«Llevo de camarero desde los 14 años. Toca descansar»

Tomás Sánchez, dueño de Casa Tomás, echa un culín. / DAMIÁN ARIENZA
Tomás Sánchez, dueño de Casa Tomás, echa un culín. / DAMIÁN ARIENZA

El dueño de Casa Tomás se jubila tras medio siglo tras la barra | El popular chigre de la calle Bobes cierra hoy sus puertas con una gran fiesta para sus clientes. «Llegaron de jóvenes y ya vienen con sus nietos»

CHELO TUYA GIJÓN.

«Nunca tuve ningún problema con los vecinos ni con el Ayuntamiento. Espero que hoy, que es el último día, tengan comprensión si la fiesta se alarga un poco». Tomás Sánchez (León, 1952) no tiene muy claro qué hará mañana. «Igual madrugo y todo. Estoy tan acostumbrado», bromea. Lo único cierto es que no repetirá el gesto que lleva realizando cada día desde el 1 de agosto de 1986: levantar la persiana de Casa Tomás. Su casa, su chigre, el que con mucho esfuerzo abrió en la calle Bobes y en el que hoy servirá culinos por última vez.

«Llevo trabajando desde los catorce años. Ya toca descansar», cuenta en un relato sereno que recorre una vida dura. «Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi padre, minero. Mi madre, a cargo de todo. No había mucho, por no decir que no teníamos nada. A los 14 años, mi padre conocía al dueño de un bar en Madrid. Me contrató y para allá me fui».

En la popular y populosa plaza de la Cebada comenzó a echar cortos, hacer cafés y aprender el arte de una profesión que Tomás Sánchez dice «amar» pese a todo. «La hostelería es muy dura, tiene que gustarte. Yo no estudié y siempre supe que había que trabajar. Y trabajé».

«Pagué dos millones por el traspaso en 1986. Los primeros cuatro años no cerré ni un día»

Mucho. 700 pesetas al mes ganaba en aquel empleo en Madrid que no le generaba muchos gastos. «El dueño nos tenía a todos los trabajadores durmiendo en su vivienda. La comida y la cena la hacíamos en el bar, así que podía ahorrar y mandar dinero a casa».

La fama de su buen hacer hizo que le ficharan. «El dueño del Corona me propuso venir». Tenía 15 años y ya no se marchó. En el Corona confiesa haber aprendido todas las artes del oficio. «El dueño nos hacía leer el periódico a todos los camareros antes de abrir. Para que tuviéramos conversación. Yo estuve dos días, antes de empezar a trabajar, fijándome cómo se llamaban los clientes, qué bebían, cómo querían el café, si les gustaba la tapa en plato o en fuente... Esos detalles».

«Mi hijo optó por estudiar»

Una afición por los detalles que multiplicó cuando abrió su propio negocio. «Pagué dos millones de pesetas de las de 1986 por el traspaso. Los primeros cuatro años no cerré ni un día». Y convirtió Casa Tomás en su propio hogar. Uno en el que una candasina, con empleo propio, se convierte cada día en el alma de la cocina por amor a su marido. De las manos de Carmen Arbana salen sus afamados bonito al ajillo, les cebolles rellenes y, también, «el hígado, que es algo que no ponen en muchos sitios y aquí nos lo piden mucho». Allí se crío Raúl, el hijo de ambos. Aunque «siempre me ayudó», un día se sentó delante de su padre y le dijo: «Papá, yo quiero estudiar. Esto es muy duro». Tomás reconoce que su hijo «tiene razón, la hostelería es muy esclava». Pero también dice que no cambia ni un año de los últimos 50. Y, sobre todo, no cambia ni un minuto de los que le esperan hoy. «Mis clientes son mis amigos. Llegaron de jóvenes y ya vienen con sus nietos». Los últimos culinos de Tomás serán para ellos.

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