«Nos dio lecciones de vida hasta el final»

Familia, amigos y compañeros de Pilar acompañaron al féretro con pancartas reivindicativas.
Familia, amigos y compañeros de Pilar acompañaron al féretro con pancartas reivindicativas. / PALOMA UCHA

Pilar del Álamo, militante de la CSI y superviviente de la violencia de género, «murió con dignidad y dejó tareas para todos»

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

Vivió luchando, así murió y así la despidieron. Pilar del Álamo, superviviente de la violencia de género, madre, abuela, bisabuela y activista infatigable falleció el domingo a los 59 años. Sus dos familias, la de sangre y la que conoció militando, decían ayer no encontrar palabras que hicieran justicia a su carácter. Pero no les faltaban: «Generosa, solidaria, empática, comprometida, humilde, valiente...».

A las puertas de La Llume, donde ella quiso que se le velase -sin flores, aunque le encantaban, porque «son para los vivos»- se agolpaban los recuerdos de una mujer que tuvo una vida «muy difícil» que siempre afrontó con una sonrisa para los demás. Hace apenas siete años escapó del maltrato que sufrió durante décadas. En su recién hallada libertad, buscando un grupo de mujeres encontró de nuevo la «incansable lucha de la clase obrera», cuenta Mónica Jiménez, compañera de Pilar en la ejecutiva de la Corriente Sindical de Izquierda (CSI). «Tenía claro que no quería que otras personas vivieran lo mismo que ella, tanto el maltrato como la pobreza y exclusión», y por ello se involucró en los colectivos Muyeres en Llucha y Paraos y Precarios de Asturies. Después de años de sobrevivir, decía, «volví a ser yo y ahora estoy en mi sitio y en mi casa de verdad».

Era bromista, y provocadora: «Le gustaba mucho picar». «Así daba la fuerza que daba, y mira que su situación era complicada». Pero Pilar «tenía esa capacidad de unir, de actuar de soporte» que hacía que su nombre no pareciese casualidad. Siempre pensando en los demás, «dio lecciones de vida hasta el final». Hablaba abiertamente de su enfermedad y de la muerte y, muy preocupada por los proyectos que dejaba -la despensa solidaria de alimentos, la cooperativa con huertas, la recogida de ropa-, intentó cerrar todo lo que pudo.

«Lo fundamental para ella eran los problemas colectivos, no lo individual», recuerda el sindicalista Juan Manuel Martínez Morala, compañero de Pilar en Paraos y Precarios. Tenía «mucha empatía y entendía los problemas de los demás porque ella misma los había padecido. Sufría, sobre todo, por la situación de las mujeres paradas de más de 50 años, y siempre estaba dispuesta a echar una mano», afirma Morala.

«Dejó tareas pendientes para todos, para que siguiéramos combatiendo», cuenta Ignacia, una de los seis hijos que tuvo. «Batalló siempre, mucho y sola, por sacarnos adelante», llora con orgullo. Pilar «peleó hasta el último momento: el martes fue al juzgado a apoyar a unos compañeros, el miércoles fue a la última concentración». «Y murió con dignidad, mucha».

De forma improvisada, su gran familia quiso honrar esa memoria cogiendo las pancartas y sacándola a la calle, una vez más -la última- a reivindicar.

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