La sidrería más universal

Tino 'El Roxu' rememora la Expo de Sevilla 25 años después. «Hubo días de vender ciento y pico cajas»

La sidrería más universal
Adrián Ausin
ADRIÁN AUSINGijón

«¡Torero! ¡Torero!». Nunca pudo imaginar Florentino Mañana, Tino 'El Roxu', el «descomunal éxito» que le aguardaba en Sevilla allá por el año 1992. Cuando desembarcó en la Isla de la Cartuja para ponerse al frente de la sidrería del pabellón del Principado en aquella Exposición Universal bautizada como 'La Era de los Descubrimientos', El Roxu, el escanciador más popular de todos los tiempos, tocado además por la gracia de dos gordos de Navidad, tenía pensado ir y venir cada quince días. Sin embargo, desde que empezó a rodar el espectáculo aquel 20 de abril hasta que cerró sus puertas el 12 de octubre con 41,8 millones de visitantes a sus espaldas no se pudo mover de Sevilla un instante, ni tomarse siquiera un solo día de descanso. «Quedé plantau allí seis meses y pico», rememora ahora, ya jubilado, para EL COMERCIO, en el 25 aniversario de aquella marabunta humana. «La Expo fue mucho, muchísimo. Una locura».

En la retina quedan aquellos aclamadísimos escanciados, subido a la barra, con ocho vasos a la vez (cinco en una mano, uno en cada pie y otro en un bastón agarrado con la boca) que «volvían locos» por igual a sevillanos, chinos, japoneses y turistas de todo el orbe, quienes le jaleaban al grito de «torero», llegando a comparar al Roxu con Curro Romero. Luego, tras la exhibición, intentaban imitarlo y «lo único que hacían era joder todos los vasos», uno tras otro, hasta que se tomó una drástica decisión. «Ponerlos de plástico».

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El recinto abría sus puertas temprano, a las nueve, y las cerraba a las cuatro de la mañana. La entrada de un día costaba 4.000 pesetas. La sidrería del exitoso pabellón del Principado echaba a andar a las once y ya no paraba hasta las dos de la mañana. Pero claro la rueda de la hostelería es más amplia y a primerísima hora ya estaban los camiones de reparto reponiendo la sidra almacenada en una nave de Carmona y todo el pescado, la carne y el marisco necesarios para la jornada. La sidrería la gobernaba El Roxu, la persona elegida por los dos socios que se hicieron con la concesión: Pedro Morán (Casa Gerardo) y Ramón González (La Máquina), que fueron quienes estaban detrás de la cocina, la gestión y el aprovisionamiento tanto de la sidrería como del lujoso restaurante de la planta cero. La entente empresarial de Morán y González se denominó oficialmente 'Prendes/Lugones S. L.' y El Roxu fue la arista perfecta para triunfar en una Expo que, cuando menos, triplicó las expectativas.

¡Cómo se va a vender fabada!

«Cada día se vendían 30, 40, 50 cajas de sidra. Uno se llegaron a vender 126. Pensábamos '¿Cómo se va a vender fabada con el calor que fae?' Pues hacíamos diez o doce potes de fabada y terminábanse les fabes. Trescientes raciones de arroz con leche, tortilles....». En aquellos seis meses de infarto por el pabellón de Asturias, uno de los más visitados, pasaron más de un millón de visitantes (que hacían largas colas), pero por la sidrería la cifra «se disparó hasta los tres millones», que dejaron a su término la friolera de 172.000 botellas vacías.

El éxito fue ajeno incluso a los precios. Porque la sidrería era muy cara. Carísima para los tiempos. La botella empezó a 530 pesetas y acabó ¡a 720! El arroz con leche, a 700. Les fabes, a 1.000. El pixín y la merluza a la sidra, a 2.500. Pero se vendía todo por un doble motivo. La competencia era más cara todavía (entre los más asequibles pabellones autonómicos, Galicia cobraba dos ribeiros a 400 pesetas y La Rioja un clarete a 250). Y la alegría que rezumaba la sidrería, con aquel hombretón roxu escanciando sobre la barra no tenía comparación. «Debe de haber millones de fotos mías por todo el mundo», apunta el protagonista sin darse ninguna importancia aparente. Simplemente, constatando el hecho.

De Perico Delgado a Irene Villa

Al imán de la sidrería acudieron también autoridades y famosos. Un jovencísimo Príncipe Felipe de 24 años, a quien se regaló una preciosa réplica del pabellón. Primero, en visita oficial. Y luego, con primos y amigos, a disfrutar. «Creo que le eché yo el primer culín en Nava cuando era guaje. Pero luego él les enseñó a los otros a beber sidra y a comer Cabrales», recuerda Florentino Mañana. Por la sidrería pasarían también Massiel, Carrillo, Carrascal (el de las corbatas), Irene Villa y su madre, Perico Delgado, Herminio Menéndez. Antonio Masip, Jabo Irureta, Joaquín, Jiménez, Monchu, el ministro Luis Martínez Noval, el presidente autonómico José Luis Rodríguez Vigil... «Tuve políticos, gente de la tele, del teatro, del fútbol. Muchos, muchos... Pero me cuesta recordar», se excusa para no entrar al detalle de ninguna anécdota concreta más allá de aquella boda vaqueira oficiada en Aristébano pero celebrada después, con tarta incluida, en la propia sidrería.

Con amigos o solo, El Roxu subía a veces al final del día hasta la azotea del edificio, cerrada al público, y se quedaba allí contemplando ensimismado el espectáculo de luz y sonido del lago que enmarcaba a los diecisiete edificios autonómicos, el cubo blanco del pabellón español, la poderosa Plaza de América y, en lontananza, toda aquella ciudad de los prodigios silueteada por la esfera bioclimática, el Palenque, la plaza de Europa, las réplicas de los transbordadores espaciales, el World Trade Center, el tren elevado, la Cartuja, las carabelas del Descubrimiento... Y al echar el cierre, tras una nueva jornada frenética, aún le quedaban energías para disfrutar un poco de todo aquello que había contemplado desde las alturas. «Íbamos de música», comenta sonriente. Al Kanguroo Pub, a donde hubiera ambiente, robándole horas al sueño hasta los límites más insondables.

El Roxu vivía en una urbanización en las afueras de Sevilla, adonde le iban a visitar por temporadas su mujer María Emilia y sus hijas Leticia y Noelia. Antes del trajín también pudo probar la Feria de Abril, aunque ahí pasó «un poco de vergüenza» cuando lo sacaron a bailar. Aquel año sevillano trabajó mucho, muchísimo. Lo que no está en los escritos. Pero encontró también tiempo para tener «mucha juerga». Hoy, a sus 68 años, disfruta de la jubilación con el bigote afeitado, la partida de bolos diaria y sidra para comer y cenar. Así hasta que el cuerpo aguante.

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