«Sabía que en el Jimena le queríamos»

La capilla del tanatorio de Cabueñes se llenó de amigos, docentes y alumnos para dar el último adiós a Pedro López. / J. PAÑEDA
La capilla del tanatorio de Cabueñes se llenó de amigos, docentes y alumnos para dar el último adiós a Pedro López. / J. PAÑEDA

Familiares, docentes y estudiantes despiden al profesor del instituto Pedro López | «Nos queda su pasión por viajar y por aprender; su humor y su forma de ser, siempre pendiente de nosotros», dicen conmovidos sus alumnos

ELENA RODRÍGUEZ GIJÓN.

Pese a la enorme tristeza que le invade estos días, la directora del Instituto Doña Jimena, Cristina Lejarza, siente la serenidad de haberle dicho a Pedro López en vida «lo mucho que le quería la gran familia que formamos este centro». Tuvo ocasión de repetírselo en el último claustro de profesores, a finales de diciembre, cuando ya solo faltaban unas semanas para que se jubilara. Sin embargo, cuando este «profesor ejemplar» ya hacía planes para hacer un recorrido por Europa y pasar una temporada en el sur de España con su mujer, Carmen, un infarto acabó con su vida el domingo. Tenía 59 años.

El lunes, a la vuelta de las vacaciones navideñas, hubo muchas lágrimas y abrazos en el centro. Porque, como decía Lejarza, «Pedro -que llevaba 27 años vinculado al centro gijonés- era el Jimena. Era nuestro pasado, nuestro presente y futuro, en quien nos teníamos que mirar», en referencia al impulso que este profesor de Arte e Historia dio a las nuevas tecnologías y nuevas fórmulas de aprendizaje. En los pasillos sigue reinando el silencio. Un silencio que ayer, en la abarrotada capilla del tanatorio de Cabueñes, rompieron familiares, amigos, compañeros, alumnos y personal de secretaría del instituto para recordar cómo era Pedro, un zaragozano que «llegó a Asturias hace más de treinta años y se enamoró de todos vosotros», señaló Esther, su hermana, la única chica de los cuatro hermanos.

«Aceptar la pérdida de los que nos rodean es lo más difícil que tenemos que aprender y seguramente es la asignatura pendiente de muchos. Pero, por suerte, siempre quedan los recuerdos», decían Laura Gil y Aarón Rubio, alumnos de segundo de Bachillerato. Y, entre ellos, están las historias de viajes que les contaba. Porque le encantaba viajar, como atinaron a decir, entre sollozos, sus sobrinas Lucía y Sara López, de catorce y diecisiete años, con quienes había recorrido Italia, Grecia y Estados Unidos. Ese afán por conocer otras culturas queda para siempre entre sus alumnos, pero también «la pasión por aprender, su humor y su admirable forma de ser».

Dulces en los exámenes

Sandra Iglesias, antigua alumna, habló de su faceta humana, de las muchas muletillas que utilizaba para asegurarse de que lo que acababa de enseñar se había entendido. De cómo el móvil se convirtió en una herramienta más de trabajo, «donde hacíamos los test más divertidos de historia y de arte» o de cómo recurría a la videollamada si alguno tenía una duda respecto a trabajos o exámenes. «Llevaba galletas, kinders y kit-kats a los exámenes y nos daba ánimos». En definitiva, «se preocupaba por nosotros de manera espectacular, ya fuera por situaciones en casa o porque nos viera inseguros o tristes».

Y si Marichu Díaz, de secretaría, traía a la memoria cuando apareció «con un espadón» para explicar historia medieval y cómo «siempre tenía una palabra alegre para todos, un 'buenos días' y un 'hasta mañana', su compañero de departamento se refirió a él «como una persona generosa y divertida», que buscaba el sentido crítico de sus estudiantes. Como referencia de su trabajo quedarán sus páginas web 'Leontina', de Historia del Arte y 'Saltaparedes', de Historia. Para todos, como dijo su hermana Esther: «Nunca nos vas a dejar. Tu recuerdo seguirá en nuestras vidas».

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