Un odontólogo con espíritu de servicio

Miguel Peña López, en su consulta. /A. F.
Miguel Peña López, en su consulta. / A. F.

Peña ha sido premiado por sus colegas de profesión por sus «sus cualidades humanas, inquietud científica y vida colegial»

ÓSCAR PANDIELLO

A los 17 años, apenas unos meses después de comenzar la carrera, Miguel Peña López entró por primera vez a un quirófano. En aquel momento era estudiante de Medicina en la Universidad de Oviedo y, ya desde el primer momento se sintió «cómodo, como en casa». No se encontró esa intensidad que le había cautivado de las series estadounidenses, pero el oficio y las mecánicas internas de los que manejaban el bisturí le convencieron de su futuro dentro de la sanidad.

Ahora, después de más de treinta años de ejercicio como odontólogo, su labor profesional ha sido galardonada por el Colegio de Odontólogos y Estomatólogos de Asturias con el premio Francisco Martínez Castrillo. Los motivos, «sus cualidades humanas, su inquietud científica y su vida colegial», según recoge el fallo. Aunque reconoce que la odontología y la estomatología no estaban entre sus prioridades, llegado el momento de especializarse la oportunidad surgió y, a día de hoy, no se arrepiente. «La vocación me vino según aprendía más y más. Ahora puedo decir sin pensarlo dos veces que me apasiona mi trabajo», explica Peña.

Nacido en Bilbao hace 60 años, su familia se trasladó a Barcelona primero y a Oviedo después cuando apenas tenía cuatro años. No sería hasta los catorce cuando se mudó definitivamente a Gijón. Allí estudiaría en la Inmaculada, donde conocería a «el núcleo duro de amigos» que le acompañaría durante el resto de su vida. Curiosamente, buena parte de ellos se acabarían decantando también por la Medicina.

Su primera experiencia laboral fue recién acabada la carrera, cuando comenzó a recorrer la zona rural de Asturias atendiendo distintas afecciones en distintas zonas de Amieva o Piloña. La experiencia, «tremendamente enriquecedora», le llevó a atender casos de todo tipo y a conocer a la que se convertiría en su esposa.

Lejos de acomodarse tras poner en marcha su consulta gijonesa en 1985, Peña siguió formándose e investigando en paralelo al ejercicio profesional. Así, recorrió Francia, Estados Unidos, Italia o Suecia para asistir a cursos y mejorar su técnica. Sus visitas al quirófano, además, fueron constantes para seguir aprendiendo de otros profesionales sanitarios. «Siempre tengo la inquietud de saber más. Me motiva seguir buscando respuesta a las cosas y para ello hay que sacar tiempo de donde puedas», sostiene Peña.

Profesor universitario

Ligado a la Universidad como docente desde 1988 –donde imparte Odontología Conservadora, Prótesis Estomatológica y Odontología Integrada de Adultos–, sus investigaciones han sido recogidas en siete capítulos de libros, más de cuarenta artículos en revistas nacionales y seis en revistas internacionales. Acumula, además, varios premios por sus pesquisas en odontología anatómica y de adhesión.

Su relación con el colegio además ha sido fluida durante muchos años. No en vano, ofreció formación gratuita a los colegiados desde 1985 a 2014, cuando tuvo que dejar de ofrecer los cursos por falta de tiempo para compaginar todas sus actividades. Precisamente este «espíritu de servicio» ha sido uno de los principales factores que, a ojos de Peña, ha llevado al Colegio a otorgarle este premio. «Es un premio emocional, muy diferente al resto, ya que te lo dan tus amigos y colegas», concluye. Una satisfacción que, sin embargo, no le frenará a la hora de seguir reinventándose: «Hay que estar siempre a la vanguardia».

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