«Pecad todo lo que podáis»

«Pecad todo lo que podáis»

El actor Roberto Álvarez hace una llamada a la juerga global y total en un pregón de Semana Grande repleto de memoria, nostalgia y amor convertido en una oda al carácter gijonés: «Somos generosos, cariñosos y abrimos los brazos a todo y todos»

M.F. ANTUÑA

Tiró de memoria y nostalgia. Viajó a la infancia, a un Gijón que ya no existe y reivindicó alto y claro ese carácter grandón y generoso del que presumió con orgullo. Roberto Álvarez, actor, se hizo dramaturgo para poner bellas palabras en el pregón con el que se inauguró Semana Grande de Gijón. Feliz, emocionado, encantado, contento, nervioso –«no sé si podré leer esto, me hago pis», bromeó–, se asomó a un escenario muy especial para cosechar unos aplausos muy distintos a los del teatro, y para gritar a los cuatro vientos que es tiempo de diversión a lo grande.

La plaza Mayor estaba hasta la bandera. Los grupos folclóricos de la ciudad habían caldeado el ambiente con sus bailes antes de que el actor de ‘Ana y los siete’ tomara la palabra y comenzara su periplo de El Coto a Magnus Blisktad, del Corazón de María a San José, de San Lorenzo a Begoña y del María Cristina al Jovellanos pasando por el Hernán Cortés que habría de concluir con una invitación a la juerga global y total, pero responsable. «Que no haya término medio. Pasailo a lo grande. Pecad todo lo que podáis, eso sí, siempre de mutuo acuerdo. Bebed y disfrutad, eso sí, sin haceros daño a vosotros ni a los que os rodean y, sobre todo, dejaos llevar por vuestro corazón, propios y extraños, dejaos llevar por lo más bonito que tenemos en esta tierra, que no es otra cosa que su gente.Gente grande. Muy muy muy grande». Los «puxa Asturies» y «puxa Xixón» vinieron después y acto seguido un sincero «¡Os quiero, viva la madre que os parió!» encendieron la plaza por completo ante un Roberto Álvarez pletórico que no podía parar de llevarse las manos al corazón.

Para llegar a esa conclusión final, el actor afincado en Madrid había transitado antes por los caminos del pasado. «Con el cornetín del cuartel de Simancas desperté todos los días de los mejores años de mi vida», arrancó el actor, que rememoró tiempos de colchones de lana, de nata con azúcar, del abuelo Laureno y las abuelas Oliva y Zulima, del tío Manolo, de Angelita y Aurelio –sus padres– del ‘gallineru’ en los Campos, de arrimarse a los «refrescos» en el Jovellanos... «Días los más felices, de niño, de niño de Gijón, días abrochados a la naturaleza y a su mar», resumió Álvarez, que no se olvidó de sus noches pescando en el Muelle, de cómo antaño cuando se caminaba más de la cuenta aparecía el prau y la niebla y costaba volver a casa. Fue desgranando historias, recordando a los suyos, nadando en San Lorenzo y caminando por las calles negras del Gijón Industrial, por las fiestas, las bodas y las espichas... Confesó incluso su pasado como monaguillo en el Corazón de María, en el Sagrado Corazón, en San José, en San Pedro y, sobre todo, en San Lorenzo. «En esas parroquias conocí las mieles de las propinas de todos los que os casastéis o bautizastéis. Sabed que os conocí casi el primero, que acaricié vuestres cabecines casi el primero y que fui el primero en escuchar de vuestras bocas los ‘sí quiero’ mirándoos desde el privilegiado lugar de ser oficiante de aquello», rememoró.

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De aquel lugar de privilegio al que ocupó ayer en la plaza Mayor, aún más privilegiado. No escatimó a la hora de agradecer su papel de pregonero. «Por mí ya llegué al final... Hoy puedo caer tranquilo de este balcón y estrapallamarme feliz (...) porque no hay nada más grande que estar en este balcón». No hay para Roberto Álvarez «mayor honor» y quiso aprovecharlo para elogiar el carácter de sus paisanos. «Ser de Xixón es ser muy grande», apuntó. Y explicó después que se acostumbra a decir que «somos generosos, cariñosos, que abrimos los brazos a todo y a todos», y que tales apreciaciones son rigurosamente ciertas. Y lo es también que «no somos gente de penas», y que si hay que pasarlas se cantan «al amor de una botellina»; y que «no guardamos rencor a nadie, que eso aquí nunca se vio», y que «las mesas de los chigres son alargadas para compartir»... Se lanzó Roberto Álvarez a explicarles a los de fuera que es fácil hacer amigos en esta tierra. «Pronto os vais a sentir como en casa (...), pronto acabaréis contándolo por ahí, a los cuatro vientos», auguró. Añadió más calificativos al retrato gijonés que ratificó al grito de «es verdad»: desinteresados, creativos, honrados, serios... No negó la fanfarronería, pero la justificó en que hay mucho que presumir; tampoco la afición a hablar alto – «será que hablamos con el corazón– y hasta dijo que «si somos tímidos será para nos pasarnos de gallos».

Su semblanza dirigida al visitante incluyó hasta apuestas por el amor. «Amigo visitante, has de saber que si una mujer asturiana te mira a los ojos (...) de aquí ya no te mueves». Tras la versión masculina de esta misma historia, subrayó el actor que Gijón es «tan ancho como su mar, tan alegre como el sonido de la sidra que oirás caer, aquí el aire y la lluvia se llevan todo lo malo, aquí si llegas al postre te admiraremos, aquí al que cocina mal lo desterramos, aquí el que no acepta nuestra mano ye que ye mancu». Les invitó después a mirar al mar, a hinchar los pulmones y a dejarse llevar por los gijoneses para disfrutar de la Semana Sangre que ya es una realidad imparable de aquí a dentro de once días.

Tras los aplausos, sonó la música. Llegó Víctor de Cimavilla con su guitarra y puso a todos a cantar, con el ‘Asturias patria’ y el ‘Gijón del alma’ como colofón con la plaza al completo convertida en coro multitudinario. A continuación, las gaitas del Festival Internacional Villa de Xixón.

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