Los asturianos de Nueva York temen que se «cierren más las fronteras»

Los asturianos de Nueva York temen que se «cierren más las fronteras»

Jóvenes profesionales del Principado en la Gran Manzana coinciden en que los inmigrantes están «bien integrados»

EURGENIA GARCÍA

La ciudad de Nueva York recuerda estos días el terror sufrido hace dieciséis años, pero una vez más responde a la muerte con vitalidad. Poco después del ataque, según cuentan varios asturianos afincados allí, en sus calles no se notaba, apenas, lo sucedido. Paola Morán, gijonesa de 23 años, reconoce que no se dio cuenta de que había habido un atentado terrorista hasta que llegó a su oficina. «Hay tanta gente por las calles que ni te enteras de que ha pasado algo», explica. Sin embargo, «muchos americanos no salieron a la calle después. Varios de mis amigos que iban a ir al desfile de Halloween se quedaron en casa», comenta la joven, que sí acudió al tradicional desfile, en el que notó un fuerte aumento de la seguridad. Según Paola, los americanos «recuerdan el 11-S con miedo, y por desconocimiento temen la cultura islámica. Son muy reticentes a entablar relaciones con musulmanes».

«Lo que más miedo da ahora es lo que pueda llevar a cabo Trump en cuanto a políticas antiinmigración, que cierre más las fronteras», piensa el gaitero Carlos Casado, en una opinión muy compartida por el resto de consultados. No obstante, no cree que Nueva York vaya a ser el sitio «donde sus políticas tengan éxito». En esta ciudad, afirma, «hay tanta cultura que es imposible quedarse en tu gueto: mi barrio ahora es chino, dos pasos más arriba es dominicano y unas calles más allá, musulmán». «Existe una integración total», sentencia.

Coincide Carlos Casado con el ovetense Íñigo Álvarez sobre que en Nueva York no hay racismo: «no es el nido del Midwest, donde esto sería titular de tabloide durante un mes». Este empleado de banca llegó hace apenas dos semanas, aunque lleva «enchufado a la realidad americana» desde 2008. De hecho, el acto terrorista a la maratón de Boston de 2013 le sorprendió allí. «La diferencia es que aquí redujeron rápidamente al autor, pero entonces tardaron días. Fue brutal, una psicosis construida», rememora Íñigo, que añade que Nueva York no vivió ese pavor: dos horas después del atentado, cogió el metro, fue a buscar piso, y además de alguna pareja de policías se encontró calles repletas de gente que paseaba, disfrazada, pero «con normalidad».

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La abogada Carolina Gómez-Lacazette coincide en la «tranquilidad» que reinaba en la ciudad tras el atropello: «en el metro, al día siguiente, veías cierta preocupación, tristeza; pero enseguida todo el mundo se recompone». «La ciudad está, por desgracia, acostumbrada; además de en alerta permanente», opina. En su oficina, los momentos de mayor alarma se vivieron cuando se publicaron las imágenes del autobús escolar. «La gente se alarmó y contactó con sus familiares. Este atentado no fue para nada como el 11-S, pero los neoyorquinos no lo olvidan y tienen miedo», comenta.

Su marido, Luis Vidal-Abarca, trabaja a dos manzanas de la torre Trump. «Estábamos en plena ejecución de una transacción cuando empezaron a salir noticias. La incertidumbre era total y varios de los banqueros tuvieron que ir a buscar a sus hijos a colegios de la zona», cuenta. Uno de los comentarios que más se escuchan, dice, es acerca de la profesión del autor del ataque, conductor de Uber. Esta empresa «ha suplantado por completo a los taxis en la ciudad, y a mucha gente le preocupa pensar que ese hombre podría haberle llevado». En cuanto a su nacionalidad, mantiene que «la opinión general en Nueva York es bastante diferente a la de cualquier otra parte del país. Aquí todo el mundo es pro inmigración».

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