«Montar a caballo crea adicción»

Betty García, directora del Centro Ecuestre Deva. /Daniel MOra
Betty García, directora del Centro Ecuestre Deva. / Daniel MOra

Descubrió pronto que su mundo sonaba a paso de herradura y hoy lo comparte con el que quiera disfrutarlo

PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADA GIJÓN.

Sobre la arena del picadero un grupo de niños sigue atento las instrucciones de su monitora: «Media posición...De pie...Al paso». A pesar de la claridad con la que suena cada orden y del rigor con el que los alumnos las ejecutan no parecen soldados en miniatura, sino niños que se divierten aprendiendo a conocer y a montar a unos animales que les cuadruplican en envergadura. Solo hay que verles las caras de pura concentración en el disfrute. Es una mañana soleada de julio y podrían estar en la playa jugando entre las olas. Otro día irán. Hoy están a lo que están y a lo que les mola de verdad. Beatriz García, Betty, (Gijón, 1973) descubrió esa pasión más o menos a su edad.

-Empecé a competir con 11 años en La Felguera. A mi padre le encantaban los animales y cuando vio que a mi hermana Begoña y a mí nos atraían los caballos no dudó en apuntarnos en un cursillo. Luego vino todo rodado. Hasta hoy.

-No fue un amor de verano...

«No buscamos llegar a competir, sino disfrutar del animal, su contacto y su conocimiento»Una lesión la obligó a dejar de montar, y fue entonces cuando nació la idea de la escuela

-Para nada. Fue una pasión de por vida...Los caballos son mi pasión, mi vida. No me imagino sin ellos.

Esta gijonesa criada en un medio urbano y que vive desde hace más de dos décadas en Deva, rodeada de pomaradas y de prados, cuenta divertida cómo su hija Sara (ahora en otra zona de la pista con un grupo de chicos más avezados) se extrañaba de que hubiese gente viviendo en pisos y subiendo en ascensores a su casa. Ambas comparten esa pasión de la que hablaba Betty y explica que a sus alumnos «intento transmitírsela y con ella el respeto que deben de sentir hacia el caballo».

-Comenzó muy pronto a montar, pero también dejó de hacerlo y no por voluntad propia, me ha contado uno de sus alumnos mayores...

-Así fue. Tuve una lesión y los médicos fueron claros: había que despedirse de montar. Entonces surgió la idea de la escuela. Quería algo diferente a lo que había: que la gente disfrutase, no buscando llegar a competir, sino disfrutar del animal, de su contacto y conocimiento.

En el Centro Hípico que dirige desde 1995 abunda el perfil de usuarios en el que ella pensaba cuando lo abrió: «gente que viene a quitarse el estrés», aunque también el de aquellos que se preparan para la competición, grupos de adultos y de niños. «Hay hijos que acaban despertando el interés de los padres por montar», cuenta Betty, y es que los caballos «crean adicción», en sus propias palabras. «una adicción muy saludable».

Ahora es tiempo de campamento veraniego. En él los aprendices de jinete pasan el día en la finca del picadero: desayunan, comen, meriendan y cuidan de los caballos, les dan de comer; también a los otros bichos de la casería: gallinas, perros, gatos, hasta una cerdita llamada Pepa que parece la reina del picadero. Aprenden a vestir a su montura y a estar sobre ella.

-Que los niños se lo pasan bien, no hay duda. Convénzanos de que deberíamos probar.

-Ni lo intente. Ya digo: crea adicción.

En la pista se escucha ahora: '¡Al trote!. Y sale toda la caballería al trote de la felicidad.

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