«Sin la renta social no podría arreglarme la boca»

Uno de los primeros beneficiarios de la renta social muestra la tarjeta, ya estrenada. / PURIFICACIÓN CITOULA
Uno de los primeros beneficiarios de la renta social muestra la tarjeta, ya estrenada. / PURIFICACIÓN CITOULA

Un emigrante retornado que ingresa 446 euros al mes, entre los primeros perceptores de la nueva ayuda municipal

IVÁN VILLAR GIJÓN.

A principios de esta semana recibió, por fin, la notificación de que podía pasar a recoger su tarjeta de la renta social. Fue uno de los primeros en ponerse en las colas cuando, a finales de mayo, se abrió el plazo para presentar la solicitud. Ahora es también de los cuatro primeros en ver autorizada una ayuda de la que ya ha empezado a disfrutar. La tarjeta, emitida por CaixaBank y similar a cualquier otra de una entidad bancaria, se la entregaron en la oficina habilitada para la renta social en el Centro Municipal de El Coto. Junto a ella, un listado de los 238 establecimientos adheridos al programa puesto en marcha en colaboración con la Unión de Comerciantes, que son los únicos donde podrán realizarse compras con cargo a la ayuda. El lote incluía también un documento por el cual se comprometía a informar a la Fundación Municipal de Servicios Sociales de cualquier variación en sus ingresos que pudiera afectar a la cuantía de la renta social aprobada. En su caso, 2.600 euros que podrá gastar en un plazo máximo de doce meses.

Con la tarjeta en la mano, no tardó en empezar a hacer uso de ella. Su primera parada fue la tienda de Deportes Asturias, en el centro, donde compró un par de zapatillas de deporte. «No son de las caras», destaca mientras muestra, ya calzadas, unas J'hayber blancas. ¿Por qué unas zapatillas? «Cuestión de necesidad», responde. Porque cada día recorre ocho kilómetros diarios desde su casa en El Cerillero hasta el centro de la ciudad, donde colabora en labores de voluntariado social. «Pensé, ¿qué es lo que más hace falta? Y era eso. No porque no tenga calzado, pero con tanto caminar ya está destrozado». Esta primera experiencia comprando con cargo a la renta social, explica, «fue muy buena, con una tramitación muy rápida».

Para formalizar el pago, como en cualquier otra transacción con tarjeta bancaria, basta con pasar el plástico por el terminal TPV del comercio, que para evitar usos fraudulentos ha tenido que ser registrado previamente ante CaixaBank. Si el artículo forma parte de los autorizados en el programa de renta social, si no excede el importe máximo autorizado a cada tipo de producto -en el caso del calzado, 80 euros- y si existe saldo en la tarjeta, el coste de la compra se descuenta del monedero virtual y el comercio lo factura directamente al Ayuntamiento.

Tras estrenar zapatillas, su segundo gasto será en el dentista. «Ni te imaginas el calvario que es estar sin dentadura, no solo para poder comer, sino también por higiene y para poder optar a muchos trabajos», argumenta. Y añade cómo «sin la renta social jamás me podría arreglar la boca, igual que llevo más de cuatro años sin renovar el vestuario».

Desde hace algo más de un año este perceptor de la nueva ayuda municipal, que prefiere mantener el anonimato, afronta cada mes con 442,65 euros procedentes del salario social del Principado. De ellos 200, casi la mitad, se le van en el alquiler de la habitación en la que vive. Su historia es la de alguien que «después de haber disfrutado de una situación económica muy buena, ha pasado a la pobreza». Por eso pide «que se desmitifique y se deje de estigmatizar a quienes tenemos que recurrir a estas ayudas. La gran mayoría ni somos delincuentes, ni nos damos a la mala vida, ni somos drogadictos. Somos gente normal que con la crisis se ha encontrado sin nada. Hoy me pasa a mí y mañana le puede pasar a cualquiera». Del mismo modo, lamenta que «algunos comercios parezcan negarse a vender a la gente que cobrará la renta social. Deben quitarse ese miedo a que todos somos conflictivos».

Tres títulos

Maestro de cocina internacional, en su currículum acumula tres títulos relacionadas con este sector. Gracias a su profesión ha viajado por medio mundo, con distintos periodos de trabajo en Amberes, Ámsterdam, Noruega o Sudamérica. Durante 25 años, ocupó «un cargo medio» en una cadena hotelera de Estados Unidos, hasta que tras la muerte de su mujer decidió regresar a España. Pese a que nació en Gijón, eligió para su vuelta la Comunidad Valenciana, «porque allí siempre hubo mucho trabajo de lo mío, pero me encontré con que me decían que por lo que cobraba ahora contrataban a cuatro personas. Quince años de estudios para que te contesten eso».

En la Nochebuena de 2013 llegó a Asturias, ya con los ahorros de su larga aventura por el extranjero casi agotados. La primera noche la pasó en las escaleras de la Biblioteca Jovellanos, antes de encontrar cobijo en el Albergue Covadonga durante tres meses. Un contrato de mínima duración le permitió acceder a una prestación por desempleo a la que después sucedió el salario social del Principado. Aunque su intención es «normalizar mi vida, porque no quiero vivir de las ayudas públicas», admite que «con 50 años, ya no puedo aguantar 15 o 16 horas diarias en la cocina». No obstante, intenta salir adelante con un puesto de artesanía, «pero estamos muy perseguidos por la Policía, que nos quita la mercancía y nos impone sanciones».

Pese a la buena experiencia con la renta social, cree que el programa aún podría mejorar, sobre todo ampliando el catálogo de productos a los que da acceso. Por ejemplo, a artículos de higiene. «Igual con este dinero puedes ir muy bien vestido, pero si te va cantando el sobaco, ¿qué pasa?». También plantea que se permita la compra de teléfonos móviles sencillos. «Hoy te lo piden en cualquier sitio, mismamente en el paro».

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