Mujeres «condenadas de antemano»

Asistentes al acto en recuerdo de ocho mujeres fusiladas durante la guerra civil.
Asistentes al acto en recuerdo de ocho mujeres fusiladas durante la guerra civil. / JORGE PETEIRO

Una placa junto al museo Piñole recuerda a ocho de las fusiladas durante la guerra | Acusadas solo por ser republicanas, sus juicios «fueron una farsa». Sus cuerpos se arrojaron a una fosa común en Ceares

GLORIA POMARADA GIJÓN.

«Sufrieron una doble derrota, como republicanas y como mujeres». El 20 de octubre de 1937, con la caída de Gijón en manos del bando franquista, el destino de Eladia García Palacios, Anita Vázquez Barrancúa, Estefanía Cueto Puertas, Anita Orejas López, Belarmina Suárez Muñiz, Juana Álvarez Molina, Teresa Santianes Giménez y Máxima Vallinas Fernández quedaría sellado. «Comenzó su persecución porque se habían significado, expresión con la que decían que estaban con la República», cuenta la historiadora Enriqueta Ortega. Entre 1937 y 1938 estas ocho mujeres pasaron por consejos de guerra celebrados en el Antiguo Instituto, «juicios que eran una farsa, con condenas fijadas de antemano». Todas ellas acabaron frente al mismo paredón del cementerio de 'El Sucu'.

El recuerdo de su historia se erige desde ayer en un placa conmemorativa frente al Museo Nicanor Piñole. «Es un homenaje a todas esas mujeres asesinadas y torturadas durante la guerra», explicaba Ortega durante el acto. El lugar elegido no es casual. El enclave de la plaza de Europa donde se levanta el actual museo fue durante la II República el Asilo Pola, dirigido por una de las fusiladas, Eladia García Palacios. Maestra y sindicalista de 33 años, esta mujer fue la encargada de evacuar a los niños cuando comenzaron los bombardeos sobre la ciudad. A ella se la acusó de «inculcar a las niñas el odio al fascismo».

Similares sentencias condujeron al paredón a las otras siete mujeres, que llegada la fecha eran conducidas a 'El Sucu' desde sus celdas. «Las despedidas eran desgarradoras, algunas lloraban desconsoladamente; otras salían puño en alto», destacaba la historiadora.

«Entre las siete y las ocho de la mañana eran fusiladas» y su cuerpo, arrojado a una fosa común del cementerio de Ceares en la que yacen treinta mujeres. Una de ellas fue Anita Orejas, a la que los 'nacionales' condenaron por servir como enfermera durante los inicios de la contienda. Fue fusilada con 23 años, dejando huérfana a una niña de apenas un año. Esa hija que ahora está a punto de cumplir 81 años, Amparo, estuvo presente ayer en el homenaje. «Animo a los jóvenes a hacer fuerza para que se haga justicia y no se vuelva a repetir algo así», deseó.

«Cuando se sigue aceptando la apología del fascismo es que algo falla en nuestra sociedad», valoró por su parte Ortega. Las mujeres, recordó, «siguen siendo víctimas de la violencia machista». Por ello, propuso que el monolito se convierta en «punto de reunión» cada vez que los derechos de la mujer sean vulnerados. Entre los acordes musicales del grupo Latxusma, los asistentes al homenaje se fueron alejando con un firme anhelo. No regresar a ese espacio para despedir a más víctimas.

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