«A mi madre la mataron porque alguien la vio con un pañuelo rojo y una pistola»

Amparo, ayer, en el paseo del Muro. /J. PAÑEDA
Amparo, ayer, en el paseo del Muro. / J. PAÑEDA

Amparo Orejas López es hija de una fusilada durante la guerra civil. Hoy se descubrirá una placa en el Nicanor Piñole

MARCOS MORO GIJÓN.

Cumplirá 81 años el próximo 2 de agosto. Ella insiste en que nació en 1936, pero ni el aspecto físico ni la forma de expresarse concuerdan con lo que se espera de alguien de esa edad. Ella es María Amparo Orejas López, hija de Anita Orejas, fusilada a los 23 años en Gijón tras la entrada en la ciudad de los 'nacionales', en octubre de 1937. Vive la mayor parte del año con su marido en Francia, pero cada verano acude a la ciudad en la que se crió con unos feriantes y donde su madre tuvo un trágico y violento final en plena juventud. Hoy será una de las protagonistas durante el acto de homenaje a las mujeres represaliadas por el franquismo que se celebrará esta tarde en el Museo Nicanor Piñole, con el descubrimiento de una placa de recuerdo, y que parte de una iniciativa del grupo de Xixón Sí Puede.

-¿Quién fue su madre?

-Anita Orejas. Una mujer natural de Sama de Langreo que fue empleada del hogar en Gijón y entró a trabajar como enfermera en el Sanatorio Covadonga durante la guerra. También fue afiliada al Partido Socialista. A mí me tuvo de soltera. La condenaron a muerte acusada de un delito de rebelión militar. Fue en uno de esos Consejos de Guerra sumarísimos que se celebraron en el Antiguo Instituto. La cogieron los 'nacionales' el 1 ó 2 de noviembre de 1937, la metieron en la cárcel de El Coto y a los pocos días estaba fusilada.

-¿En qué se fundamentó esa condena?

-En una denuncia. La mataron porque alguien dijo que la había visto con un pañuelo rojo y con una pistola durante la etapa de dominio republicano de la ciudad. ¿Cómo se puede asesinar así a una persona de 23 años? ¿Qué cosa tan mala pudo hacer para calificarlo de rebelión militar? Que yo sepa nunca hizo daño a nadie, solo defendió como pudo sus ideas.

-¿Y qué pasó con usted?

-Me crié en Gijón. Fui entregada a otra familia, una pareja de feriantes con un puesto de tiro al blanco que me pusieron a trabajar con siete años. Nunca me reconocieron. Solo fui al colegio (con las monjas del San Vicente de Paúl) tres meses y aprendí a leer con el periódico sola. Mi infancia y adolescencia transcurrieron de feria en feria por toda España con mi familia de acogida, que eran del otro bando, del franquista. La madre del hombre que me recogió era Hortensia Álvarez, que fue presidenta de Acción Católica y murió en una prisión flotante. A menudo la gente trataba de hacerme daño señalándome como «la desgraciada hija de la roja, de la fusilada» pero yo nunca les di el gusto de que me vieran sufrir, porque era y soy muy orgullosa. A pesar de eso siempre me sentí protegida y en cierto modo controlada respecto a mi bienestar. Sospecho que pudo deberse a la buena posición de la familia de mi padre, quien a día de hoy desconozco quién es. A los 26 años me fui a Francia sin saber una sola palabra de francés a buscar empleo y cambié de vida. Allí me casé, tuve un hijo y trabajé para la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

-¿Cómo supo de todos los detalles de la historia de su progenitora?

-Yo siempre quise conocer mis raíces familiares, pero hasta 2004 solo tenía poco más que el dato del nombre de mi madre y la referencia de su fusilamiento. La cosa cambió cuando acudí con mi marido, Jean Pierre, a una de las mesas redondas que se celebraban en la Semana Negra. Allí tuve mi primer contacto con Víctor Álvarez, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que me facilitó toda la información que hoy en día tengo sobre mi madre. En la documentación que tiene esta asociación no consta que Anita tuviera descendencia, por lo que creen que ella quizás quiso esconderme u ocultarme, siendo yo aún un bebé, cuando iban a juzgarla o fusilarla.

-¿Conserva alguna foto de ella?

-Llevo con orgullo los dos apellidos de mi madre, pero tengo la pena de que no he conseguido ninguna imagen de ella en vida, pese a que lo he intentado por todos los medios. Se cometieron atrocidades por parte de los dos bandos, pero sigue habiendo miedo a hablar en contra del franquismo. Ese temor lo he comprobado con los descendientes de los ocho hermanos que tuvo mi madre, actualmente repartidos por toda España. Mi tío, el único hermano de mi madre que quedaba vivo, murió hace poco en Madrid y no quería hablar nada de lo ocurrido con Anita hace 80 años.

-¿Qué le parece el homenaje que se le tributará esta tarde a Anita junta a otras mujeres fusiladas?

-Estoy muy contenta. Me considero republicana. Mi madre no hizo grandes cosas. Tenía sus ideas y las defendió como pudo. Yo soy de las que pienso que no hay que estar todo el rato lamentándose del pasado, sino que hay que evitar que ese pasado vuelva a suceder. Y eso se consigue instruyendo y educando a las nuevas generaciones. Hubo gente buena y mala en los dos bandos, pero los que gobiernan actualmente en España no me parecen muy honestos por los casos de corrupción.

-¿Espera alguna otra restitución de la memoria de su madre?

-Yo ya no lo veré pero me gustaría que se le dieran sepultura a sus restos y que se juzgaran en algún momento los crímenes del franquismo. Es una vergüenza que exista un lugar como el Valle de los Caídos.

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