El Comercio

México lindo y peligroso

Una joven es liberada por la Policía mexicana en el maletero de un coche donde había sido encerrada.

Una joven es liberada por la Policía mexicana en el maletero de un coche donde había sido encerrada. / AP

  • Asturianos que trabajan en la capital azteca, donde murió secuestrada María Villar, narran su experiencia. «Parece que la vida no vale nada», dicen

El brutal asesinato de María Villar, hallada muerta en un canal de aguas residuales, asfixiada con la cabeza dentro de una bolsa de plástico y atada de pies y manos, ha conmocionado a la colonia asturiana en Ciudad de México. No porque el secuestro sea un delito raro en el país azteca –al contrario, es una de las ‘industrias’ más lucrativas del crimen organizado–, sino por su trágico desenlace: los secuestradores suelen retener durante unas horas a sus víctimas, les obligan a sacar dinero de un cajero o asustan a sus familiares para obtener un rescate, pero raramente matan a sus presas. «Ha sido una desgracia, pero no es lo habitual», opina un ejecutivo de la región afincado en la megalópolis americana. «Hay que cumplir ciertas precauciones, pero es fácil relajarse y bajar la guardia», apostilla Miguel (nombre ficticio), un joven emprendedor emigrado.

¿Qué le ocurrió a María? El martes 13 de septiembre por la tarde salió de su trabajo en IBM, en la colonia de Santa Fe, y cogió un taxi en un centro comercial cercano. Llamó a su marido para avisarle de que iba hacia casa, en el exclusivo barrio residencial de Polanco. No está claro si se equivocó al coger el taxi –los ‘piratas’, desaconsejados para los extranjeros, imitan a veces el aspecto de los oficiales– o si los delincuentes abordaron el vehículo en algún punto del trayecto. La investigación apunta a que no se trató de un crimen planificado por una banda organizada, sino de una oportunidad cazada al vuelo por un espontáneo que avisó a sus compinches. Lo que empezó como un ‘secuestro exprés’ –la condujeron a varios cajeros automáticos para que sacara dinero– se complicó cuando los captores, al darse cuenta del alto nivel adquisitivo de su víctima, decidieron sacar más.

La fiscalía mexicana ha ofrecido mensajes contradictorios sobre las negociaciones. Primero afirmó que la familia –que desde el primer momento se puso en contacto con las autoridades españolas– solo había pagado 3.000 de los 90.000 euros solicitados. Después rectificó y aseguró que, tras negociar a la baja, los allegados habían abonado toda la cantidad pactada.

En cualquier caso, el miércoles 14, el marido de María, Cristiano do Vale, y su primo Gorka Villar, hijo del presidente de la Federación Española de Fútbol, estaban convencidos de que la liberación era cuestión de horas. Se equivocaban. Perdieron el contacto con los bandidos. Llamaron a la Policía Federal. Ya era tarde. El jueves 15 el cadáver era hallado en un paraje a una hora de la capital y trasladado a la morgue de Toluca.

«Es un caso atípico –reconoce la ‘zar’ antisecuestros, Patricia Bugarín–. No tiene las características de un grupo organizado, pero igualmente es peligroso». El simple hecho de que ese cargo exista –fue creado en 2014 dentro de la Procuraduría General de la República (Ministerio de Interior)– ya da una idea de que el ‘plagio’, como se llama en buena parte de Hispanoamérica este delito, no es infrecuente. Según una estimación del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en México se produjeron 105.000 secuestros en 2012, un año en el que el Gobierno apenas reconocía mil. ¿Una exageración? La ong Alto al Secuestro, fundada por Isabel Miranda de Wallace tras la captura y asesinato de su hijo Hugo Alberto, ha contabilizado 7.846 denunciados desde diciembre de 2012 hasta junio de este año. Seis al día.

La clave está en que en este país con elevadísimas cifras de criminalidad –favorecidas por el inmenso poder de los cárteles del narcotráfico, la ineficacia de la Administración, la corrupción policial y judicial y las grandes desigualdades sociales– más del 90% de los delitos no se denuncian, según Inegi.

La cifra de asesinatos, más difíciles de ocultar, habla por sí sola: el Gobierno de Enrique Peña Nieto, que inauguró en 2014 un registro de muertes violentas, contabilizó 36.000 en 2015 y más de 20.000 en lo que va de este año.

Por supuesto, la inmensa mayoría de secuestrados y asesinados son mexicanos. Pero un muerto extranjero resulta mucho más incómodo para las autoridades: es más difícil echarle tierra encima.

Ángel, nombre tras el que se oculta un ejecutivo de una multinacional española, llegó en 2013 al DF junto a su mujer, que ocupa un alto cargo en una entidad financiera, y sus tres hijos.

El ejecutivo cree que el asesinato de María Villar es una excepción, al menos, en los barrios en los que viven y trabajan los españoles, buena parte de ellos empleados de alguna de las 5.500 empresas de aquí radicadas en el territorio y muchos, jóvenes profesionales con un alto nivel de capacitación que se han instalado en los últimos años huyendo de la crisis en Europa.

La mayor parte de nuestros compatriotas se mueve en tres barrios de la capital: Santa Fe, Polanco e Interlomas. En la primera de esas colonias tienen su sede numerosas empresas extranjeras, entre ellas IBM. Ángel, que también trabaja en ese suburbio, no tiene la sensación de vivir protegido en un búnker, como sí les ocurre a los extranjeros de clase acomodada en Brasil o Venezuela. «Nos movemos por barrios tranquilos. Pero es verdad que, en el fondo, conocemos un 5% de una ciudad que es enorme». Ciudad de México, antes denominada México DFy ahora conocida como CDMX, tiene cerca de 9 millones de habitantes, pero forma parte de una conurbación de más de 21. Los barrios más conflictivos de la macrociudad son, precisamente, los que se encuentran en la entidad federativa –son 31– que rodea la capital, llamada Estado de México.

Seila Montes sí que reconoce que los extranjeros viven recluidos «en una burbuja». «No podemos bajar nunca la guardia porque la delincuencia siempre está ahí. No puedo andar sola por la calle y menos por la noche», cuenta esta ovetense que trabaja en elDF como fotoperiodista.

«La burbuja de seguridad del DF se ha pinchado», concluye otro joven que se mueve en bicicleta para reducir el riesgo durante los embotellamientos de tráfico. Acaba de volver de un viaje de varios meses por países asiáticos con fama de inseguros, como Irán, India o Kirguistán, y a su regreso ha tenido que reconocer que el clima de violencia en las calles de México es mucho peor. Últimamente, proliferan los asaltos en cafés y restaurantes donde jóvenes profesionales acuden a trabajar o a reunirse. «Se llevan los móviles y los ordenadores y a los pocos días vuelve a suceder sin que la presencia policial amedrente a nadie», señala. Tiene amigos que fueron víctimas de un secuestro exprés: tras pasar por un cajero antes y después de medianoche, los soltaron de madrugada.

«Amí me han asaltado tres veces», admite. La primera eran unos críos que decían tener un cuchillo, salieron corriendo sin llevarse nada y se toparon con una patrulla policial. «Los propios agentes me insistieron en que dijera que me habían quitado el móvil, porque, si no, los iban a tener que soltar. Ellos mismos desconfían del sistema judicial», subraya. La tercera vez le amenazaron con una pistola y se la jugó, porque llevaba encima una cámara, su bien más preciado. «Les di un empujón y me fui corriendo. A lo mejor era una pistola de juguete –aventura, consciente de que su reacción fue temeraria–. Si te asaltan, es mejor dar todo lo que llevas». Hace tiempo que dejó de denunciar. ¿Para qué? «Vi la apatía, la lentitud, la falta de conocimiento de los procedimientos de la propia Policía y decidí que no quería perder el tiempo», zanja Marcos, que, pese a todo, cree que México es un país que no hay que dejar de visitar.

De la misma opinión es el descendiente de llaniscos afincado en la capital azteca Jesús Blanco. «Hay mucho descontento con las autoridades nacionales y locales porque hay pasotismo por su parte. No hay un esfuerzo por hacer un seguimiento a las denuncias. La gente está frustrada», explica.

Miguel Sesé, un joven emprendedor que cruzó el charco hace año y medio, es un caso especial porque reside fuera de las zonas supuestamente seguras para los expatriados: vive con su pareja mexicana en Coyoacán, un barrio bohemio y cultural en pleno centro. Por su trabajo recorre la ciudad a menudo. «No tiene nada que ver con la vida que llevaba antes. En Ciudad de México, las distancias son gigantes. Si quedas en un restaurante, vas de la puerta de tu casa a la puerta del restaurante en coche o en Uber. No puedes ir caminando por la calle –explica–. Si tu coche no es muy cantoso, mejor. Si tu móvil es una castaña de hace diez años, mejor. Si no llevas reloj, mejor». Es preferible dejar en casa las tarjetas de crédito y sacar solo el efectivo necesario para el día. Hasta una coleta puede facilitar el trabajo de los asaltantes.

La periodista Margarita Sáenz-Díez estuvo a punto de vivirlo en carne propia hace cinco años. «Dos compañeros y yo, como estábamos muy cansados, desoímos los consejos de seguridad y, en vez de coger un taxi de parada, pillamos un ‘escarabajo’ amarillo en la calle. Íbamos de palique hasta que nos dimos cuenta de que el conductor nos había llevado a un barrio raro. Cuando el coche redujo la velocidad porque nos acercábamos a un semáforo en rojo, uno de mis colegas nos dijo que nos tiráramos en marcha. Eso nos salvó. En el cruce, un tío con muy mala pinta se subió al taxi y salieron de allí a toda velocidad. Podía haber sido mucho peor. Parece que la vida no vale nada».

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