, primando por encima de todo la racionalidad constructiva, sacándole el máximo partido a materiales como el gresite, la plaqueta o el ladrillo, el cual se muestra casi como único material en algunos edificios de Marín, pues los paramentos de fábrica hábilmente aparejados son, al mismo tiempo, muros de carga, cerramiento y elementos de compartimentación entre los diferentes espacios interiores, mostrándose el propio ladrillo como acabado en todos ellos. Con estos conceptos, Marín proyectó interesantes edificios, como el Chalet en Somió para María Jesús González Felgueroso y Julio Albi Rico de 1964 (hoy en día Residencial Villa de Somió), o el Grupo Escolar de Aboño, construido en 1965 para Tudela Veguín en colaboración con el arquitecto Luis Masaveu. Este último es, en la actualidad, sede de los laboratorios Estabisol, y aunque la adaptación al nuevo uso supuso la pérdida de interesantes espacios interiores (capilla, aulas, salón de actos), su volumetría y configuración general permanecen prácticamente intactas.

Frente al desproporcionado aprovechamiento de los solares, autorizado por las permisivas ordenanzas urbanísticas, se idearon edificios fragmentados, con un programa variado que incluía locales comerciales, oficinas (en ocasiones repartidas en varias plantas), y diversas tipologías de viviendas. Ello permitió una mayor libertad de adaptación a un entorno urbano de menor densidad, en el que estos nuevos gigantes tenían dificultad para encajar. En este sentido cabe destacar el edificio que Marín proyectó en la parcela que remata una gran manzana en la zona de Los Campos, con fachadas a la carretera de la Costa, calle Uría y Luciano Castañón. La gran presencia del volumen principal, de 13 plantas de altura, responde a la relevancia de su emplazamiento, mientras que la adecuación al conjunto edificado preexistente se resuelve mediante la interposición de volúmenes más bajos que sirven de transición con el resto de la manzana.

Si bien la obra de Marín destaca por el gran número de edificios de vivienda colectiva realizados, especialmente en Gijón, es en aquellos de programas más complejos y emplazamientos más comprometidos donde el arquitecto mostró su mejor faceta como proyectista. En este sentido, especialmente durante la primera mitad de la década de 1960, Marín diseña algunos de los edificios más representativos de su época en Asturias, como el refugio para la Agrupación de Montaña Torrecerredo, construido en el puerto de San Isidro en 1965, o la estación de servicio edificada en la avenida Portugal de Gijón para la empresa Mayfer, característica por las cubiertas en forma de cono invertido que dispuso sobre la zona de surtidores, resolviendo con un magistral gesto plástico un esquema estructural que demandaba el menor número de apoyos posible para no dificultar el paso de los vehículos. Lamentablemente, esta solución fue sustituida años más tarde por unas cubiertas más convencionales, perdiéndose con ello un proyecto que algunos han querido ver como inspiración del modelo de estación de servicio concebido por Norman Foster para Repsol.

El lugar donde hoy se entrega el premio a Marín, el Club de Tenis de Gijón, fue uno de los edificios más destacados de su trayectoria profesional. Diseñado junto al desaparecido José Díez Canteli en 1962, puede calificarse como una obra maestra de la arquitectura moderna asturiana. Su articulación a partir de una malla estructural resuelta con perfiles metálicos que quedaban vistos, y su definición volumétrica como caja de vidrio con cubierta plana, acercaba al territorio asturiano conceptos de la arquitectura más vanguardista que se estaba desarrollando en los Estados Unidos de América (donde Marín estudió un máster), claramente inspirada en la obra de Mies van der Rohe o Philip Johnson.

Además de ser autor de algunos de los edificios más importantes de la modernidad en Asturias, recibiendo incluso el Premio Asturias de Arquitectura en 1986 por las viviendas sociales construidas en Cudillero para el Instituto Social de la Marina, también contribuyó en gran medida a profesionalización de la Arquitectura en nuestra región, siendo decano en dos etapas diferentes del Colegio de Arquitectos, organismo que hoy agradece a Marín todo lo que ha aportado a la profesión. Debe entenderse este premio no solo como un homenaje de sus colegas, sino del conjunto de la sociedad asturiana, y en especial de la gijonesa, la cual se muestra cada día más concienciada de la importancia de conservar y divulgar nuestro patrimonio más reciente. Muestra de ello, es la publicación y exposición que se están preparando sobre la obra y legado de Mariano Marín, que verán la luz a principios del año próximo, y que servirán como colofón perfecto a los actos organizados por el Colegio de Arquitectos de Asturias tras la convocatoria de este I Premio Castelao.

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