«Nos quedamos sin un referente»

La iglesia de la Inmaculada se quedó pequeña ante las numerosas personas que acudieron a dar su último adiós al padre Cuesta./J. PETEIRO
La iglesia de la Inmaculada se quedó pequeña ante las numerosas personas que acudieron a dar su último adiós al padre Cuesta. / J. PETEIRO

Compañeros, antiguos alumnos de la Inmaculada, familia y amigos despiden al padre Cuesta, «todo un ejemplo» | «Gracias, Pachi. Nos has querido mucho y nos has enseñado con tu ejemplo a servir con esfuerzo, colaboración y trabajo»

EUGENIA GARCÍAGIJÓN

Al marchar Pachi, generaciones enteras de antiguos alumnos ya no tienen referente en el colegio. Pero gracias a Dios, nos quedan sus enseñanzas y ejemplo». Las palabras de José Guerrero, quien fue alumno del fallecido y director del colegio, resumen el sentimiento de los cientos de personas que llenaron ayer la iglesia de la Inmaculada para despedir, visiblemente emocionados, al sacerdote Ángel Cuesta, que a todos «quiso mucho y enseñó a servir».

«Pachi era un leonés amigo de sus amigos, entregado al servicio y a la ayuda de los demás. Tenía un 'repente' pleno de sinceridad y sin dobleces, sabía felicitar y elogiar sin adulación y reprender sin dejar huella de castigo», recordaba el profesor jubilado José Manuel Fidalgo. El padre Cuesta, fallecido el viernes a los 76 años, se definía a sí mismo como «jesuita y entrenador». A lo largo de los cincuenta años que estuvo vinculado a la Inmaculada cultivó en los colegiales las virtudes de ambas personalidades, la religiosa -«muy apegada a la realidad»- y la deportiva.

Su vocación religiosa se forjó en Valladolid, aunque fue en Gijón donde Pachi fue ordenado el 27 de junio de 1970. «Era un ejemplo de 'servus servorum Dei' a través de su labor de vida como deportista y profesor y de su trabajo, entre gritos y silencios, en las aulas y en las canchas», expresó Fidalgo. Su sobrino Josechu ofició la misa junto con varios sacerdotes, entre otros Alfredo Cienfuegos, director del colegio, y José Manuel Peco, superior de comunidad. El sacerdote destacó la fe de su tío Ángel y la «sabiduría pastoral de la que ha hecho gala sabiendo leer los tiempos, como buen jesuita». Pero sobre todo, en sus oficios, en las aulas o en la cancha, incidió, «él unía».

El padre Cuesta

«El baloncesto era su vida. Lo trajo al colegio y lo inculcó en la ciudad» al cofundar el Gijón Baloncesto, recuerda el exalumno Adriano Sánchez, a quien Pachi entrenó. En esta última faceta, utilizó la canasta para transmitir la importancia del sacrificio y del esfuerzo a varias generaciones de escolares que forjaron su carácter en la cancha. «A los que jugamos en el equipo del colegio nos transmitió unos valores incalculables. Nos formó y nos enseñó a crecer y a luchar a contracorriente». Y a algunos incluso les convirtió en campeones de España. Luis Carrujedo, Nacho y Leopoldo Galán y Ricardo Caballero, entre otros de quienes aprendieron los secretos del deporte de la canasta con el padre Cuesta, le daban ayer su último adiós.

Como coordinador de las actividades extraescolares fue «el 'alma mater'» del deporte en la Inmaculada, pero también dejó una huella imborrable en los campamentos de Santibáñez, donde a veces «miraba hacia otro lado» para permitir la diversión de los más jóvenes, a quienes, como recordó la antigua alumna Inés Meana, comprendía perfectamente. La colaboradora en campamentos y otras actividades expresó en su discurso el pensamiento de todos los presentes: «Nos dejas huérfanos de espíritu, pero gracias por no llevarte nada de eso y dejárnoslo para disfrutarlo».

«Construyó algo que unió a muchas generaciones distintas de antiguos alumnos», afirmaba el joven Eduardo Gafo, vinculado al campamento, quien lamentó no haber tenido la fortuna de coincidir más tiempo con el sacerdote. «Lo comentaba hablando con amigos: la mayor pena de los más jóvenes es no haber tenido el tiempo suficiente para haber podido aprender más de él», cuenta. Y es que el padre Cuesta, moviendo gradas, limpiando el patio escobón en mano o echando una mano en las fiestas movía a todos. No hacía falta que mandara nada: «Él iba el primero y el resto íbamos detrás, siguiéndole». «Era increíble su capacidad de aunar esfuerzos, de conseguir que la gente trabajara mano a mano y feliz».

La Inmaculada llora a su entrenador. Y lo hace con un agradecimiento infinito y con la promesa de no olvidar las lecciones de quien fue un educador absoluto. Por su «cabezonería, por creer en las mujeres, por empoderarlas». También por «enseñarnos a ser solidarios, a perdonar, a ser agradecidos» y por «ser un visionario», así como por «ceder el protagonismo a los demás».

«Por las puertas abiertas de tu despacho, de tu casa, de tu familia. Por tu entusiasmo con nuestros hijos, por tu generosidad, por tu entrega». Por todo eso, el colegio exclama: «Gracias, Pachi.»

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