«No olvidaré en la vida aquellos ojos sin alma, creí que me iba a matar»

La mujer violada en Nuevo Roces en marzo de 2017, ayer, a la salida del gimnasio al que acude a clases de defensa personal. / PALOMA UCHA
La mujer violada en Nuevo Roces en marzo de 2017, ayer, a la salida del gimnasio al que acude a clases de defensa personal. / PALOMA UCHA

La mujer violada en 2017 en Nuevo Roces, criticada por el abogado del agresor por vestir falda en el juicio, relata el calvario que ha tenido que sufrir

OLAYA SUÁREZ GIJÓN.

Para contar la desgarradora historia que le ha tocado vivir decide llamarse María. Un nombre ficticio con el que quiere preservar su anonimato. «Bastante duro es lo que estoy pasando como para que encima me reconozcan por la calle...», razona. No saben de su calvario ni sus vecinos ni tampoco sus compañeros de trabajo. Soportar su desgracia en la intimidad le sirve de acicate para intentar evadir su mente con unas relaciones interpersonales en las que no hay cabida para sus propios fantasmas. No los quiere compartir. «Si la gente no lo sabe, no me puede tratar diferente ni tampoco recordarme lo que ocurrió», sostiene.

María es la víctima de una violación ocurrida en marzo del año pasado en Nuevo Roces. Catorce meses con sus 438 días en los que ha tenido que luchar no solo contra los monstruos que han tomado su cabeza como casa, también contra las altas barreras que el sistema judicial les levanta a las víctimas de agresiones sexuales con fríos trámites burocráticos en los que priman los datos sobre el corazón. A esto se suman los comentarios de un abogado, el que trató de defender lo que se demostró que eran unos hechos indefendibles, poniendo en duda la credibilidad de la denunciante con argumentos de tal enjundia como que acudiera al juicio «en minifalda».

Ni el expediente abierto por el Colegio de Abogados -que puede desembocar en una inhabilitación profesional para el letrado- ni la repulsa social suscitada después de que este periódico publicase las palabras del letrado en su intento desesperado de desarmar el sólido relato de la víctima, suponen un alivio para María. «Es que encima era mentira, llevaba un vestido por debajo de la rodilla, con medias negras y un abrigo encima», se justifica, una vez más a lo largo del tedioso procedimiento que, asegura, «está hecho para el acusado y no para la víctima».

«Parecen frases muy utilizadas en los últimos tiempos, pero es la realidad: quienes tenemos la malísima suerte de pasar por esto, encima nos vemos en la obligación de tener que demostrar que somos inocentes, se nos pone en tela de juicio en todo momento y no se nos protege como se debería hacer», considera. Es por ese motivo por el que decide contar su experiencia personal. «El sistema tiene que cambiar», reclama.

EL COMERCIO se reúne con ella a la salida de las clases de defensa personal a las que asiste y con las que quiere adquirir habilidades para poder responder a un posible ataque. Como el que sufrió la madrugada del 14 de marzo de 2017 cuando se dirigía a su puesto de trabajo como empleada de la limpieza. Con la ropa de faena y con su coche detenido en un semáforo, abstraída con los pensamientos de sus quehaceres diarios, esos que se frenaron en seco en ese mismo momento, fue abordada en la oscuridad de ese limbo de minutos que va desde que se apagan las farolas hasta que amanece. «Fue todo un cúmulo de casualidades malas, pero la vida es así: no me había acordado de echar el cierre de las puertas, estaba todo muy oscuro y el semáforo estaba en rojo». Se paró en aquel semáforo y se le paró la vida. Aunque ella lucha con todo lo que tiene a su alcance para volver a arrancar.

«No sé de dónde apareció. No vi ni su sombra. Se abrió la puerta del copiloto y entró como un animal, me puso un pincho en el cuello y me dijo: 'Venga, conduce'. Me empezó a temblar todo el cuerpo y me quedé completamente bloqueada», recuerda. Tiene esas escenas presentes en todo momento. El agresor -«muy joven, podía ser mi hijo», explica María- la obligó a dirigir el coche hasta Nuevo Roces, muy cerca de donde luego se supo que él vivía con su madre. «Me dijo: 'entra en ese descampado hasta el fondo'. Yo entonces ya me puse en lo peor...», añade.

El impulso de supervivencia le hizo desasirse del cinturón de seguridad y saltar del coche en marcha. Pero de nuevo, la mala suerte: «Eché a correr y cuando ya estaba muy cerca de la carretera resbalé con la gravilla y me caí al suelo. Si no llega a ser por eso, a lo mejor me libro...». Pero no. El atacante, dispuesto a no dejar escapar a su presa, tiró del freno de mano y se apeó rápidamente. «Me agarró de los pelos y me arrastró varios metros hasta el coche otra vez. Estuve dos meses sin poder mover el cuello del dolor», relata. Dentro de su propio vehículo, que se convirtió en un infierno y del que se desprendió poco después, la encerró durante una hora. La violó tres veces. Primero en los asientos de delante y luego en los de detrás. «Me decía, venga, mujer, pon un poco más de efusividad. Fue horrible...», relata entre lágrimas al verbalizar el sufrimiento al que fue sometida mientras, a pocos metros, los vecinos de Nuevo Roces, ajenos, dormían o se disponían a empezar la jornada.

«Fue una hora que me pareció una eternidad, durante todo ese tiempo solo le pedía a mi padre y a mi madre que desde el cielo me ayudasen», abunda. Pero lo peor, y lo que más difícil le está resultando digerir, fue el momento en el que el agresor «se cansó, me miró directamente y me dijo: bueno, ¿y ahora qué hago contigo que me has visto la cara? No olvidaré jamás aquellos ojos sin alma. Creí que me iba a matar».

María optó entonces por intentar convencer al violador de que no lo iba a denunciar: «Le decía, venga, que yo me tengo que ir a trabajar que ya llego muy tarde, te dejo en coche donde me digas y queda todo olvidado, no tengo tiempo ni para denunciar ni nada que tengo muchas cosas que hacer».

«Para él, yo era un trofeo»

El atacante accedió, no antes de sacar su propio teléfono móvil y grabarla mientras que le preguntaba si había disfrutado de «las relaciones sexuales». «Yo lo único que quería es que se bajase del coche y poder marchar, le decía a todo qué sí para que aquella agonía acabase lo antes posible», explica. ¿Por qué la grabó? María tiene su propia teoría: «Es un sociópata, para él yo era como un trofeo».

Un mínimo de alivio llegó cuando pudo arrancar el coche, meter las marchas y salir de allí. «Solo cuando él se puso el cinturón de seguridad pensé que podía salir de aquella con vida». Él le dijo que le dejase junto al parque de Los Pericones. «Cuando se bajó entré en estado de shock total. Es a día de hoy que no soy capaz de acordarme el recorrido que seguí hasta llegar a la calle de Los Moros, empecé a chillar, me temblaba todo, estaba en estado de pánico», cuenta. Fue entonces cuando pudo llamar a su marido y a su jefa. «Me fui directa para la Comisaría con mi marido y aunque la Policía se portó muy bien conmigo, me hubiese gustado que el protocolo fuese otro, más enfocado a poder pasar los primeros momentos con atención especializada», considera. Por ejemplo, estuvo hasta las dos de la tarde, desde las seis, cuando ocurrieron los hechos, con la misma ropa. «Solo quería quitármela, me olía todo a él y no era capaz de desprenderme de aquel maldito olor. Creo que lo lógico sería que de mano te pudieses cambiar para no tener que encima soportar eso, aunque no me pudiese duchar hasta que me hiciesen el examen médico», dice. Tampoco tuvo posibilidad de tomar ni una pastilla tranquilizante. De allí la llevaron al Hospital de Cabueñes para ser sometida a una revisión de los médicos y el forense. Luego el reconocimiento fotográfico de los sospechosos hasta que días después, viéndose acorralado, el violador se entregó a la Policía. Es Pablo F. M., tiene 29 años, reside en Nuevo Roces, con novia y cuenta con episodios anteriores de exhibicionismo. Salió absuelto de otro juicio por agresión sexual a una taxista. Esa víctima no pudo identificarle con rotundidad.

El juicio por la violación a María se celebró el pasado diciembre en la sección octava de la Audiencia Provincial. El atacante fue condenado a once años de cárcel por un delito continuado de agresión sexual. Sin embargo, el Tribunal Superior de Justicia de Asturias (TSJA) le ha reducido la condena a nueve años al estimar el recurso presentado por el procesado, entendiendo que no existe delito continuado ya que las tres violaciones tuvieron lugar en un corto espacio de tiempo y por lo tanto se trata de un solo delito. María no se va a quedar con los brazos cruzados. Su abogado, José Terente, recurrirá al Supremo. «No hay derecho, saldrá en dos días y para mí está claro: a la próxima que coja no la deja viva», considera.

María está casada, tiene dos hijos y un trabajo al que ha regresado tras once meses de baja. Recibe tratamiento psicológico, psiquiátrico y clases de autoprotección. Es una de las cuatro mujeres que a diario son violadas en España, a las que se añaden las que forman parte de la cifra negra y no denuncian. Una lacra que ha hecho que incluso la Organización de Naciones Unidas (ONU) reproche al Gobierno de España la falta de políticas encaminadas a proteger a las víctimas. «María podemos ser todas en cualquier momento», dice la nuestra, mientras se aferra por conseguir dejar atrás ese pseudónimo.

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