De Tremañes a La Guía, tres siglos de agua en Gijón

Bajo el parque de Cocheras. La cantería del antiguo acueducto entre La Guía y la plaza Mayor conserva su trazado. / CRISTINA HEREDIA
Bajo el parque de Cocheras. La cantería del antiguo acueducto entre La Guía y la plaza Mayor conserva su trazado. / CRISTINA HEREDIA

Gonzalo de la Bárcena diseñó la primera traída hasta el actual muelle en 1590. En el siglo XVII se construyó desde La Guía un acueducto del que apenas quedan vestigios

ANDRÉS PRESEDO GIJÓN.

La traída del agua de Llantones, en 1890, marcó un hito en Gijón en lo referente a la conducción de agua y abrió la puerta a una modernización que ya no tendría parada. Por aquel entonces, la ciudad tenía unos 14.000 habitantes y las encomiables, pero insuficientes, infraestructuras hidráulicas diseñadas en los tres siglos anteriores no cumplían ni con los mínimos que la población ya demandaba. Era necesario insuflar millones de litros para llevar la acometida a las viviendas y, por ende, dar el paso adelante que el ya cercano siglo XX iba a demandar.

Muy lejos en el tiempo quedaba, ya entonces, la obligada utilización de los pozos de agua cuando Gijón, tres siglos antes, apenas alcanzaba una población de 400 habitantes. Eran tiempos de Felipe II, que reinó en España entre los años 1556 y 1598. Los pozos, utilizados tanto para el consumo humano como para los animales, el lavado de ropa, limpieza de carne o de pescado, eran un foco constante e incontrolable de epidemias.

El máximo responsable del Estado inició entonces una cruzada para dotar a los principales núcleos de población de traídas de agua que garantizaran no solo el consumo, sino también unas condiciones saludables. Gijón no se quedó al margen aunque, según constatan los estudiosos, Oviedo, con el acueducto de los Pilares, y Avilés, con la traída de aguas de Valparaíso, fueron un paso por delante.

Llegados a este punto se inicia el estudio de investigación realizado por la gijonesa Cristina Heredia, doctora en Historia del Arte y especialista en diseño y gestión didáctica del patrimonio. Seis años de trabajo para desgranar la obra de Gonzalo de la Bárcena (Güemes, Cantabria, 1535-Valladolid, 1597), quien fuera maestro de Fuentes de Felipe II y responsable de buena parte de las infraestructuras relacionadas con las conducciones de agua a las poblaciones tanto en Asturias como en Valladolid, Aragón, Galicia y País Vasco a mediados del siglo XVI. Su trabajo se centraba, de manera fundamental, en el diseño de los trazados y en pautar las formas y materiales de construcción. Luego ya delegaba el desarrollo de las obras, que solían durar varios años, en personal de su confianza y se limitaba a supervisar para poder iniciar nuevos proyectos.

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Gonzalo de la Bárcena formó parte de los maestros de cantería de Trasmiera, en Cantabria, y ese fue uno de los motivos que despertó la curiosidad investigadora de Cristina Heredia, que centraba su proyecto de especialización en aspectos como la cerámica y la alfarería en la época moderna. La investigación le valió la concesión del Premio Padre Patac del año 2017, que concede el Principado y el Ayuntamiento de Gijón.

De ese hilo tiró la historiadora para dibujar la realidad de aquella primera conducción de agua en Gijón, que la llevó desde Tremañes hasta la plaza del Marqués, a la denominada fuente Nueva, equipamiento que trajo no pocos problemas de mantenimiento y que costó 1.473 ducados. De hecho, 500 ducados fue el presupuesto de la reparación realizada en la canalización y supervisada por Gonzalo de Güemes, sucesor de Gonzalo de la Bárcena, ya en 1623. Por entonces ya se estaban buscando otras alternativas. Había que salvar las dificultades técnicas y económicas.

Ahí surgió, ya a mediados del siglo XVII, el manantial de La Guía de «aguas gruesas al paladar y de buena conservación aún transportada a grandes distancias y diversos climas por lo que son muy a propósito para la navegación». La cita es de 1845 y del historiador Pascual Madoz. Ignacio de Caxigal y Antonio de la Lastra hicieron el proyecto que luego desarrolló Simón Pérez Tío. La obra no fue sencilla. Había que transportar el agua hasta el entorno de la actual plaza Mayor sobre un terreno, sobre todo al principio, pantanoso y arenoso.

Trece años de obra

Luego, desde La Matriz, como se nombró al punto inicial, se decidió construir bajo tierra un acueducto en buena medida visitable, abovedado, con numerosas arquetas para que los fontaneros pudieran pasar a revisarlo. Trece años se tardó, desde 1656 hasta 1669 en hacer apenas cuatro kilómetros. Entre medias, hubo muchas paradas, problemas de financiación y de todo tipo que no le dieron continuidad.

Fue una obra de piedra y mampostería, aseguran los expertos, «digna de los romanos». El agua, no sin antes superar problemas con las autoridades, que pusieron inconvenientes al remate, llegó a la fuente de la Plaza, protegida por un paredón para no sufrir los embates de la mar. Los 'peritos del arte' le dieron el visto bueno.

Hoy, de todo aquella magna obra, luego utilizada para el alcantarillado, no queda casi nada. Desde La Guía pasaba, después de atravesar el Piles, por la zona de los molinos (entorno de El Molinón), por la avenida de la Costa, Uría, Menéndez Valdés (que entonces se llamaba La Matriz), hasta San Bernardo y plaza Mayor. Bajo el parque de Cocheras la cantería sobrevive. El resto, no por muy estudiado, forma parte de la historia. Cristina Heredia así tuvo oportunidad de constatarlo. El Premio Padre Patac avaló su trabajo.

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