«He visto a la Policía aplaudirme»

Catriel Fernández hace malabarismos en Gijón./PURIFICACIÓN CITOULA
Catriel Fernández hace malabarismos en Gijón. / PURIFICACIÓN CITOULA

Llegó a Gijón en busca de su familia asturiana con el trabajo en la mochila y dedica el verano a repartir alegría en las calles

P. A. MARÍN ESTRADAGIJÓN.

Es la hora punta en una de las rotondas con más tráfico de la zona sur de Gijón y un tipo menudo se mueve entre los semáforos con un silbato en los labios. No es un agente de policía. Es un payaso. A Catriel Fernández (argentino de 1973) le cambió la vida el día que descubrió un trabajo compatible con su gusto por viajar. «Soy técnico en electrónica, estudié artes visuales, hice radio, di cursos de astronomía y en una escuela de circo vi una profesión que me permitía viajar liviano de equipaje. Mi trabajo cabe en una mochila». Sucedió hace tres años. Y, desde entonces, ha recorrido más de cien ciudades por su propio país, Paraguay y Brasil ejerciendo un oficio que define como el de «repartir alegría por las calles en un mundo donde falta mucha».

Catriel apunta que no en todos los lugares por los que ha pasado las autoridades compartían esa necesidad: «En ciertos sitios piensan que el arte en la vía pública es un crimen y tal vez tengas un problemita. En Sudamérica hay ciudades donde la Policía les roba a los artistas los elementos de trabajo». Es una situación que aquí no ha conocido y más bien se ha encontrado con respuestas inesperadas: «En Gijón me sorprendió la Policía aplaudiéndome más de una vez». Cosa que, a quien está acostumbrado a trabajar en semáforos y mirar si incumple algún reglamento local, le asombra gratamente. «Otras veces me dicen: '¡Eres bueno!'. O '¡Felicitaciones, artista!', me soltaron un día, que es uno de los mayores piropos que puede recibir un artista callejero», relata.

Durante los dos meses que lleva en Gijón se ha encontrado con sorpresas como estas y también con el mismo cielo que observaba en su telescopio de Mar del Plata, aunque algo distinto: «Al cambiar de hemisferio, miras y no conoces nada, y lo poco que conoces lo ves patas arriba: a cambio tienes el privilegio de observar a Andrómeda, así que voy amigándome con este cielo». En Asturias se ha reencontrado también con su familia y con una vieja amiga a la que visitar en busca de complicidad: «Sí, cómo no, me voy a Oviedo a ver a Mafalda y le doy un abrazo», bromea.

«¿Y la competencia? ¿No tienen ustedes mucha por ahí?». Responde a la asturiana, fingiendo no haberlo captado bien: «¿Se refiere a los caraduras que a veces hay en los semáforos?». Y luego añade: «Ah, ya, ciertos tipos como ese que tiene una peluca muy interesante... ya, pero ellos no son competencia, no pueden lograr, como los verdaderos payasos, que un niño desde su pequeña altura te mire, abra la boca y se le caiga el chupete porque está viendo algo que le asombra o matándose de risa junto a su madre». Y, a pesar de su desdén por los políticos, no les va a la zaga en saber promocionarse cuando le pedimos un anuncio por palabras para sí mismo: «Si alguien ve a un payaso en un semáforo y le gusta, que le dé una sonrisa. Recuerde que la vida está hecha de pequeñas cosas, como dijo Groucho Marx: una pequeña moneda, una pequeña mansión, un pequeño yate. Algo le pueden dejar en el sombrero». Ya lo saben.

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