Excepciones ante un enemigo común

DIEGO CARCEDO

Siempre se ha dicho que nada une más que un enemigo común. Estos días se reafirma que el yahadismo es un enemigo de toda la humanidad y así es contemplado desde todos los países, razas, culturas y religiones. Pero en Cataluña han aparecido estos días de tragedia algunas instituciones y ciudadanos que no comparten esta actitud. Son una excepción, por supuesto, entre el ejemplar comportamiento de la sociedad frente a la desgracia. Pero se trata de una excepción que se hace notar sobre todo por la apropiación de un momento dramático para todos y de ofender con una actitud discriminatoria que por mucho que uno intente mantenerse sereno no puede por menos de molestar.

Hay que empezar por decir que los dos gobiernos, el español y el autonómico, han afrontado la situación de manera coordinada y han hecho verdaderos esfuerzos por minimizar las sutilezas impropias del momento que en medio de la confusión general se han producido. Quizás el ministro del Interior se precipitó al anunciar que la célula terrorista estaba desarticulada totalmente lo cual dio pie a que desde la Consejería de Interior de la Generalitat se apresurasen a desmentirlo. Seguramente tenían razón: todavía hay terroristas implicados sin localizar. Pero fue un detalle de buena voluntad el que se desmintiese la descoordinación que la controversia delataba.

Quizás lo más repugnante de cuanto ha empañado la respuesta global de la sociedad española ante el dolor catalán sea la actitud de la CUP, el partido antisistema que realmente impone su voluntad en la Administración catalana, anunciando que ellos no asistirán a la manifestación contra el terrorismo si lo hace el Rey o el Gobierno. O lo de la ANC pretendiendo prohibir banderas españolas en solidaridad con las víctimas. Es una pena que los dirigentes 'cuperos' y sus seguidores no sepan distinguir entre adversarios políticos y salvajes que atentan contra la vida de las personas. Igualmente despreciables son las palabras de una líder extremista que acusó a Felipe VI de ser quien financia al Daesh, el grupo de fanáticos al que quizás le gustaría integrarse.

El equilibrio que el president Puigdemont intentó mantener en todo momento, no fue secundado por alguno de sus colaboradores, como el señor Romeva queriendo instrumentalizar la expresión de pesar de dirigentes extranjeros para presentarlo ante la opinión pública como ejemplo del eco que el independentismo encuentra en el exterior. Mayor bajeza tratando de aprovecharse del momento y las circunstancias para algo así no cabe en política. Como tampoco cabe la provocación de otro de los concelleres, en este caso el de Interior, Joaquín Fom, distinguiendo los muertos entre catalanes de españoles como cuando las crónicas de los accidentes ferroviarios diferenciaban entre muertos de primera o tercera.

Como enseguida le replicó la Sociedad Civil Catalana, la organización que se resiste a transigir con el sectarismo secesionista, ¿les habrá preguntado qué se sienten? En fin, mejor no dramatizar detalles, lo importante es que toda España haya estado a la altura de su grandeza social compartiendo el dolor de Cataluña.

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