«Me metí a dormir en un nicho vacío»

Cinco sintecho cuentan cómo sobreviven a las gélidas temperaturas del invierno | Coinciden en señalar que lo peor de vivir en la calle es «el ambiente que les rodea» y que les obliga a desarrollar al máximo su instinto de supervivencia

Antonio, 50 años: «Quejarse no tiene sentido, pues todo es cuestión de suerte y yo no la he tenido»/DAMIÁN ARIENZA
Antonio, 50 años: «Quejarse no tiene sentido, pues todo es cuestión de suerte y yo no la he tenido» / DAMIÁN ARIENZA
LAURA CASTROGijón.

El frío cala más hondo cuando se está solo. Puede parecer una las muchas metáforas que se han usado en canciones y en literatura para referirse a la soledad, pero hace más de un lustro dos psicólogos canadienses, Geoffrey J. Leonardelli y Chen-Bo Zhong, decidieron ponerlo a prueba y concluyeron que sí, la sensación de frío aumenta cuando se vive aislamiento social. Para ellos supuso un hallazgo a nivel cultural y social, pero para quienes viven en la calle es la realidad que enfrentan día tras día.

La crudeza de pasar el invierno sin un techo les obliga a desarrollar al máximo su instinto de supervivencia, que en ocasiones, llega a sorprenderles hasta a ellos mismos. Pedro, quien cumplirá 62 años en marzo, apenas recuerda ya lo que es dormir al calor de una cama. Pasa la mayoría de las noches en un cementerio, aunque cuando a las bajas temperaturas se suma la lluvia prefiere resguardarse en los cajeros. «En esta última ola de frío, no podía aguantar más y me metí en el hueco vacío de uno de los nichos del camposanto. Me impactó, pero a todo se acostumbra uno», relata.

Elena, 52 años: «Vivir en la calle es una prueba más de las queme ha puesto la vida ysé que la voy a pasar».
Elena, 52 años: «Vivir en la calle es una prueba más de las queme ha puesto la vida ysé que la voy a pasar». / DAMIÁN ARIENZA

De hecho, es precisamente esa fortaleza que demuestra la que le ha llevado a sobrevivir durante estos nueve años sin hogar, desde que se quedó sin trabajo y sin familia. Se apoya también en su vena artística. «Vuelco mis delirios en poemas. Ojalá llegue el día en que pueda verlos publicados en un libro, es lo único que le pido ya a la vida», comenta. «Cambiar a un lado, al filo de un problema atroz, sobre el que tú has de poner un granito de arena», rezan algunos de los versos que compone Pedro, quien padece esquizofrenia.

Esta enfermedad es una de las más comunes entre las personas que viven en la calle. De hecho, un alto porcentaje de los sintecho tienen problemas de salud mental. Algunos como Pedro, están diagnosticados y con tratamiento, y otros como Antonio no ha visto a un psiquiatra o psicólogo nunca. Tiene cincuenta años, nació en Teverga y lleva año y medio vagabundeando por las calles de Gijón, desde que tuvo «graves problemas familiares», dice. Antes tenía su propio 'chiringuito' junto a la estación de tren, pero la Policía se lo desmontó el pasado lunes. Ahora, duerme donde puede sin separarse de sus cosas, que guarda en una gran bolsa de basura. «Enfrentarme al frío y a la soledad es lo más duro que he hecho en mi vida», reconoce, pero «quejarse no tiene sentido, pues todo es cuestión de suerte y yo no la he tenido». Ante la incertidumbre de no saber qué será de él mañana, decidió tatuarse el sombrero, el bigote y el bastón de Charles Chaplin. «Lo tienen todos los miembros de mi familia. Así el día que me muera, sabrán quién soy», indica.

Elvira, 60 años: «Nunca imaginé que terminaría así, pues siempre he sido una persona muy trabajadora».
Elvira, 60 años: «Nunca imaginé que terminaría así, pues siempre he sido una persona muy trabajadora». / DAMIÁN ARIENZA

«Ya no te tratan igual»

A pesar de que la ola de frío ha sido «dura», ni Pedro ni Antonio han querido ir al Albergue Covadonga. «Prefiero a mis compañeros que son muy silenciosos, me respetan y no molestan», bromea el primero haciendo referencia a los muertos del cementerio. Elena, en cambio, ha logrado encontrar cierta comodidad en el albergue. «La calle es muy dura, no solo por el frío sino por la incertidumbre de no saber a qué atenerte. Hacerse respetar es muy difícil cuando no tienes hogar, porque el resto del mundo ya no te trata igual», explica esta praviana de 52 años.

Era trabajadora de la ONCE, pero su casero, cuenta, le robó la recaudación de una jornada y la despidieron. Se mudó con un compañero que conoció en el albergue de Avilés a la casa de unos amigos, pero este aprovechó un día que ella estaba fuera para cambiar la cerradura. «Me dejó sola, en la calle y sin nada», recuerda. Vivir en un ambiente «hostil» como el que hay en el albergue perjudica su salud. «Después del infarto me dijeron que llevara una vida tranquila y relajada, justo todo lo contrario a lo que tengo», reconoce. Sin embargo, asegura que es positiva. «He superado un cáncer de útero, problemas de corazón y mil fracasos y aquí sigo. Esta es una prueba que me pone la vida y la pasaré», afirma convencida.

Suso, 42 años: «Solo quiero un trabajo que me permita dejar de vivir en el coche y gracias a la caridad de otros».
Suso, 42 años: «Solo quiero un trabajo que me permita dejar de vivir en el coche y gracias a la caridad de otros». / DAMIÁN ARIENZA

A Elvira, de 60 años, la vida tampoco ha dejado de ponerla a prueba. Tiene seis hijos, cinco de ellos repartidos por Europa y otro que vive con ella en una casa abandonada y que padece numerosos problemas físicos a consecuencia de la radiación a la que estuvo expuesto al poco de nacer por el accidente de Chernóbil. Elvira vivía en Bucarest, pero fue una de esas mujeres emprendedoras que decidió emigrar en busca de un trabajo y un futuro mejor. Ella tampoco goza de buena salud, pues padece un «doloroso» cáncer de pulmón por el que no recibe ningún tipo de tratamiento. «Al menos, tenemos un techo, aunque sin luz y sin agua. El calor lo conseguimos encendiendo velas. En Rumanía las temperaturas alcanzan los 20 grados bajo cero, así que aquí lo llevamos mejor», explica. Sobrevive gracias a lo que recauda pidiendo en la calle, pero sufre pensando que es madre y depende del dinero que le donan otras personas. «Nunca imaginé que terminaría así, pues siempre he sido muy trabajadora. Lo peor es el ambiente que nos rodea: drogas, alcohol, peleas... Es muy duro y más aún siendo mujer», señala.

De hecho, «muchas personas asocian en seguida la mendicidad con el consumo de sustancias», apunta Suso. Es de Ferrol, tiene 42 años y lleva viviendo en su coche desde el 5 de febrero. Él es, según las trabajadoras sociales de Mar de Niebla, el perfil que más se están encontrando en calle a causa de la crisis. Tenía un negocio hostelero en Ferrol que se fue a pique y se separó de su mujer, quien se llevó al hijo que tenían en común y del que Suso no sabe nada desde hace más de un año. «Mi vida era normal hasta que se cruzó la mala suerte», asegura. «Solo quiero un trabajo para dejar de vivir en mi coche y a base de la caridad de otros», pide el gallego.

Pedro, 61 años: «Vuelco mis delirios en poemas. Ojalá algún día los vea publicados en un libro. Es lo único que pido ya».
Pedro, 61 años: «Vuelco mis delirios en poemas. Ojalá algún día los vea publicados en un libro. Es lo único que pido ya». / DAMIÁN ARIENZA

Pocos consiguen dejar las calles. «Nunca perdemos la esperanza. Son personas que no han nacido sin hogar. Tuvieron uno, pero por distintos motivos su vida se truncó y lo perdieron», inciden Irma y Andrea, las trabajadoras sociales de Mar de Niebla, quienes luchan incansables por dar visibilidad y esperanza a estas personas que, denuncian, «son ignoradas por el resto del mundo a diario sin el menor remordimiento».

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